El rugido de la fiera acorralada: Trump aplaza la aniquilación de Persia por quince días mientras el mundo recupera el aliento

El rugido de la fiera acorralada: Trump aplaza la aniquilación de Persia por quince días mientras el mundo recupera el aliento

La orden de arrasar Irán y devolverlo a “la edad de piedra” queda en suspenso gracias a la movilización popular y la inesperada irrupción de China en el tablero. Mientras el mandatario estadounidense y su socio Netanyahu juegan sus cartas desesperadas para evitar la cárcel, la historia milenaria persa respira por dos semanas.

Cuando el punto final se aproxima en esta crónica, ya es posible afirmar con certeza que el ultimátum destructivo lanzado por el hombre más ominoso y con poder real de nuestro tiempo, Donald Trump, ha sido diferido por un lapso de quince jornadas. Un suspiro colectivo recorre el planeta al comprobar que la sentencia de liquidar una de las civilizaciones más deslumbrantes que haya conocido la humanidad —la persa—, reducida según la retórica del magnate a “la edad de piedra”, se ha postergado por dos semanas. Resulta casi una proeza hallar en los anales históricos a otro jefe de Estado que haya exhibido una voluntad aniquiladora tan frontal contra una nación que, como bien atestigua la UNESCO, atesora veintinueve sitios declarados Patrimonio de la Humanidad, fruto de una historia tres veces milenaria esculpida en soberbias obras arquitectónicas, jardines legendarios y numerosos vestigios arqueológicos. Sin embargo, nada de lo que provenga de Trump debería asombrarnos: ha convertido el agravio soez, la embestida verbal y el desprecio racial hacia sus adversarios en la seña identitaria de su gestión. No escasean los analistas políticos que lo emparentan con Calígula, aquel emperador romano sádico y depravado, amante de orgías y sacudido, al igual que Trump, por delirios de grandeza. Pero el presidente norteamericano aventaja a aquel tirano, como muy probablemente se confirmará cuando se logre la desclasificación completa y la difusión de los archivos Epstein. Trump es una bestia arrinconada, capaz de cometer los peores crímenes con tal de evitar su ocaso político y, tras este, la prisión, exactamente igual que su aliado en Asia Occidental, Benjamín Netanyahu, otro racista que también terminará tras las rejas en cuanto concluya su mandato como primer ministro israelí. Para ambos, prolongar la guerra se ha convertido en la condición necesaria de su precaria libertad. Una libertad que, como solía decir Hugo Chávez, es solo “por ahora”.

En el caso del estadounidense, la directriz de destruir toda la infraestructura que sostiene la vida moderna de un país como Irán constituye, sin discusión, un crimen de guerra, una ofensa de lesa humanidad, una muestra de barbarie perpetrada por una superpotencia que pretende detener su decadencia irreversible apelando a la fuerza bruta. La amenaza apenas velada de recurrir al arsenal atómico —formulada por Trump y expresada sin ambages por Netanyahu y varios de sus ministros— es otra de sus bravatas que difícilmente se concrete, por razones que se desarrollarán más adelante. Tampoco creo, y aquí arriesgo una apuesta firme, que llegue tan lejos como para bombardear las plantas desalinizadoras, las centrales eléctricas, los complejos petroleros y gasíferos, los puentes y las rutas de Irán. Esto se sostiene en varios argumentos. El primero: Teherán todavía conserva una capacidad de represalia notable. El segundo: las burdas expectativas de Trump y sus colaboradores más que mediocres consistían en que, ante la escalada de ataques y las intimidaciones de Washington, la población iraní invadiría las calles en manifestaciones gigantescas contra el “régimen” y provocaría su caída, algo que jamás sucedió. Después de más de un mes de agresiones brutales, el sistema se mantiene inconmovible y, al igual que en Venezuela, el anhelado cambio de régimen no se produjo. Todo lo contrario: la embestida estadounidense generó el efecto inverso, y el gobierno de la Revolución Islámica logró que millones de personas se dirigieran hacia los posibles blancos del ataque anunciado para esta noche, forzando a Estados Unidos a postergar sus golpes por quince días para evitar lo que habría significado una carnicería sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Lo ocurrido demuestra que la movilización popular, cuando es multitudinaria y organizada, puede doblegar el lenguaje de las armas. En los pasillos de Washington se murmura —habrá que ver si es cierto— que, a cambio de esa negativa a bombardear y gracias a la mediación del gobierno paquistaní, Teherán se comprometió a franquear el paso por el estrecho de Ormuz, extremo que exigirá verificar cómo y bajo qué condiciones se lleva a cabo. Sobradamente conocidas son las falsedades de un mentiroso en serie como Trump, así que será menester aguardar para conocer con exactitud los términos de este alto el fuego.

Existe, empero, un elemento imprevisto que enreda aún más los planes de Washington: el ataque ejecutado por el régimen sionista israelí contra la histórica ciudad de Kashan, el cual dañó parcialmente el corredor ferroviario de alta velocidad Xinjiang–Irán, construido y financiado por la República Popular China. Esta conexión no es otra cosa que la alternativa terrestre que Pekín ha diseñado para abastecerse de petróleo evitando el estrecho de Ormuz. Si hasta hoy el gigante asiático había mantenido una actitud prudente respecto a la crisis iraní, la increíble torpeza —¿o acaso una provocación calculada pero estúpida?— de Netanyahu convierte a China en un actor con protagonismo creciente en el conflicto que se desarrolla en territorio persa. La agresión a Kashan certificó que, en realidad, para Estados Unidos y su aliado israelí el adversario principal no es Irán sino China. Ante esta constatación, Pekín adoptará una postura mucho más participativa en la resolución final del conflicto, algo que claramente perjudica los planes urdidos por Trump y sus grises asesores.

Unas palabras finales sobre la personalidad de Trump. Es un hombre violento e intolerante. Lo prueba de manera irrefutable que haya impuesto en la presidencia de Siria a un exlíder de Al Qaeda, Abu Mohamed Al Jolani —el degollador serial cuya cabeza era valuada por Washington en diez millones de dólares— y que, mediante un veloz acto de prestidigitación política, se transmutara en un paladín del “cambio de régimen” en Siria para, ahora, bajo el nombre de Ahmad Al Sharaa, ser recibido con todos los honores en el Despacho Oval de la Casa Blanca. No existen vocablos para describir tamaña infamia. Además, Trump es un fugitivo de la justicia de su propio país. Ha sido condenado por treinta y cuatro delitos y enfrenta imputaciones por otros cincuenta y siete. No está en prisión porque ocupa la presidencia y la legislación estadounidense suspende la ejecución de la pena para el inquilino temporal de la Casa Blanca. Pero en cuanto finalice su mandato se lo verá con el mono naranja, al igual que el otro criminal de guerra, Netanyahu, cumpliendo largas condenas tras las rejas. Los tiempos están cambiando, y por más fanfarronadas que profiera, solo la muerte lo salvará de la cárcel. Además, en cuanto se ventilen los papeles de Epstein, surgirán nuevas acusaciones contra Trump, entre ellas la de pedofilia. Más le vale ir preparándose. De hecho, ya lo está haciendo: su huida hacia adelante consiste en librar guerras donde sea, satisfaciendo de paso la voracidad de las grandes corporaciones del complejo militar-industrial y de los oligarcas tecnofeudales de las empresas informáticas, que han apuntalado su carrera política y la de sus huestes en el Congreso.

Una última palabra acerca del ridículo “Corolario Trump”. Uno ya no sabe si el presidente estadounidense está en su sano juicio o si alguna sustancia perturba sus sentidos. ¿Acaso cree que puede tender un cerco alrededor de Latinoamérica y el Caribe para impedir que cualquier actor extrahemisférico establezca relaciones económicas, políticas, culturales y diplomáticas con nuestras naciones? Demasiado tarde. Hoy China es el primer o segundo socio comercial o financiero de casi todos los países de la región. ¿Acaso va a expulsar a China o a Rusia? ¿Va a prohibir comerciar o realizar inversiones en nuestros territorios? ¿Y qué ofrece Washington a cambio? Nada. Les promete que empresas estadounidenses acudirán a invertir en diversas actividades, en beneficio exclusivo de ellas mismas, sin ningún derrame ni desarrollo de infraestructura como hace China con su célebre fórmula de ganar-ganar, donde ambas partes se benefician. Con Estados Unidos el esquema es: yo gano, tú pierdes. Y, por si fuera poco, China no se entromete en asuntos domésticos, mientras que Washington no solo nos saquea, sino que además pretende que adoptemos sus valores, sus instituciones, su cultura y su política.

Tomando todos estos factores en la debida consideración, se puede pronosticar que la crisis en Irán se resolverá en términos sumamente desfavorables para Estados Unidos, porque ahora en la mesa de negociación no solo se sienta el veleidoso presidente norteamericano, sino también los representantes iraníes y, en un papel cada vez más gravitante, China: una visitante indeseada pero que la estupidez del fascista Netanyahu ha logrado introducir en la conversación.

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