Julián Álvarez, Lionel Messi, Nicolás Otamendi, Valentín Barco y Chanda en contra sellaron la victoria en La Bombonera. El lateral surgido en Boca brilló con luz propia y dio fuertes argumentos para asegurarse un lugar en la nómina mundialista, en un encuentro que también dejó sensaciones encontradas en el rendimiento individual de los campeones del mundo.
En el escenario mítico de La Bombonera, la Selección Argentina desplegó una actuación de alto vuelo para despedirse con una victoria aplastante ante Zambia, en un compromiso que trasciende el resultado abultado. El conjunto albiceleste se impuso por cuatro tantos sin respuesta, en una velada que sirvió como termómetro de cara al compromiso máximo que se avecina. Los gritos de Julián Álvarez, Lionel Messi, Nicolás Otamendi y Valentín Barco decoraron un triunfo que, más allá de la goleada, dejó claras señales sobre el presente y el futuro del plantel.
Desde el pitazo inicial, el equipo mostró una clara vocación ofensiva, aunque con matices en cuanto a la fluidez del juego. El primer tiempo evidenció ciertas dificultades para hilvanar asociaciones prolijas en los metros finales, pero la jerarquía individual terminó inclinando la balanza. Julián Álvarez, el delantero del Atlético de Madrid, fue el encargado de abrir el marcador con la frialdad que lo caracteriza, anticipándose a la defensa rival para poner en ventaja al combinado nacional. A lo largo de su estadía en el campo, el oriundo de Calchín acumuló ocasiones para aumentar su cuota personal, aunque sin éxito, pero su movilidad y sacrificio no pasaron desapercibidos, siendo reconocido con una calurosa ovación por parte del público.
El capitán, Lionel Messi, transitó una noche de contrastes. En los primeros cuarenta y cinco minutos, su habitual precisión se vio reemplazada por una seguidilla de errores no forzados que rompieron la cadena de juego asociado. Sin embargo, la grandeza del 10 apareció cuando más se lo necesitaba: sobre el cierre de la etapa inicial, comenzó a desequilibrar con pases quirúrgicos que desarmaron la estructura defensiva africana, y ya en el complemento selló su participación con un gol que desató la euforia en las tribunas. La noche también le deparó un gesto simbólico al ceder la ejecución de un penal a Nicolás Otamendi, un detalle que emocionó a los presentes y que enmarcó la despedida del defensor central, quien abandonó el campo entre aplausos en lo que podría significar su último partido vistiendo la camiseta argentina en suelo patrio.
La defensa, pilar fundamental del esquema, presentó rendimientos dispares. Cristian “Cuti” Romero se erigió como el bastión más sólido de la retaguardia, imponiéndose en cada duelo aéreo y mostrando una seguridad que disipó cualquier intento de avance rival. Del otro lado, Nicolás Otamendi, más allá de la emotividad de su salida, dejó una imagen frágil: un error en la salida durante el primer tiempo pudo haber costado caro, y su tarea general estuvo lejos de la solidez exhibida por su compañero de zaga. En los laterales, Nahuel Molina cumplió con un doble rol, siendo más protagonista en el circuito ofensivo que en sus obligaciones defensivas, mientras que Nicolás Tagliafico, en los minutos que disputó, mostró un constante ímpetu por desbordar por su banda, aunque sin demasiada exigencia en el fondo.
El mediocampo fue el termómetro de las variaciones en el funcionamiento colectivo. Leandro Paredes, recuperando la titularidad, entregó una cátedra de orden y distribución: firme en la marca, preciso en la limpieza de salida y eficaz para alimentar a los atacantes, su labor fue de las más destacadas. Enzo Fernández, en sintonía con el volante de Boca, estableció una conexión valiosa que permitió oxigenar la posesión y encontrar los espacios necesarios. En contraste, Alexis Mac Allister atravesó una noche para el olvido en cuanto a precisión; sus imprecisiones en la zona de gestación cortaron circuitos y dificultaron la fluidez con Messi y Julián Álvarez. Thiago Almada, por su parte, asumió el rol de desequilibrante cada vez que el balón pasó por sus pies, encarando sin temor y participando activamente en las acciones de peligro, incluyendo la jugada que derivó en el cuarto tanto.
El arco, custodiado por Emiliano “Dibu” Martínez, tuvo una jornada de bajo impacto. El guardameta fue exigido en una sola ocasión y respondió con la seguridad habitual, mostrando además solvencia en el juego con los pies durante las escasas veces que debió intervenir en la salida. Su reemplazo antes del final no alteró la solidez defensiva.
La segunda mitad trajo consigo variantes y un tramo final que permitió evaluar a quienes buscan ganarse un lugar. Allí apareció Valentín Barco, el lateral oriundo de Saladillo, para entregar una actuación que podría resultar determinante en su carrera internacional. El exjugador de Boca Juniors, actualmente en Racing de Estrasburgo, mostró un desempeño correcto, sin fisuras en la conexión con sus compañeros y con una madurez que contrastó con su juventud. Su partido, libre de errores groseros y con participación activa en la circulación, consolidó la sensación de que ha dado un paso firme para asegurarse un lugar en la lista de convocados para la próxima Copa del Mundo.
En las antípodas, Rodrigo De Paul ingresó con el compromiso ya definido pero evidenció una versión opaca de su mejor nivel. La falta de participación en ataque, sumada a imprecisiones y una visibles limitaciones físicas que lo relegaron al banco de suplentes, encendieron interrogantes sobre su momento de forma. Nicolás González, otro de los que saltó al campo en la recta final, también transitó un trámite intrascendente, con escaso aporte en la zona de definición y errores en la mitad de cancha que impidieron sumar profundidad.
La goleada, más allá del resultado categórico, dejó un saldo de sensaciones contrapuestas. Por un lado, la ratificación de nombres propios como Paredes, la solidez de Romero y la aparición estelar de Barco, quien parece haber encontrado su lugar en el engranaje de un equipo que se prepara para defender su corona. Por el otro, las sombras de futbolistas clave que no atraviesan su mejor momento y que deberán revertir la tendencia de cara a los desafíos venideros. En una noche de despedidas emotivas y promesas consolidadas, Argentina volvió a demostrar que su presente sigue siendo tan amplio como profundo, con variantes para ilusionar y algunas certezas que parecen comenzar a escribirse con tinta indeleble.
