El Calamar, fiel a su estilo, no especuló en su debut internacional ante Corinthians. A pesar del revés en el marcador y la expulsión de Saborido, el conjunto de Vicente López demostró que su lugar en el certamen continental no es casualidad.
En los sueños más ambiciosos del universo auriblanco, quizás nadie se atrevió a vislumbrar una postal tan vibrante. Sin embargo, la realidad superó cualquier plan imaginario. En la calurosa noche de Vicente López, ante una multitud entregada que pintó de marrón y amarillo cada rincón del estadio, el Calamar estampó su apellido en los anales de la Copa Libertadores. El escenario no podía ser más exigente: nada menos que el poderoso Corinthians, con toda su historia y jerarquía, era el adversario designado para recibir a este recién llegado que, desde aquel inolvidable ascenso de 2021 hasta la consagración en el Torneo Apertura, fue tejiendo paso a paso esta ilusión colectiva. Y aunque el desenlace final mostró un marcador adverso, la velada se transformó en una celebración auténtica, porque el esfuerzo y la actitud del debutante merecieron otro destino.
Lejos de intimidarse o replegarse en su propio territorio, el conjunto dirigido por Favio Orsi salió a la cancha con una determinación férrea. La intención era clara: plantar bandera en campo enemigo, ejercer una presión asfixiante sobre la salida rival y no conceder ningún resquicio a la especulación. El denominado “jogo bonito” lució, durante extensos pasajes del encuentro, un acento argentino inconfundible, aunque esa superioridad en el manejo del balón y la intensidad no encontró reflejo en el electrónico. Los locales se animaron a jugarle de igual a igual a un Timao que atraviesa una transición futbolística, con la novedad del estreno de su entrenador Diniz tras la partida de Junior. Fue un ida y vuelta constante, donde Platense dominó tramos extensos, exhibió una energía contagiosa y logró tejer buenas conexiones en el mediocampo, pero se estrelló una y otra vez contra el muro de la precisión en los últimos metros. Allí residió la gran diferencia entre ambos.
Entre las figuras más destacadas del anfitrión brillaron con luz propia Ferreira, un volante participativo y pulcro en la distribución, junto a Lencina y Mainero, quienes gestaron las aproximaciones más peligrosas del primer tiempo. De la sociedad creativa de estos futbolistas nació la ocasión más diáfana de la etapa inicial: un centro milimétrico ejecutado por Guido Villar encontró la testa del delantero, cuyo remate violento exigió una respuesta soberbia del guardameta Souza, convertido en salvador de su equipo. La única carencia ofensiva pasó por una menor injerencia de Zapiola en la generación de juego, un detalle que el cuerpo técnico deberá pulir de cara a los próximos compromisos.
Sin embargo, en estas lides de máxima exigencia, cualquier lapsus defensivo se paga con creces. El visitante, fiel a su apellido, poseía aquello que le faltó al dueño de casa: una eficacia quirúrgica. Y el complemento comenzó con un Platense inexplicablemente adormecido, algo que el rival aprovechó sin piedad. Entonces emergió la figura estelar de Rodrigo Garro, un futbolista de jerarquía superlativa que se convirtió en el verdugo albiceleste. Primero, el enganche habilitó con un pase filtrado y genial para Kayke, quien aprovechó la pasividad de Saborido para ganarle la espalda y definir con sangre fría ante la salida del arquero. El 1 a 0 encendió las alarmas, pero poco después Garro volvió a asistir con una claridad pasmosa, dejando a Yuri Alberto mano a mano frente al guardameta local, y el artillero no perdonó. Dos llegadas, dos conquistas. Una lección de contundencia.
Para completar un panorama adverso, sobre el epílogo del encuentro llegó el golpe más duro: la expulsión de Saborido, luego de que el VAR revisara minuciosamente un pisón sobre un adversario. El defensor vio la tarjeta roja y se transformó en una baja sensible de cara a los próximos desafíos del grupo.
En definitiva, Platense compitió con honor, con personalidad y con un libreto que ilusiona a su gente, aunque el marcador refleje una derrota. El debut soñado tuvo un desenlace amargo, pero no opacó la gesta histórica. La revancha estará a la vuelta de la esquina: el próximo 16 de abril, en tierras charrúas, el Calamar visitará a Peñarol con la obligación de sumar sus primeros puntos y seguir escribiendo un capítulo que recién comienza.
