La ilusión de retornar a una Copa del Mundo tras más de tres décadas se desvaneció en un duelo de alta tensión. Pese al empate transitorio y al dominio de la posesión, la falta de contundencia y los destellos de efectividad asiática sellaron el 2-1 que otorga el último boleto a un Irak que celebra su regreso después de 40 años de espera.
La travesía boliviana hacia la anhelada cita planetaria, un objetivo que perseguía durante treinta y dos años, encontró su desenlace más cruel en el escenario donde la épica se vestía de gala. Lo que parecía el capítulo final de un guion escrito con paciencia y crecimiento deportivo se transformó en una elegía deportiva, al sucumbir ante Irak por un ajustado 2 a 1 en un partido que definía el último pasaporte disponible rumbo a la competición. Mientras los asiáticos celebran su regreso al máximo escenario del fútbol tras cuatro décadas de ausencia, la delegación altiplánica quedó sumida en un silencio desolador, confrontando la crudeza de una oportunidad histórica que se escapó entre los dedos en los minutos decisivos.
Los artífices del triunfo iraquí fueron Ali Alhamadi y Aymen Hussein, cuyas conquistas marcaron el ritmo de un encuentro de nervios acerados. Por el lado boliviano, la réplica llegó por intermedio de Moisés Paniagua, un destello de esperanza que encendió la algarabía en las tribunas, aunque sin la suficiente potencia para sostener el sueño. El inicio del lance mostró a una selección boliviana dueña del esférico, tejiendo tramas con la intención de domeñar el ritmo. No obstante, la reacción iraquí no se hizo esperar, y a los nueve minutos, un tiro libre ejecutado por Amir Alammari exigió la estirada del guardameta Guillermo Viscarra, quien con un manotazo evitó la caída de su valla.
Sin embargo, la respuesta defensiva fue tan solo un espejismo. Apenas sesenta segundos más tarde, en la ejecución de un saque de esquina, la fragilidad en la marca boliviana quedó expuesta sin atenuantes. Alhamadi, con un certero cabezazo, aprovechó la pasividad de la zaga para inaugurar el marcador y sembrar el primer mazazo en el ánimo colectivo. Pese al golpe, Bolivia no claudicó en su libreto. Con paciencia para hilvanar asociaciones y un Irak que se replegaba con disciplina táctica, los conducidos por Oscar Villegas esperaron su momento. Este llegó en el minuto 38, cuando una combinación letal entre Ramiro Vaca y Moisés Paniagua derivó en una definición de derecha por parte de este último, que estremeció los cimientos del estadio y desató la euforia entre los miles de compatriotas que, en muchos casos, desembolsaron más de mil dólares para ser testigos presenciales de la hazaña. La fracción inicial concluyó con una Bolivia envalentonada, empujando en busca de la remontada, aunque sin la fortuna de traducir su dominio en una cifra favorable.
El complemento arrancó con un trámite más trabado, librando batallas en el sector estéril del terreno. La inteligencia del banquillo asiático se hizo notar cuando el estratega iraquí movió sus fichas a los 52 minutos, introduciendo a Marko Farji en el terreno de juego. La modificación surtió un efecto inmediato y demoledor. Farji, con una asistencia quirúrgica, habilitó a un letal Aymen Hussein, quien con un remate certero de derecha perforó nuevamente la portería boliviana para establecer el 2 a 1 definitivo. Este gol actuó como un balde de agua fría sobre la estructura verde.
A partir de ese instante, con el adversario dispuesto a resguardar su ventaja, Bolivia asumió el rol protagónico del manejo del balón, empujada por la urgencia y el aliento ensordecedor de las gradas. No obstante, la posesión se tornó estéril frente a un bloque rival férreamente ordenado, que cedía la iniciativa pero custodiaba con uñas y dientes su área. Los minutos finales se convirtieron en un asedio constante, un acoso sin pausa donde la falta de contundencia y la precipitación en los últimos metros condenaron a la selección nacional. La oportunidad de regresar a un escenario mundialista tras tres décadas y media se evaporó con el pitazo final, dejando tras de sí un paisaje de decepción absoluta.
Mientras Irak se prepara para integrar el Grupo I de la competencia global, donde enfrentará a combinados de la talla de Francia, Senegal y Noruega, el horizonte boliviano se reconfigura hacia un futuro incierto. La apuesta ahora recae en el ambicioso Plan de Selecciones 2024-2034 impulsado por la Federación Boliviana de Fútbol, cuyo arquitecto principal es el entrenador Oscar Villegas. El propio estratega, visiblemente afectado, no ocultó la magnitud del golpe en la conferencia posterior al encuentro. Con una voz que reflejaba el pesar colectivo, manifestó: “Nos encontramos devastados. Completamente aniquilados emocionalmente. Albergábamos la convicción firme de que podíamos alcanzar la clasificación. Si el proceso no se sostiene, si esta evolución no continúa, en todo caso, mi continuidad carecería de sentido”, declaró Villegas, dejando entre líneas la profundidad de una herida que tardará en cicatrizar y la fragilidad de un proyecto que hoy enfrenta su prueba más álgida.
