La noche en que Atlético volvió a chocar contra sus propios fantasmas

La noche en que Atlético volvió a chocar contra sus propios fantasmas

El «Decano» cayó ante Racing en un partido donde la falta de contundencia y las dudas defensivas volvieron a teñir de oscuridad el césped del Monumental. Vergara, con dos golazos, fue la pesadilla tucumana en una velada para el olvido.

La pregunta flotaba anoche en el aire húmedo del estadio Monumental José Fierro, como esas dudas que se instalan sin permiso y no encuentran respuesta fácil. ¿Existen los milagros en el fútbol? Atlético volvió a tropezar, y vaya que el golpe dejó huellas profundas. No tanto por la jerarquía del adversario, porque Racing es uno de los grandes del fútbol argentino, sino por esa sensación de deja vu que dejó el desarrollo del encuentro. El conjunto local avanzó, empujó con la desesperación del que sabe que el tiempo se escapa, envió centros al área, buscó con insistencia el arco visitante… y aun así, durante gran parte de los noventa minutos, dio la impresión de estar corriendo una carrera que invariablemente terminaba en el mismo lugar: la frustración.

El esquema inicial dispuesto por el cuerpo técnico presentó un dibujo táctico con tres hombres en el fondo. Leonel Di Plácido, Gianluca Ferrari y Gastón Suso conformaron la última línea defensiva, mientras que en la zona de gestación se ubicaron Luciano Vallejo, Ignacio Galván, Javier Domínguez y Kevin Ortiz. Más adelante, Renzo Tesuri y Martín Benítez intentaron generar sociedad con Carlos Abeldaño, la referencia ofensiva.

Atlético avanzó más de lo que atacó. A simple vista, ambos términos podrían considerarse sinónimos, pero en el plano futbolístico que ofrece actualmente el «Decano» representan realidades completamente distintas. Las jugadas ofensivas encontraron su final casi siempre en centros predecibles o remates de media distancia que no lograron romper la monotonía del partido. Facundo Cambeses, el guardametas visitante, terminó erigiéndose como figura excluyente: cada intento del equipo tucumano lo encontraba bien posicionado, seguro bajo los tres palos, transmitiendo una tranquilidad que del otro lado de la cancha brillaba por su ausencia.

El primer golpe llegó precisamente cuando Atlético parecía estar más cerca de abrir el marcador. A los treinta y cuatro minutos de la etapa inicial, Duván Vergara gestó una jugada individual de esas que marcan diferencias, sacudiéndose la marca con elegancia para definir cruzado y establecer el uno a cero. Fue un baldazo de agua helada que paralizó al estadio y dejó al descubierto las fragilidades emocionales del conjunto local.

Lo realmente llamativo es la reacción del «Decano» cuando se encuentra en desventaja. El equipo parece sorprenderse genuinamente ante la adversidad, como si no terminara de comprender qué debe hacer cuando el marcador le es desfavorable. Esta situación resulta particularmente paradójica, porque cuando Atlético enfrenta a los denominados equipos grandes del fútbol argentino, suele transformarse en una versión completamente distinta. En numerosas ocasiones anteriores ha desplegado un juego que recuerda a los conjuntos de la Premier League, con intensidad británica, carácter y una entrega que emociona a sus seguidores. Anoche, sin embargo, esa versión mejorada nunca apareció.

El trámite del encuentro se tornó áspero, trabado y sumamente disputado en la zona medular del campo. Atlético supo cerrar los caminos hacia su arco con orden y sacrificio, mientras que Racing encontró serias dificultades para hilvanar jugadas de peligro. Pero cuando la «Academia» comenzó a duplicar esfuerzos por las bandas, encontró espacios que antes parecían inexistentes. Fue precisamente por uno de esos sectores por donde apareció Vergara para cambiar la historia del partido con su desequilibrio individual.

En el fondo de la cancha, Ferrari atravesó una noche para el olvido. El marcador central fue superado en varias ocasiones por los delanteros rivales, y en una de esas jugadas quedó terriblemente expuesto, convertido en la imagen de la vulnerabilidad defensiva. A esta situación se suma otro problema que comienza a hacerse cada vez más evidente con el correr de los partidos. Atlético no transmite seguridad desde su arco. Ni siquiera los propios compañeros parecen confiar plenamente en Luis Ingolotti, cuyo desempeño genera dudas permanentes. Del otro lado del campo, los defensores de Racing pueden desarrollar su labor con mayor tranquilidad porque saben que detrás tienen a Cambeses, un arquero que inspira confianza y resuelve con solvencia las situaciones de peligro.

Y el guardameta visitante volvió a demostrar su jerarquía en el segundo tiempo. A los diez minutos, Atlético dispuso de una oportunidad clarísima para igualar el marcador. Una jugada bien elaborada finalizó con Tesuri frente al arco vacío, sin arquero y con defensores que llegaban desesperados para intentar evitar el gol. Pero al delantero entrerriano le pesó el momento, la responsabilidad y quizás los fantasmas de un equipo que no termina de encontrar su rumbo. La pelota se fue a cualquier lado menos al fondo de la red, en una definición que generó incredulidad en las gradas y desesperación en el banco local.

Comenzaron entonces los cambios con la esperanza de modificar un destino que parecía ya escrito. A los dieciséis minutos del complemento abandonó la cancha Benítez, quien venía de destacarse ante Belgrano pero en esta ocasión casi no pudo gravitar en el juego. Más tarde ingresaron Ezequiel Ham y Nicolás Laméndola en reemplazo de Domínguez y Tesuri. Sobre los treinta y cuatro, Manuel Brondo y Franco Nicola ocuparon los lugares de Abeldaño y Vallejo. Nada cambió demasiado. Las variantes no lograron alterar la fisonomía de un equipo que navegaba sin rumbo en aguas turbulentas.

Si Racing no brilló con luz propia durante el encuentro, Atlético fue directamente el eclipse de la noche. No brilló ni dejó brillar. Todo quedó teñido de un tono oscuro, denso, como esas noches en que el fútbol se convierte en una carga pesada en lugar de ser una fuente de alegría. La falta de claridad conceptual, las dudas permanentes y la ausencia de ideas para vulnerar al rival configuraron un panorama desolador.

A los treinta y cinco minutos de la etapa complementaria llegó el segundo golpe, tan doloroso como el primero y quizás más significativo por el contexto. Otra vez Vergara y otra vez un error defensivo de proporciones. Ferrari pifió estrepitosamente al intentar despejar un balón, la pelota le pasó entre las piernas en una jugada que quedará en la galería de los horrores defensivos, y le quedó servida al delantero colombiano. Di Plácido no alcanzó a cerrar el espacio y el atacante definió con categoría para establecer el dos a cero. La foto de Ferrari con la cabeza gacha mientras Vergara celebraba resumía perfectamente la noche del conjunto local.

La historia terminó de cerrarse cerca del final, cuando el reloj marcaba los minutos de descuento. Atlético fue con todo a buscar al menos el descuento y Racing salió de contraataque con espacios generosos. Tomás Conechny corrió con libertad, levantó la cabeza y habilitó a Santiago Solari, que definió sin problemas para sentenciar el tres a cero definitivo.

Del otro lado del campo, una vez más, Ingolotti no logró transmitir la misma seguridad que Cambeses ofrecía a sus defensores. Las comparaciones son siempre odiosas, se sabe, pero en este caso resultan inevitables porque el arquero «académico» dejó muy expuesto con su actuación el bajo rendimiento del guardameta local. Mientras uno resolvía con solvencia cada situación, el otro evidenciaba dudas que contagiaban inseguridad a toda la línea defensiva.

Julio César Falcioni llegó a Tucumán en los días previos y declaró en el aeropuerto, con esa mezcla de humor y realismo que lo caracteriza, que tal vez haya que poner dos micros adelante del arco para empezar a sumar puntos. Después de lo que se vio anoche sobre el césped del Monumental, quizás necesite poner ocho. Porque el problema no es solo defensivo, ni exclusivamente ofensivo, sino una combinación de fragilidades que configuran un equipo a la deriva.

Hoy Atlético parece tener una tobillera de sandías en cada pie, una imagen que grafica con precisión la pesadez, la lentitud y la falta de reacción que muestra en el campo de juego. Para cambiar esa realidad, en el fútbol, a veces hace falta un pequeño milagro. O quizás algo más difícil aún: trabajo, convicción y la capacidad de levantarse después de cada caída. Porque los milagros, cuando ocurren en este deporte, suelen ser simplemente la consecuencia de equipos que nunca dejaron de creer.

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