En una alocución inusualmente extensa y cargada de estridencias, el Primer Mandatario abandonó los protocolos para lanzar una andanada de acusaciones y burlas, generando un denso malestar en el recinto y poniendo en jaque la noción de concordia que dice defender.
En una jornada que prometía ser la clásica puesta en escena del diálogo republicano, la velada se transformó en un monólogo de alto voltaje que dejó a los presentes sumidos en una mezcla de perplejidad e incomodidad. El jefe de Estado, en una intervención que superó con creces la extensión habitual de sus presentaciones formales, optó por desplegar un repertorio de recursos oratorios que poco o nada tuvieron que ver con la solemnidad del ámbito legislativo.
El primer mandatario, en lugar de tender puentes, decidió cavar trincheras. Su alocución se convirtió en un vertiginoso carrusel de improperios, cuestionamientos punzantes y arengas que oscilaron entre la sobreactuación y un ex abrupto de gritos que resultaron amenazantes para más de un oyente. Lejos de la mesura que suele esperarse en la apertura de sesiones ordinarias, el orador se permitió el lujo de apostrofar a propios y ajenos, evidenciando un deleite apenas disimulado mientras dejaba un reguero de frases provocadoras a su paso.
La escena, que a ratos parecía más propia de un mercado persa que de un ámbito parlamentario, tuvo en la vicepresidencia un protagonismo silencioso que resultó ensordecedor. La falta de reacción, el mutismo absoluto desde el estrado superior, fue un gesto que muchos interpretaron como una complacencia tácita. Pero si algo robusteció la atmósfera de estupor fue la actitud del inefable legislador tucumano, fiel escudero del mandatario, cuyo silencio tenaz y cómplice contrastó con la algarabía discursiva, consolidando una imagen de unidad monolítica en la vereda oficialista.
Analistas y cronistas, testigos de la escena, no ocultaron su sorpresa. Lo que se vivió en el hemiciclo no fue un debate de ideas ni un llamado a la unidad nacional, sino la puesta en escena de una contradicción flagrante: arengar la paz mientras se ejerce la violencia simbólica desde la palabra. El estilo, siempre volátil de un sujeto cuya inestabilidad emocional es motivo de análisis recurrente, alcanzó esta vez un pico de beligerancia pocas veces visto, dejando al descubierto el abismo que separa la prédica de la acción. La gran mentira de hacer la guerra para conseguir la paz quedó, una vez más, desnuda ante los ojos de una ciudadanía que, desde sus casas, observó con asombro cómo la máxima magistratura se confundía con la arenga callejera.
