La política económica de Milei desata un «industricidio»: la producción fabril se derrumba y los despidos se multiplican

La política económica de Milei desata un «industricidio»: la producción fabril se derrumba y los despidos se multiplican

La combinación de apertura importadora sin resguardos, tasas de interés prohibitivas y un mercado interno en caída libre está provocando el cierre masivo de fábricas. El caso de Fate, con 920 trabajadores en la calle, es apenas la punta del iceberg de un fenómeno que ya tiene nombre propio en el sector: industriocidio.

El mapa productivo argentino exhibe señales de alarma en cada uno de sus segmentos. Lejos de tratarse de una percepción subjetiva del empresariado local, los registros oficiales confirman una realidad incontrastable: la actividad fabril atraviesa su momento más crítico de las últimas décadas. Durante diciembre, el nivel de empleo de la capacidad instalada en el entramado industrial se hundió hasta el 53,8 por ciento, una marca que evidencia que prácticamente la mitad de la maquinaria permanece detenida, sin generar producción ni sostener fuentes laborales.

Este porcentaje representa un retroceso significativo respecto del 56,7 por ciento verificado doce meses atrás. Pero al desagregar los números por rama de actividad, el panorama adquiere ribetes aún más sombríos. El sector automotor, uno de los más dinámicos en otras épocas, apenas logró utilizar un 31,2 por ciento de su potencial productivo. Las fábricas textiles operaron al 35,2 por ciento, mientras que la industria del caucho y el plástico rondó un exiguo 33,4 por ciento. Se trata de complejos fabriles intensivos en contratación de personal y profundamente arraigados en el consumo de las familias argentinas.

Los guarismos del Índice de Producción Industrial manufacturero profundizan el diagnóstico. Las divisiones vinculadas a la confección textil, la fabricación de rodados, la metalmecánica y la transformación de polímeros sufrieron retrocesos de dos dígitos en la comparación interanual. El rubro neumáticos protagonizó un desplome superior al 50 por ciento durante diciembre, una estadística que dialoga de manera directa con la determinación de Fate de paralizar su planta radicada en el país. En simultáneo, los ingresos de mercadería foránea en estos mismos segmentos treparon con vehemencia, intensificando la presión competitiva sobre los establecimientos locales.

Una filosofía que desguaza el entramado fabril

El derrumbe no responde al azar ni a las fluctuaciones habituales de la economía. Se inscribe, por el contrario, en un lineamiento gubernamental nítido y explícito. El ministro responsable de la conducción económica, Luis Caputo, anticipó el espíritu de esta gestión al calificar al proteccionismo como una «medida zonza» que castiga a los sectores más vulnerables. «Jamás adquirí indumentaria en Argentina porque consideraba un despojo los precios», declaró en ocasiones públicas, sintetizando una cosmovisión que considera a la producción local como un obstáculo antes que como una fortaleza.

En los despachos oficiales se repite como un mantra que la mejor estrategia para el desarrollo fabril consiste en su inexistencia. Bajo ese paradigma, el Estado debe limitarse a garantizar el equilibrio de las cuentas públicas y la estabilidad nominal de la moneda, desentendiéndose por completo del destino de las fábricas y sus trabajadores. Esta concepción se tradujo en decisiones concretas: la disolución de la Secretaría Pyme en el organigrama del Ministerio de Economía y el desguace sistemático de las líneas de crédito subsidiado y los programas de asistencia técnica que otrora acompañaban a las pequeñas y medianas empresas.

Las firmas de menor porte quedaron así libradas a su suerte en un contexto recesivo, sin herramientas contracíclicas que pudieran morigerar la estrepitosa caída de las ventas. La retracción del consumo masivo, consecuencia directa del deterioro del salario real y del ajuste sobre las partidas presupuestarias, terminó de configurar un paisaje desolador para el entramado productivo.

Una lista de bajas que no cesa

El caso de Fate acaparó titulares por la magnitud de los despidos, pero constituye apenas un eslabón de una cadena de clausuras que no encuentra freno. La multinacional Whirlpool resolvió interrumpir la elaboración de lavarropas en su establecimiento de Pilar para orientarse hacia un esquema basado exclusivamente en la comercialización de artefactos fabricados allende las fronteras. Kimberly-Clark, gigante en el rubro de artículos de higiene y cuidado personal, selló las puertas de su planta en el mismo distrito bonaerense. El Grupo Dass, con fuerte presencia en la Mesopotamia, materializó recortes de personal en Misiones, mientras que diversas compañías textiles y alimenticias iniciaron trámites concursales o directamente declararon su quiebra.

Ni siquiera los rubros tradicionalmente considerados sólidos escapan a la debacle. La elaboración de carne vacuna experimentó una merma superior al 7 por ciento en diciembre respecto de igual mes del año precedente. El procesamiento de oleaginosas, estandarte de las exportaciones argentinas durante décadas, retrocedió cerca de un 11 por ciento. Únicamente la refinación de hidrocarburos y algunas actividades básicas vinculadas a la energía mostraron niveles de utilización superiores al promedio, aunque sin lograr traccionar al resto del entramado fabril.

La voz de los protagonistas

La Unión Industrial Argentina expresó su «profunda inquietud» ante la clausura de la planta de Fate y advirtió que la destrucción de puestos laborales en el sector está adquiriendo características estructurales. Desde la entidad que nuclea a los fabricantes remarcaron que el fenómeno no puede analizarse como un hecho aislado, sino que debe inscribirse en un contexto signado por el hundimiento del consumo doméstico, la invasión de productos foráneos y la ausencia de herramientas financieras adaptadas a las necesidades productivas.

La central fabril subrayó que la industria constituye uno de los principales motores del empleo registrado en el país y alertó sobre las consecuencias sociales que acarrea la continuidad de estos procesos. Cada establecimiento que reduce su dotación o directamente cesa sus actividades implica no solamente la expulsión de operarios de sus puestos, sino también el debilitamiento de redes enteras de proveedores, prestadores logísticos y economías regionales que dependían de ese núcleo productivo.

El segmento metalmecánico excluyendo la fabricación de automotores, que hoy opera por debajo del 40 por ciento de su potencial, ilustra con crudeza el impacto sobre la industria de bienes de capital. Sin maquinaria nacional, sin repuestos fabricados localmente, sin desarrollo tecnológico propio, la Argentina resigna soberanía productiva y profundiza su dependencia de proveedores externos.

El espejismo de los precios bajos

Desde las filas gubernamentales se insiste en que la liberalización de las importaciones redunda en una baja de precios que beneficia a los consumidores. Sin embargo, la reducción puntual de algunos artículos de origen extranjero convive con el achicamiento del mercado laboral formal y con una creciente subordinación a productos terminados elaborados fuera del país. El saldo final es un tejido industrial cada vez más raquítico, con menor densidad fabril y capacidad menguada para generar valor agregado en territorio nacional.

La política de prescindir de cualquier herramienta de promoción sectorial deja a la manufactura local sin paraguas frente a la competencia de economías que sí sostienen estrategias activas de desarrollo industrial. Mientras tanto, los indicadores de capacidad ociosa continúan su escalada, las fuentes laborales se evaporan y el sueño de una Argentina con industria propia se desvanece en el horizonte.

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