El Xeneize igualó 1 a 1 ante el equipo mendocino en un partido correspondiente a la octava jornada del Torneo Apertura. La falta de claridad en ofensiva y el nerviosismo inicial condenaron al conjunto local, que sumó su cuarto compromiso consecutivo sin conocer la victoria, desatando la silbatina de su público al término del cotejo.
El ambiente en la mítica Bombonera se tiñó una vez más de preocupación e incertidumbre. Lo que debía ser una tarde para retomar la senda del triunfo se convirtió en un nuevo motivo de desencanto para el universo boquense. Frente a un combativo Gimnasia y Esgrima de Mendoza, el equipo dirigido por Ubeda apenas arañó un empate que supo a muy poco y que profundiza la crisis de resultados que aqueja al club. El 1-1 final desató la ira de los aficionados, que despidieron a sus jugadores con un sonoro abucheo, reflejo de la impotencia colectiva por ver a su equipo sumergido en una preocupante sequía de triunfos que ya se extiende por cuatro fechas.
La visita, conocida en el ambiente futbolero como la «Lepra» mendocina, llegó al barrio de la Boca con un historial para el asombro: es una de las veinte entidades en el planeta que puede presumir de un registro favorable ante el poderoso Xeneize. Y anoche, en el estadio Alberto J. Armando, hicieron todo lo posible para mantener viva esa particular paternidad. Los dirigidos por Ezequiel Medrán plantearon un partido inteligente, especulativo en la primera mitad, pero certero como un puñal en la única oportunidad que tuvieron en el arco de Leandro Brey.
El golpe llegó temprano, cuando el reloj apenas marcaba los primeros compases del partido, y sumió a los dueños de casa en un mar de dudas y desesperación. Fue tras un tiro de esquina ejecutado con veneno al primer palo. En el área chica, la pasividad defensiva del conjunto local permitió que el defensor Luciano Paredes se anticipara a todos sus marcadores. Con un certero testarazo, el zaguero desvió la trayectoria del esférico y lo incrustó en el fondo de la red, desatando la locura en el reducido pero bullanguero contingente visitante y silenciando por completo a las gradas locales. El 1 a 0 en contra fue un balde de agua fría que paralizó las piernas y las ideas de un equipo que no encontraba la brújula.
La reacción del Xeneize fue más impulsiva que razonada. Con más vértigo que asociaciones claras, el elenco de la ribera se lanzó con todo en busca de la paridad, abusando de los envíos frontales y sin encontrar la fórmula para vulnerar el ordenado sistema defensivo mendocino. Sin embargo, cuando el reloj marcaba el minuto 41 del primer período, una jugada gestada por la banda izquierda trajo el tan anhelado empate. Lautaro Blanco envió un centro preciso al corazón del área, donde Adam Bareiro, en lugar de conectar de primera, dejó que la pelota le pegara y rebotara hacia la derecha. Allí apareció, con la velocidad del rayo, Miguel Merentiel para sacar un derechazo potente e inatajable que significó el 1 a 1. Era el primer grito del delantero uruguayo en la presente temporada, un premio a su insistencia y lucha incansable.
La alegría, sin embargo, pudo haber sido mayor antes del descanso. En una acción que desató la polémica, Bareiro apareció nuevamente, esta vez para conectar de cabeza un centro y enviar el balón al fondo de la red, desatando la locura en la Bombonera. Pero la fiesta duró apenas unos segundos. La intervención del VAR fue crucial para determinar que, en el origen de la jugada, Lucas Janson se encontraba en una posición antelación ilegal. El árbitro, tras revisar las imágenes en el monitor, decidió anular correctamente el tanto, dejando a Boca con un sabor amargo justo antes de irse a los vestuarios.
Para la segunda mitad, el entrenador local movió el banco con la intención de oxigenar el equipo y darle mayor claridad en la gestación. Los ingresos del experimentado Leandro Paredes para aportar manejo en el medio, junto al juvenil Tomás Aranda y el creativo Kevin Zenón, inyectaron una cuota de frescura y mejoraron sensiblemente el funcionamiento colectivo del equipo. El conjunto de la Ribera comenzó a generar situaciones de peligro con mayor asiduidad, aunque sin despegarse de un vicio recurrente: el exceso de centros al área sin la precisión necesaria.
Precisamente, el joven Aranda, de apenas 18 años, se erigió como la figura más desequilibrante del ataque local. El pibe gambeteó, encaró y generó dos oportunidades clarísimas de gol que hicieron saltar de la butaca a los hinchas. Sin embargo, la puntería no estuvo de su lado y sus remates se fueron desviados por centímetros, sellando la frustración de un equipo que, mejorado, no pudo encontrar el camino de la victoria. Al final, un nuevo empate que duele y enciende todas las alarmas en el mundo Boca, que deberá hacer una profunda autocrítica para salir del pozo en el que se encuentra.
