En medio del cierre de la planta de FATE en Virreyes, que dejó 925 familias en la calle, el secretario de Comercio Pablo Lavigne comparó la fabricación de neumáticos con el cultivo de frutas tropicales. «Argentina no debería hacer cubiertas», lanzó ante un grupo de empresarios perplejos. La sumisión de la burguesía nacional y los ecos del menemismo en la era libertaria.
El asombro paralizó la sala. Algunos esbozaron sonrisas incómodas, otros simplemente enmudecieron. Corrían las horas previas al cese definitivo de operaciones en la histórica planta de FATE, en el partido bonaerense de San Fernando, y un alto funcionario del gobierno de Javier Milei intentaba explicar ante un grupo selecto de empresarios y representantes ministeriales por qué la industria argentina debe someterse a las leyes del mercado sin contemplaciones. Su ejemplo, lejos de aclarar el panorama, sumió a los presentes en un estupor difícil de disimular.
«Argentina no debería hacer cubiertas, no se puede fabricar cualquier cosa», soltó Pablo Lavigne, secretario de Comercio y Coordinador de Producción, en el despacho oficial ubicado en Diagonal Roca. La reunión, destinada a pulir los detalles de un eventual acuerdo comercial entre el Mercosur y Emiratos Árabes, congregaba a referentes del sector avícola, miembros de la Coordinadora de Productores de Alimentos (COPAL), frigoríficos, diplomáticos de Cancillería y técnicos de Agricultura. Pero el curso del diálogo tomó un giro inesperado cuando el funcionario decidió ilustrar su visión con una metáfora que pocos pudieron procesar.
«Ustedes habrán visto que casi no producimos bananas, esto es como las bananas», argumentó Lavigne, intentando sostener su postura con referencias a la producción frutícola del norte argentino, que según sus palabras existe «pero poquito, porque no conviene». Alguien entre los asistentes intentó rescatar el ejemplo señalando las cuestiones climáticas que determinan que las bananas crezcan en temperaturas tropicales, como ocurre en Brasil o Ecuador. Pero el desconcierto general no hizo más que profundizarse: ¿cómo equiparar una actividad que depende de condiciones naturales inmodificables con una tradición fabril que durante décadas supo abastecer el mercado interno y competir en la región?
El episodio, del que tomó conocimiento este medio, ocurrió el mismo miércoles en que la empresa perteneciente al grupo Madanes Quintanilla bajaba sus persianas para siempre, dejando 925 trabajadores en la calle. La ironía temporal resultó tan brutal como la comparación esgrimida por el secretario. Los ecos del comentario llegaron rápidamente a oídos de los miembros de la Unión Industrial Argentina (UIA), que horas antes habían emitido un comunicado lamentando el desenlace de la firma de neumáticos. La reacción entre los más críticos no se hizo esperar: «¿Un ministro comparando fabricar ruedas con producir bananas? No puede ser…», expresaron con indignación quienes todavía conservan alguna capacidad de asombro ante las políticas oficiales.
El pensamiento único que arrasa con el entramado productivo
Lavigne no es un improvisado en estas lides. El funcionario ya había acuñado una frase que resume con precisión quirúrgica la filosofía económica que impulsa el gobierno libertario: «La mejor política industrial es la que no existe». Aquella declaración funcionó en su momento como respuesta indirecta a los planteos de Paolo Rocca, titular del grupo Techint, quien se había permitido sugerir que el Estado debería asumir un rol activo en el fomento del desarrollo fabril. La distancia entre ambas concepciones del país resulta tan abismal como la que separa un neumático de una banana.
Lo cierto es que el gobierno de Milei transita tensionado entre dos polos que pujan por definir el rumbo económico. De un lado se ubica Karina Milei, secretaria general de la Presidencia, quien instaló la teoría de que el cierre de FATE, programado un día antes de la votación de la Reforma Laboral, constituyó una jugada deliberada para exponer los efectos devastadores de la apertura importadora sobre el entramado industrial. Del otro lado, los técnicos económicos encabezados por Luis Caputo y Federico Sturzenegger empujan en dirección opuesta, abrazando la doctrina de la supervivencia del más apto que ya ensayaron sin éxito durante la gestión de Mauricio Macri.
Los números resultan implacables para evaluar las consecuencias de este experimento. Según relevamientos del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE), entre 2023 y el presente la gestión libertaria eliminó casi 320 mil puestos de trabajo en apenas veinticuatro meses. La comparación con el menemismo resulta inevitable y a la vez aterradora: entre el segundo trimestre de 1998 y el cierre de 2002, durante el colapso de la Convertibilidad, se perdieron 230 mil empleos. El gobierno actual duplicó ese desastre en la mitad del tiempo. Los sectores más castigados, textiles, metalmecánica y calzado, son los mismos que sufrieron la apertura indiscriminada en los años noventa, con un agravante sustancial: la China actual posee una capacidad de invasión comercial infinitamente superior a la de aquella época.
La metamorfosis de una burguesía que perdió la rebeldía
Quizás el fenómeno más llamativo de este proceso de desindustrialización acelerada resida en la actitud de quienes deberían constituir la primera línea de defensa del entramado productivo. La comparación entre el comportamiento de la burguesía nacional durante el menemismo y su actitud actual arroja contrastes reveladores.
En 1997, en una convención celebrada en Bariloche, Roberto Rocca padre, fundador del imperio Techint, se permitió criticar abiertamente al gobierno riojano y su esquema cambiario. «El 1 a 1 no es para siempre, el tipo de cambio fijo es un problema», declaró en una entrevista con este diario. Para aquel entonces, la UIA ya exhibía una saludable fragmentación interna entre el Movimiento Industrial Argentino, que nucleaba a los CEOs exportadores y de servicios, y el Movimiento Industrial Nacional, de perfil más arraigado en la producción local. Las disputas alcanzaban tal intensidad que Claudio Sebastiani, dirigente textil alineado con el MIN y diputado peronista, votó en contra de la Reforma Laboral impulsada por el oficialismo calificándola como «una basura que no sirve para nada». El costo político fue inmediato: quedó automáticamente excluido de la conducción de la central fabril, reemplazado por Alberto Álvarez Gaiani, representante de los intereses alimenticios de la Copal y hombre cercano a Menem. Pero al menos el debate existía.
Hoy, ese paisaje de confrontación ideológica resulta tan lejano como irrecuperable. Paolo Rocca, heredero del imperio siderúrgico, transita senderos opuestos a los que marcaron el pensamiento de su progenitor. Su alineamiento con el gobierno libertario resulta tan explícito que en las últimas horas envió emisarios para recomponer relaciones con la Casa Rosada, después de que el propio Milei lo agraviara públicamente con el epíteto de «Don Chatarrín de los caños caros». La razón del acercamiento, según pudo saber este medio, responde a intereses concretos: Techint necesita garantizar su participación en las obras de Vaca Muerta.
La central fabril que conduce Martín Rappallini exhibe una sumisión tan absoluta que licua cualquier intento de mensaje crítico. Sin embargo, fuentes consultadas revelan que la mano dura del grupo Techint está generando movimientos sísmicos subterráneos. Un conjunto de empresarios, alarmados por el nivel de destrucción que exhibe el sector, evalúa la posibilidad de organizarse por fuera de la entidad que hoy preside Rappallini. La paradoja resulta tan inquietante como el ejemplo de las bananas: aquellos que deberían defender la industria parecen dispuestos a convalidar su propio exterminio.
El episodio protagonizado por Lavigne, más allá de su anécdota insólita, condensa una filosofía de gobierno que concibe la producción nacional como una rémora del pasado, un capricho ineficiente que debe ceder paso a las importaciones que dictamine el mercado. La pregunta que flota en el aire, sin respuesta posible, interpela a esa burguesía que asiste impasible al desguace: si fabricar ruedas equivale a producir bananas, ¿qué lugar ocuparán ellos en el país que imaginan los nuevos profetas de la destrucción creadora?
