Un proyectil cargado con decenas de kilos de material detonante impactó en un estacionamiento del barrio judío, sin dejar víctimas. El suceso, que se suma a otro registrado días atrás cerca del Santo Sepulcro, reaviva las tensiones en una zona tradicionalmente apartada de los daños bélicos y pone en evidencia la asimetría en la infraestructura de resguardo entre el oeste y el este de la urbe.
Una violenta detonación sacudió en las últimas horas la quietud de la Ciudad Vieja de Jerusalén, luego de que una ojiva cargada con explosivos impactara contra una superficie despejada en el sector judío del recinto amurallado. Pese a la magnitud del estallido, las autoridades confirmaron que no se registraron personas lesionadas, aunque el episodio encendió las alarmas por su proximidad a los enclaves sagrados más sensibles del entramado urbano.
De acuerdo con el parte oficial difundido por la Policía israelí, el artefacto contenía decenas de kilogramos de material explosivo, cuya deflagración generó una onda expansiva que provocó daños materiales en las inmediaciones. El lugar del siniestro, un estacionamiento contiguo a un campo de fútbol, quedó marcado por el cráter y los restos del proyectil, en un punto que dista poco más de cuatrocientos metros del Muro de los Lamentos y de la Explanada de las Mezquitas, dos de los epicentros espirituales de mayor relevancia en la región.
Este hecho representa la tercera ocasión, en el marco de la actual campaña militar, en que fragmentos de cohetes o metralla con cargas explosivas de alto poder alcanzan zonas cercanas al corazón histórico de Jerusalén. Según detallaron fuentes policiales, ninguno de los incidentes previos había dejado víctimas fatales, pero su recurrencia supone un cambio de tendencia respecto de conflictos anteriores, cuando este perímetro solía permanecer al margen de los daños colaterales.
El suceso actual constituye, además, el segundo impacto registrado dentro del perímetro de la Ciudad Vieja desde el inicio de las hostilidades el pasado 28 de febrero. Días atrás, restos de otro misil habían caído sobre la techumbre del Patriarcado Ortodoxo Griego, una edificación colindante con la Basílica del Santo Sepulcro. En aquella ocasión, tampoco se lamentaron heridos, aunque el incidente generó una conmoción diplomática por la cercanía a uno de los templos más venerados por la cristiandad.
La repetición de estos episodios ha puesto bajo el foco de atención no solo la escalada de hostilidades, sino también las marcadas disparidades en la infraestructura de protección civil que existen dentro de la ciudad. Los datos disponibles revelan una distribución profundamente desigual de los espacios destinados a resguardar a la población ante ataques aéreos. Mientras que en el sector occidental de Jerusalén se contabilizan más de quinientos cincuenta refugios, entre públicos y privados, en la zona oriental —donde habita cerca del cuarenta por ciento de los residentes palestinos— apenas existen cincuenta y una estructuras de este tipo.
Aun más elocuente resulta el contraste en lo que respecta a los albergues comunitarios: los ciento ochenta y seis refugios de uso público se concentran íntegramente en el oeste de la ciudad, mientras que en el este no hay ninguno con esa condición, más allá de aquellos que funcionan de manera precaria en algunos centros educativos. Esta asimetría, denunciada en repetidas ocasiones por organizaciones defensoras de los derechos humanos, adquiere una dimensión crítica cuando los artefactos explosivos comienzan a caer en zonas densamente pobladas y de alto valor simbólico como la Ciudad Vieja, donde la vulnerabilidad de la población civil se ve agravada por la ausencia de infraestructuras adecuadas de protección.
