El conjunto millonario, con la mente puesta en el compromiso decisivo del domingo, presentó un once alternativo ante Bragantino. Armani regresó tras tres meses de inactividad y evidenció carencias en su desempeño, mientras un destello agónico de Lautaro Pereyra evitó la caída y mantiene al equipo en la cima del Grupo H.
En una noche donde el reloj marcaba la urgencia de un sueño cercano, la clasificación al partido definitorio del Torneo Apertura, pactado para el próximo domingo, se convirtió en un condicionante ineludible para River Plate. Esa realidad provocó que la institución de Núñez asumiera el desafío frente al Bragantino brasileño con una formación plagada de futbolistas que no suelen gozar de la condición de titulares habituales. La consecuencia fue inmediata: el funcionamiento colectivo se resintió de manera notoria, y el conjunto local nunca logró encontrar la fluidez necesaria en la tenencia del esférico. Los jugadores se desencontraban con alarmante frecuencia, regalaban la posesión con una facilidad asombrosa y evidenciaban la falta de armonía propia de quien improvisa un engranaje a horas de una cita trascendental.
El adversario, el Bragantino, tampoco es un plantel que desborde destellos de fútbol brillante. Sin embargo, a través de un despliegue ordenado y una inteligencia táctica para leer los momentos del partido, fue trasladando el desarrollo del juego con paciencia de artesano hasta las inmediaciones del arco defendido por el dueño de casa. Allí, entre los palos, se erigía una figura conocida pero extrañamente ausente: Franco Armani, quien retornaba a la competencia luego de tres largos meses sin pisar un terreno de juego. La última presentación del guardameta campeón del mundo había tenido lugar el 22 de febrero en el estadio de Vélez Sarsfield, cuando debió abandonar el campo durante el descanso. Aquella tarde parecía un mal recuerdo, pero la noche develó nuevas sombras.
Armani ejerció como capitán del equipo y, desde ese rol, se transformó de inmediato en la voz de mando del grupo, intentando ordenar a una retaguardia que bailaba al compás de la incertidumbre. No obstante, el experimento dejó al descubierto algunas falencias en sus intervenciones, producto inevitable de la falta de continuidad y rodaje. El golpe de gracia parcial llegó a los 34 minutos, cuando Vinicius conectó un cabezazo certero tras un envío desde el sector izquierdo ejecutado por Pitta. En esa acción, el arquero millonario no demostró la mejor reacción para evitar el festejo visitante, y su demora en los reflejos encendió las primeras señales de alarma en las gradas.
La respuesta del elenco conducido por Eduardo Coudet fue sumamente tibia después de la conquista adversaria. La producción ofensiva se tornó casi nula, y el local apenas pudo generar una sola ocasión de peligro en toda la etapa inicial, cuando Salas, ingresando por el centro del área, cabeceó la esférica pero desvió su trayectoria lejos del arco rival. La desazón comenzaba a teñir el ambiente.
Nada cambió en la segunda mitad. La actitud de River no se modificó; la parsimonia se fue apoderando de los protagonistas como una niebla espesa que entumece los movimientos. El público, atento a cada error y cada pase malogrado, no tardó en exteriorizar su malestar. Los silbidos y las quejas brotaron con cada entrega imprecisa, y la paciencia de los hinchas se agotaba al compás de la impotencia colectiva. Coudet movió el banco de suplentes en busca de una reacción, pero los cambios no lograban revertir lo que ocurría en el campo de juego. Todo parecía conducir, de manera inexorable, hacia una derrota que empañaría la previa de la gran final.
Sin embargo, cuando el cronómetro agonizaba y el destino cantaba un veredicto adverso, la pelota guardaba una última caricia. Corrían tres minutos de tiempo adicional cuando el joven Lautaro Pereyra hizo explotar el estadio con una definición de antología. Tras un remate de Quintero que el arquero brasileño no pudo retener, el rebote cayó manso en los pies del juvenil, quien tocó el esférico con una suavidad casi líquida para vencer al guardameta y decretar el empate. El grito desgarrador de los presentes fue el contrapunto exacto a la modorra que había dominado la noche.
Ese punto agónico mantiene a River como único líder del Grupo H. Las cuentas son sencillas pero no definitivas: si Carabobo no logra derrotar a Blooming este jueves, el conjunto millonario habrá asegurado matemáticamente su boleto a los octavos de final. En caso contrario, la clasificación deberá esperar hasta el próximo miércoles, cuando se cierre la fase de grupos. La alegría por el empate salvador no debe ocultar, sin embargo, las grietas que dejó al desnudo una actuación espesa, con un Armani aún en busca de su mejor versión y un equipo que bailó al borde del abismo mientras su cabeza ya volaba hacia la final del domingo.
