Un estudio global revela que más de la mitad de las personas desconfía de esta tecnología, mientras las empresas luchan por demostrar su rentabilidad en un contexto de evolución acelerada hacia sistemas autónomos e incontrolables.
La expansión de la Inteligencia Artificial se topa con un obstáculo formidable: la dificultad para generar certidumbre y evidenciar ventajas financieras palpables. Esta resistencia, tanto en el ámbito corporativo como entre los ciudadanos, se atribuye a una realidad incontestable: la tecnología progresa a un ritmo muy superior a la capacidad de assimilación de sus potenciales usuarios. La fase de la inteligencia artificial generativa, que hoy acapara la atención, ya transita el camino hacia la obsolescencia con el surgimiento de la denominada IA “agéntica”, una evolución que consiste en el desarrollo de agentes autónomos capaces de operar e interactuar entre sí sin intervención humana.
Julio Hutka, Director de Negocios Corporativos de Telecom Argentina, explicó que este nuevo estadio es muy incipiente pero radicalmente diferente. “A diferencia de la generativa, que actúa como un colaborador que aumenta la eficiencia del ser humano, la agéntica puede suplantarlo en algunas funciones. Cuando se le da una instrucción, el agente la ejecuta, mide el error de su acción y, si se le concede libertad, se autocorrige. Itera con un nivel de autonomía y de productividad absoluto”, detalló el ejecutivo. Esta complejidad es fundamental para comprender lo que sucede en las grandes compañías, las cuales deben operar con la certeza de que la herramienta que emplean hoy está siendo superada por una nueva versión. Esta renovación acelerada impone un desafío permanente para adaptar la tecnología a las actividades productivas.
Frente a esta realidad, la principal inquietud de los CEO a nivel mundial es cómo obtener rendimientos concretos de la incorporación de la IA. Hutka admitió que existe un riesgo significativo. “Hay un montón de peligros de que si esto no se transforma en un resultado de negocio las empresas fracasen, porque es un proceso oneroso. Las organizaciones no invertirán fondos ilimitadamente si no vislumbran rápidamente el retorno. Se pueden erogar sumas cuantiosas sin arribar a ningún resultado tangible si no está muy atado al negocio”, planteó. Por ello, recalcó que es crucial que las soluciones propuestas estén alineadas con la propuesta de valor de la empresa. El gran desafío para la gerencia reside en cómo implementar la gestión y la gobernanza para no embarcarse en un proyecto que implique un desembolso monumental y que luego quede relegado al laboratorio.
Esta prudencia no es infundada y encuentra respaldo en los resultados de una investigación internacional realizada por KPMG y la Universidad de Melbourne, Australia. El “Estudio global sobre la confianza, actitudes y uso de la inteligencia artificial”, que consultó a más de 48.000 personas, revela que más de la mitad (54%) de los encuestados se muestra renuente a confiar en ella. El escepticismo se centra en la seguridad, la protección de datos y el impacto social, a pesar de que un 72% acepta su utilización. La brecha es notable entre economías avanzadas y emergentes: las primeras son menos confiadas (39% frente al 57%) y menos tolerantes (65% frente al 84%).
En este panorama global, la Argentina se destaca junto a la mayoría de los países emergentes por exhibir una mayor adopción, confianza y alfabetización en IA que las naciones desarrolladas. Un 44% de los consultados locales considera que los beneficios de la IA superan los riesgos, una cifra que está por encima del promedio mundial (42%) y de potencias como Estados Unidos, Francia o Alemania. Mauro Avendaño, socio de Tecnología de KPMG Argentina, lo atribuyó a que en estas economías las tecnologías son un factor de diferenciación crucial y una necesidad imperiosa para la evolución, la escala del negocio y la supervivencia en un mercado en constante crecimiento.
La encuesta profundiza en las contradicciones de la convivencia con la IA. Dos de cada tres personas (66%) la utilizan de forma intencionada y regular, pero la mayoría (61%) carece de formación específica y la mitad declara tener conocimientos limitados. Si bien se reportan mejoras en la eficiencia, la accesibilidad y la innovación, las preocupaciones sobre ciberseguridad, privacidad, desinformación y pérdida de empleo son generalizadas. Existe, además, un fuerte mandato público para su regulación: el 70% cree que es necesaria, aunque solo un 43% considera que las leyes vigentes son adecuadas.
En el ámbito laboral, tres de cada cinco empleados (58%) usan IA regularmente, con las economías emergentes a la cabeza (72%). No obstante, se reportan usos inapropiados y poco transparentes, lo que genera errores y dependencia. Más de la mitad de los trabajadores experimenta beneficios en su rendimiento, pero dos de cada cinco anticipan que la tecnología reemplazará puestos en su área. Esta ambivalencia se replica en el ámbito educativo, donde cuatro de cada cinco estudiantes (83%) usan IA regularmente, aunque preocupa la excesiva dependencia y la merma del pensamiento crítico. Solo la mitad afirma que su institución cuenta con políticas para un uso responsable. La revolución avanza, pero la sociedad aún debate cómo domarla.
