«Si no era el clásico, no jugaba»: La confesión de un Ángel heroico que se partió el alma por la camiseta

«Si no era el clásico, no jugaba»: La confesión de un Ángel heroico que se partió el alma por la camiseta

El autor del tanto que le dio el triunfo al Canalla en el Coloso reconoció que arrastraba una fuerte dolencia en el aductor y que solo la grandeza del rival lo llevó a forzar la máquina. Su emotivo mensaje celestial y el análisis del presente auriazul.

En una noche donde el Parque Independencia se vistió de gala y el fervor popular tiñó de azul y amarillo cada rincón del Estadio Marcelo Bielsa, hubo un hombre que desafió los límites del cuerpo para escribir su nombre en la historia del clásico rosarino. Ángel Di María, la estrella máxima de Central, no solo fue el verdugo de la Lepra con un gol de antología, sino que reveló tras el partido el enorme sacrificio que implicó su presencia en el terreno de juego.

Lejos de la euforia momentánea, el Fideo confesó en zona mixta que su participación pendió de un hilo hasta el instante previo al pitido inicial. Una contractura en el aductor lo había martirizado durante toda la semana, encendiendo las alarmas en el cuerpo técnico y en sus propios compañeros. El parte médico fue alentador pero no definitivo: no había rotura fibrilar, sí un dolor punzante que amenazaba con dejarlo al margen del partido más esperado.

«Anoche sentí una punzada bastante incómoda. El diagnóstico del doctor descartó lo peor, pero la molestia era tan intensa que me hacía dudar. Sin embargo, el deseo de estar presente pudo más», confesó el rosarino, visiblemente emocionado. Su determinación fue tal que, en una decisión táctica que llamó la atención de los presentes, decidió ceder la ejecución de las jugadas de estrategia a otros futbolistas. «Sabía que patear al arco desde el piso era imposible, el movimiento me generaba un dolor insoportable. Solo podía conectar la pelota si me quedaba flotando, de aire. Y el destino quiso que el gol llegara justo de esa manera, en una jugada increíble», relató con una mezcla de asombro y fe.

La sinceridad del campeón del mundo conmocionó a los periodistas presentes cuando soltó la frase que resume su grandeza: «Si el rival no se llamaba Newell’s, si no era un clásico, les juro que no hubiese jugado. La molestia era demasiado fuerte». Di María detalló el trabajo contrarreloj de los profesionales de la salud que lo rodean: «Estoy eternamente agradecido a los kinesiólogos y al cuerpo médico. Desde que terminó la práctica de ayer hasta minutos antes del partido, estuvieron aplicando todos sus conocimientos a full para que pudiera estar en las mejores condiciones posibles. Fue un tire y afloje constante con el dolor, hasta que llegó el momento del gol. Ahí mismo supe que había que parar, que ya había cumplido».

El atacante de 38 años no dudó en calificar su decisión de egoísta, aunque en el fondo se note el amor propio del jugador que siente la camiseta. «Fui un poco egoísta, lo reconozco, porque no estaba al cien por ciento. Pero percibía la preocupación de mis compañeros desde ayer, ellos me necesitaban, querían que esté ahí dentro. No podía fallarles. Tenía la convicción interna de que alguna pelota me iba a quedar y el fútbol termina siendo justo con los que lo buscan».

La obra de arte comenzó con un gesto técnico exquisito de Gastón Ávila, quien bajó un balón con maestría en el área para dejarla servida. «¿Cómo que no fue asistencia? La bajó de manera espectacular. A veces lo más difícil es esa jugada previa. Estoy muy feliz por él, el otro día convirtió un gol y hoy me regaló esta posibilidad», destacó el autor del tanto, repartiendo elogios a sus compañeros.

En un plano más íntimo y espiritual, Di María compartió lo que fue su primer pensamiento tras el grito sagrado. «Mirando al cielo, le pregunté al de arriba: ‘¿Por qué me das tanto? ¿Por qué me colmas de alegrías?'», reveló un Fideo que siempre ha mostrado su faceta más creyente en los momentos cumbre de su carrera. «Es él quien decide los designios del partido y hoy quiso regalarme esta posibilidad tan especial».

Más allá de la épica personal, el extremo también se detuvo a analizar el presente colectivo del equipo que dirige Ariel Holan. Resaltó la figura de Franco Ibarra, a quien definió como un pilar fundamental. «Franco me tiene siempre alentando, confiando. Hoy dio la vida en la cancha, al igual que el resto del grupo. Él está haciendo un semestre absolutamente increíble, desde la pretemporada se lo ve espectacular. El equipo se va encontrando a sí mismo, estamos teniendo posesión, jugando a lo que queremos y, para colmo, los resultados nos empiezan a acompañar».

Con la mente puesta en el futuro inmediato, Di María marcó el próximo objetivo: la Copa Libertadores. «Ahora toca disfrutar, pero sabemos que lo que viene es muy importante. Debemos recuperarnos bien durante esta semana para afrontar el compromiso internacional de la mejor manera».

Para cerrar, tuvo palabras para el regresado Marco Ruben, un emblema que volvió a vestir la casaca canalla. «Tenía muchas ganas de que entrara aunque sea un ratito, pero apenas lleva una semana de entrenamiento. Se lo ve muy bien físicamente, pero no había necesidad de arriesgarlo hoy. Ya tendrá su momento, y estamos felices de que vuelva a estar en este grupo», concluyó un Ángel que, a base de sacrificio y talento, volvió a demostrar que los ídolos eternos están hechos de otra pasta.

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