El conjunto de Carlos Tévez se impuso 1-0 en Arroyito con un golazo de Ronaldo Martínez en el primer tiempo. El Canalla mereció más, chocó una y otra vez con la extraordinaria actuación del arquero visitante y sufrió su segunda caída en el certamen. La T alcanzó los diez puntos en la Zona A.
El fútbol, muchas veces, se escribe con renglones torcidos. Anoche, en el Gigante de Arroyito, la lógica se dio vuelta como un guante: Talleres pegó en el momento justo, se cerró atrás con uñas y dientes, y terminó llevándose un triunfazo que lo deposita en la parte alta de la Zona A. Central, en cambio, pagó caro sus pecados de impericia frente al arco rival y sumó una derrota que duele por el trámite, por la entrega y por la contundencia de un visitante que facturó con lo puesto.
Fue un partido de esos que dejan marcas. De los que se recordarán por la actuación monumental de un arquero y por la sonrisa pícara de un delantero paraguayo que, con un zurdazo cruzado, desató la fiesta en la pequeña fracción de tablón visitante. Pero también será una noche de preguntas para el Canalla, que hizo méritos suficientes como para llevarse otro premio y se quedó con las manos vacías.
El inicio encontró a la T con los tapones de punta. Presión asfixiante, vocación de protagonismo en campo ajeno y un despliegue físico que desacomodó al dueño de casa durante los primeros compases. Sin embargo, cuando el reloj marcaba un cuarto de hora, apareció la primera advertencia local: centro de Sández desde la izquierda, Di María en el segundo palo, control de pecho y zurdazo potente aunque sin puntería, que atravesó toda el área chica sin encontrar destino de red.
Esa acción despertó a Central. El Fideo comenzó a bajar a la zona de gestación, a asociarse con sus compañeros y a exhibir destellos de su repertorio infinito. El partido entraba en un tobogán, con alternativas para ambos, hasta que a los 26 Dávila presionó la salida, recuperó y probó desde media distancia. Ledesma respondió con seguridad, en dos tiempos.
La respuesta canalla no se hizo esperar. Pizarro recuperó, abrió para Di María, y el campeón del mundo, con el alma y la zurda, soltó un misil que hizo temblar el travesaño de Herrera. Fue el aviso más claro, el preludio de lo que pudo ser y no fue.
Porque a los 41, cuando el primer tiempo se moría, Talleres encontró la grieta. Ortegoza disparó desde afuera, la pelota rebotó en un defensor y volvió a sus pies. El segundo rebote, caprichoso, cayó en el área chica. Ronaldo Martínez, atento, controló y definió cruzado con la zurda, junto al palo izquierdo de Ledesma. Golazo, 1-0 y mazazo anímico para el local.
El complemento fue un monólogo canalla. Central empujó, arrinconó a la T contra su valla y generó situaciones con la desesperación del que sabe que el tiempo se le escapa. Pero enfrente estaba Herrera, convertido en una muralla infranqueable. A los 28, el arquero voló para desviar un zurdazo cruzado de Di María. Poco después, volvió a lucirse ante un remate de Cantizano. Y a los 40, coronó su actuación con una doble tapada milagrosa ante Copetti, primero, y el rebote, después.
Talleres, mientras tanto, sobrevivía como podía. Alguna contra perdida, alguna infracción táctica para cortar el ritmo, y la sensación de que el tiempo pasaba lento. Catalán tuvo la suya con una incursión eléctrica por derecha que Ovando mandó al córner con un esfuerzo hercúleo.
Sobre el final, Di María asumió la responsabilidad. Probó de todos lados, buscó asociarse, ejecutó un tiro libre envenenado que se fue cerca del palo izquierdo. Fue el último suspiro, la postrera ilusión de un equipo que mereció más pero se topó con esa máxima cruel del fútbol: el que no convence, gana; el que convence, muchas veces pierde.
Así, Talleres festejó un triunfazo en Arroyito, trepó a los diez puntos y se afirma en la zona de clasificación. Central, golpeado pero vivo, deberá levantar cabeza rápido. El torneo es largo, pero las heridas en el Gigante duelen el doble.
