El conjunto de la Ribera firmó una paridad agridulce ante el Ciclón en un cotejo donde mostró chispazos de superioridad pero naufragó en la consistencia. Mientras el «Ruso» Ascacibar se vistió de héroe inesperado, el resto del plantel dejó más dudas que certezas en un duelo marcado por la fricción y las escasas ideas.
Bajo un cielo encapotado que parecía reflejar el ánimo de la hinchada visitante, Boca Juniors no pasó del empate. En un clásico que prometía chispa y terminó diluyéndose en un mar de imprecisiones, el Xeneize rescató una unidad que supo a poco para los flashes pero a mucho para el desarrollo real del juego. La noche, fría en lo térmico pero caliente en los roces, dejó una estela de rendimientos individuales dispares que encienden las alarmas en el cuerpo técnico de Claudio Úbeda.
El arquero Agustín Marchesín volvió a vivir una velada para el olvido, signada por la poca participación y la mala fortuna. El guardameta, que suele ser un pilar, vio cómo el único remate directo que recibió su valla terminó en el fondo de la red, un baldazo de agua fría que llegó sin que pudiera hacer mucho para evitarlo, manchando una noche donde el ocio fue su principal enemigo.
En el fondo, las sensaciones fueron encontradas y los problemas, evidentes. Por el carril derecho, Marcelo Weigandt protagonizó una de las actuaciones más decepcionantes de la jornada. El «Chelo», que venía pisando fuerte en la consideración, vio cómo sus aspiraciones de consolidarse se derrumbaban ante la mirada atónita de los presentes. Con serias dificultades para proyectarse y una fragilidad defensiva que quedó expuesta en la jugada del gol del Ciclón —que llegó precisamente por su sector—, el lateral nunca pudo inquietar a un juvenil rival que lo superó con creces en el duelo personal.
La dupla de marcadores centrales tampoco logró infundir la tranquilidad necesaria. Lautaro Di Lollo y Ayrton Costa compartieron un karma similar: ambos sufrieron las embestidas del delantero Cuello. Aunque el «Maldito» Costa intentó sostener el orden, la zaga en conjunto mostró fisuras preocupantes ante un único punta adversario, evidenciando falta de comunicación y contundencia en las marcas. Por la izquierda, Lautaro Blanco continúa siendo la voz cantante del ataque boquense, el único capaz de generar desequilibrio y desborde por su banda, aunque sus centros no encontraron destino de red.
El mediocampo fue un hervidero de piernas fuertes y poca claridad. Leandro Paredes se erigió, una vez más, como el faro táctico dentro de la tormenta. El mediocampista demostró por qué es considerado el futbolista más talentoso de la plantilla, asumiendo la pausa, la toma de decisiones y la gestación del juego a pesar de que el contexto táctico no siempre lo favorecía. A su lado, Milton Delgado ofreció una lección de entrega y sacrificio; su labor se resumió en una imagen: la de meter la cabeza donde otros no se animan a poner el pie, siendo el pulmón incansable que mantuvo con vida la lucha en la zona caliente.
El gol, sin embargo, llegó de la mano de quien menos se esperaba. Santiago Ascacibar, en un clásico donde el barro y la pierna fuerte fueron moneda corriente, apareció en el área para empujar el balón y justificar su puntaje. El «Ruso» se multiplicó en la recuperación y la presión, aunque con el balón en su poder aportó lo justo, demostrando que su talento innato es el de romper líneas con su entrega, no con su visión de juego.
En la delantera, las cosas no fluyeron. Tomás Aranda sufrió la lógica inestabilidad de la juventud en un escenario tan exigente, sin lograr gravitar en el juego. Miguel Merentiel, por su parte, dejó el alma en cada jugada. El «ogro» luchó, chocó, golpeó y buscó asociarse, pero se topó con un muro infranqueable llamado Romaña, que tuvo una noche superlativa y se lo «comió» en cada duelo individual. Por último, Ádam Bareiro tuvo un espejismo de inicio prometedor que se fue apagando con el correr de los minutos; el delantero se encontró con una dupla central que lo anuló por completo, dejándolo sin espacios y sin posibilidades de demostrar su olfato goleador.
El empate, rubricado por la falta de profundidad y la solidez defensiva del rival, deja a Boca con la necesidad imperiosa de revisar sus falencias estructurales. El cuerpo técnico de Claudio Úbeda tiene por delante la ardua tarea de reconstruir la confianza de un equipo que, por momentos, asoma pero que aún está lejos de consolidar una identidad ganadora.
