La confianza se desmorona: el oficialismo enfrenta un quiebre estructural mientras el escepticismo penetra sus propias filas

La confianza se desmorona: el oficialismo enfrenta un quiebre estructural mientras el escepticismo penetra sus propias filas

Un estudio de la UNSAM revela que la credibilidad en la estabilización económica ya no depende de los precios ni del dólar, sino de la palabra del gobierno. La desconfianza crece en todos los estratos, incluso entre los votantes de La Libertad Avanza, mientras el rebote industrial no logra disimular el derrumbe del ingreso familiar.

En un clima político cada vez más enrarecido, la figura del vocero presidencial se ha convertido en un obsequio inagotable para las fuerzas de la oposición. Un sector influyente dentro de la estratégica Comodoro Py ha decidido no soltar ese hueso que promete seguir dando batalla, mientras que los pesos pesados del establishment presionan con ahínco para colocar a un operador propio al frente de la jefatura de gabinete. En paralelo, la desconfianza hacia el presidente Milei se expande como mancha de aceite a través de universos que, en apariencia, no guardan conexión entre sí, pero que convergen a una velocidad alarmante. Ya no le creen los grandes actores del poder económico, que ensayan en silencio un plan de contingencia; dudan los fondos de inversión, que mantienen el riesgo país en niveles preocupantes; y se sienten profundamente decepcionados los sectores medios y bajos que alguna vez apoyaron al mandatario como una alternativa de cambio.

El más reciente informe del Índice de Confianza Social en la Moneda (ICSM), elaborado por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y correspondiente al mes de abril, evidencia un quiebre de magnitud que ningún funcionario puede ignorar. El estudio anticipa una desaceleración de la inflación durante el cuarto mes del año en comparación con el pico registrado en marzo, pero revela algo mucho más inquietante: esa mejora nominal no se traduce en un beneficio político para el gobierno. Los investigadores sostienen que la relación esperada —a menor suba de precios, mayor respaldo ciudadano— no se verifica en abril de 2026. La secuencia completa es implacable: mientras en marzo la inflación había escalado al 3,4%, en abril se proyecta una baja al 2,6%, con un dólar que se mantuvo estable en ambos meses. Sin embargo, el ICSM general, que arrojó un valor de 2,71, y el subíndice de confianza en la estabilización, con 2,60, se desploman a mínimos históricos de toda la serie. Para los autores del trabajo, esta divergencia no es casual, sino consistente con un desacople de carácter estructural: la fe en la estabilización ya no se ancla en indicadores de precios o del tipo de cambio, sino en la credibilidad de la trayectoria económica y en la capacidad real del gobierno. Y esa credibilidad, sentencian, no está siendo confirmada por la experiencia cotidiana de los argentinos.

Seis meses después de haber ganado las elecciones, los números sugieren que el impacto inicial de noviembre operó como un mero efecto electoral de corta duración, más que como una verdadera reconfiguración de las expectativas de largo plazo. Desde diciembre, la tendencia es inequívoca: un deterioro sostenido y sin pausa. Este desplome del ICSM camina al compás de otros dos indicadores que en las últimas semanas cayeron como una bomba en el Círculo Rojo: la baja simultánea del Índice de Confianza en el Gobierno y del Índice de Confianza del Consumidor que elabora la Universidad Di Tella. Los especialistas de la UNSAM destacan que existe una sincronía en el deterioro que refuerza la lectura de un ciclo nítido de caída de la confianza en múltiples frentes: el económico, el monetario y el gubernamental.

El dato político más relevante del informe se resume en una frase de alto voltaje: el escepticismo ha cruzado la frontera del voto propio. Entre noviembre de 2025 y abril de 2026, la confianza plena en la estabilización se derrumbó de manera alarmante. Entre los votantes de La Libertad Avanza, ese respeto cayó diecisiete puntos, pasando del 38% al 21%. Pero lo que resulta aún más impactante es lo que ocurrió entre los votantes de Provincias Unidas: allí la desconfianza plena saltó del 12% al 42%, y entre quienes votaron en blanco se elevó del 16% al 44%. El mensaje es claro: el escepticismo ya no es patrimonio exclusivo de la oposición, sino que se extiende como una marea que empapa todos los sectores del arco político.

En el plano socioeconómico, el incremento más pronunciado de la falta de fe en el rumbo se observa en la clase media alta (C2), donde un 39% manifiesta desconfianza plena, y en la clase media baja (D1), con idéntico porcentaje. El segmento ABC1, el de mayores ingresos, registra una desconfianza algo menor, del 30%, pero también sufre la mayor caída en confianza plena, con una baja de siete puntos. Las cifras no dejan lugar a dudas: el malestar se ha democratizado.

El deterioro de la imagen gubernamental crece desde el centro geográfico del país. En apenas seis meses, la Ciudad de Buenos Aires pasó de ser la región con menor desconfianza plena en la estabilización a convertirse en la de mayor desconfianza de toda la Argentina, con un aumento de treinta y seis puntos porcentuales, el salto más alto registrado en toda la serie. El trabajo de la UNSAM admite que en abril de 2026 existen dos Argentinas monetarias claramente diferenciadas: por un lado, el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), donde la desconfianza plena supera el 46% y llega al 56%; por el otro, el interior del país —Córdoba, Mendoza y el resto de las provincias— donde la desconfianza se mantiene en niveles que van del 18% al 28%. Una brecha que habla de realidades paralelas y de una fragmentación preocupante.

Sin embargo, al presidente Milei no le alcanzará con remover al vocero Adorni para revertir este mar de descontento. El mandatario prefiere consolarse con los datos que empiezan a marcar un tímido rebote desde el quinto subsuelo, después de meses de caída libre en los sectores intensivos en mano de obra. Así lo mostró el último informe de la consultora Analytica, que detectó una leve reacción del 0,9% en marzo. El Índice Líder de Actividad Analytica (ILA), que utiliza información de alta frecuencia y guarda una elevada correlación con el EMAE, suele anticipar los movimientos de la economía real. Según el análisis, marzo fue un mes de recuperación extendida aunque con notables heterogeneidades. La industria y el frente externo traccionaron con fuerza, el sector automotriz revirtió su caída y la construcción dio señales de sostenimiento. El agro, por su parte, registró una baja mensual pero continúa operando en niveles históricamente altos. El problema, señala el economista Ricardo Delgado, es que donde el rebote no apareció fue en la demanda de los hogares: el consumo privado, el crédito a las familias y la confianza del consumidor volvieron a deteriorarse, dejando en claro que la recuperación tiene un techo muy bajo. Delgado describe estos avances como meros rebotes técnicos y marginales, más que como cambios sustanciales de tendencia. Todas esas actividades se encuentran, en promedio, entre un 20% y un 25% por debajo de los niveles de producción y exportación de 2023. Son, en sus propias palabras, rebotes desde el fondo de la tabla. El gobierno, por supuesto, quiere mostrarlos como parte de una recuperación económica sólida, con un dólar planchado gracias al trimestre de oro del agronegocio y una inflación a la baja. Pero lo que parece difícil de sostener es que ese leve repunte pueda revertir la caída persistente de los ingresos familiares.

El último relevamiento de la consultora Empiria, dirigida por el exministro Hernán Lacunza, es lapidario. En febrero, el ingreso disponible de las familias se redujo un 2,1% con respecto a enero, lo que representa el mayor descenso desde marzo de 2024, y encadena seis meses consecutivos de contracción. Frente al aumento imparable de las tarifas y los costos fijos, el derrumbe del ingreso disponible fue aún más brutal en los sectores más vulnerables y entre los empleados estatales. El trabajo detalla que, en febrero, los gastos fijos representaron aproximadamente un 24% de los ingresos, casi ocho puntos porcentuales más que a fines de 2023. Esa sangría silenciosa en los bolsillos de la ciudadanía es la que, en definitiva, alimenta la desconfianza y la sensación de que, más allá de los números macro, la vida cotidiana no mejora. Y esa percepción, advierten los expertos, es la más difícil de revertir.

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