El combinado galo solventó con autoridad su compromiso inaugural ante un débil conjunto asiático, aunque el verdadero protagonista de la jornada fue un fenómeno meteorológico sin precedentes en la historia de los Mundiales. La suspensión por más de dos horas debido a una tormenta eléctrica desvió la atención de un triunfo plácido, donde Kylian Mbappé, con un doblete, recortó distancias con Lionel Messi en la lucha por los cetros goleadores y reafirmó el hambre de un gigante que ya mira de reojo los registros eternos del fútbol.
El guion de estos encuentros iniciales en una Copa del Mundo suele estar escrito con tinta indeleble mucho antes de que el balón ruede. Da igual la época o el número de contendientes; la jerarquía, en su acepción más pura, tiende a imponer su ley sin concesiones. Bajo esa premisa axiomática, el cruce entre la escuadra de Didier Deschamps y el conjunto iraquí, ubicado en el puesto 57 del escalafón FIFA y carente por completo de cualquier figura que milite en ligas de mediana entidad competitiva, se presentaba como un ejercicio de supremacía manifiesta. La incógnita apenas se sostuvo durante los primeros trece minutos, el lapso exacto que necesitó el vigente subcampeón mundial para inaugurar el marcador, y el resultado final, un categórico 3-0 que bien pudo haber adquirido dimensiones más abultadas, no hizo más que confirmar los pronósticos más optimistas para los galos.
No obstante, el relato de esta velada futbolística encontró su verdadero eje argumental en un escenario completamente ajeno a la táctica o el talento. La atención se desvió del tapete verde hacia los cielos amenazantes, pues por vez primera en los anales de las Copas del Mundo, un encuentro debió ser detenido debido a una tormenta eléctrica. Este contratiempo climatológico, que en territorio estadounidense activa de manera automática un riguroso protocolo que implica el desalojo de las graderías y la búsqueda de refugio hasta que amaine la tempestad, no tomó a nadie por sorpresa entre los organizadores. El precedente era cercano y elocuente: la pasada edición del Mundial de Clubes sufrió hasta seis interrupciones por idéntico motivo, con el enfrentamiento entre Chelsea y Benfica estableciendo un récord de paralización que rozó las cuatro horas y media. Y en la memoria más lejana, la semifinal de la Copa América 2016 entre Colombia y Chile demandó una espera de dos horas y cuarto para poder reanudarse.
En esta ocasión, el diluvio hizo acto de presencia en el minuto 35 del primer acto, intensificándose hasta convertirse en una tormenta eléctrica mientras los veintidós protagonistas se resguardaban en los vestuarios durante el descanso. La reanudación del espectáculo no llegaría hasta transcurridas dos horas y diez minutos, un entretiempo tan desmesurado que la FIFA determinó suprimir la pausa de hidratación en la segunda mitad, una decisión lógica si se consideraba la ingente cantidad de agua precipitada y los charcos que persistían en diversos sectores del terreno de juego, transformando el césped en una pista resbaladiza que exigía el máximo cuidado de los deportistas.
Mientras la normalidad se restablecía de manera paulatina, todos los focos, antes y después del chaparrón, apuntaban con insistencia hacia Kylian Mbappé. La estrella parisina, que parece haber heredado el cetro de Cristiano Ronaldo como el nuevo antagonista de Lionel Messi en la pugna por los récords históricos y en la disputa por los títulos mundiales, vivía una noche cargada de simbolismo. El dorsal ’10’ francés alcanzaba la centena de presencias con la elástica bleu, una cifra que habla por sí sola de su trascendencia generacional. Y, como si el contexto necesitara más combustible, unas horas antes el ’10’ rosarino había anotado un doblete, ampliando su ventaja en la tabla de máximos artilleros de la historia del torneo. Mbappé, por tanto, pisó el césped con una motivación desbordante y un objetivo claro: recortar distancias y demostrar que su apetito goleador es tan insaciable como el de los mitos que le preceden. Al abandonar el campo, a apenas dos minutos del silbato final, el delantero había reducido la diferencia a solo dos tantos y, de paso, había igualado la legendaria cifra de Miroslav Klose, un hito que engrosa su leyenda.
Su arranque fue sencillamente arrollador. A los seis minutos de juego, su electricidad y velocidad provocaron la primera amonestación del partido para Amir Al-Ammari, el pivote central del esquema 4-1-4-1 con el que los iraquíes intentaron, sin éxito, plantar cara. Instantes después, probó fortuna con un remate de sobrepique en el área que se marchó desviado por poco. Pero a la tercera intentona, no falló. Michel Olise, convertido en un socio letal, lo encontró en el umbral del área; el francés se acomodó el cuerpo y su zurdazo violento, un latigazo imparable, dobló las manos del guardameta Ahmed Fadhil, en una suerte de calco del gol que Messi le endosó a Luca Zidane en el primer encuentro ante Argelia.
La interrupción forzosa, lejos de apagar su ímpetu, pareció reactivar aún más las baterías del atacante. Regresó al segundo tiempo arengando a sus compañeros, buscando contagiar su entusiasmo hasta el punto de retroceder treinta metros para robar un balón y liderar la presión. Y a los nueve minutos de la reanudación, el destino le ofreció un obsequio inesperado. Un saque de meta de Zaid Tahseen, ejecutado con una imprecisión pasmosa hacia su propio portero, se convirtió en un pase envenenado que Ousmane Dembélé supo leer a la perfección. El toque corto y el posterior remate de Mbappé significaron su segundo tanto de la noche. Incluso dispuso de otras tres ocasiones claras para engrosar aún más su cuenta personal, aunque la puntería no le acompañó en esos instantes finales, dejando la puerta abierta a la especulación sobre lo que pudo haber sido.
Más allá de la exhibición individual, el tercer punto de atención residía en la reafirmación del engranaje colectivo del subcampeón mundial, especialmente después de las dos caras tan dispares que mostró en el estreno ante Senegal. Deschamps, un estratega meticuloso, había tomado buena nota del cambio positivo que supuso intercambiar las posiciones de Olise y Dembélé durante aquel partido, y decidió insistir con esa fórmula. El resultado fue una movilidad ofensiva mucho más fluida y desequilibrante, con un Olise que, a pesar de ser un extremo incontrolable en el Bayern Múnich, no extraña la banda al escorarse hacia el centro. Aunque en ocasiones su regate pierda eficacia en una zona de mayor congestión, su inteligencia y calidad le bastan para ubicarse y asociarse con los compañeros que orbitan a su alrededor. Así lo demostró tras el segundo gol, cuando un disparo suyo se estrelló en el travesaño, pero acto seguido se dio el gusto de dejar solo a Dembélé para que este abriera su cuenta particular en el torneo.
La restante prueba del técnico galo arrojó, sin embargo, un resultado más desigual. La apuesta por colocar a Manu Koné en el doble pivote en lugar del habitual Aurélien Tchouaméni, si bien la endeblez del rival impidió una medición certera de su desempeño defensivo, dejó dudas en cuanto a su soltura con el balón. Hubo que esperar hasta los compases finales del encuentro para que el mediocampista de la Roma ganara confianza en funciones más adelantadas, sin que se disipara del todo la sensación de cierta liviandad que ofreció el centro del campo galo en los primeros cuarenta y cinco minutos ante Senegal. No sería descabellado pensar que Deschamps podría reservar a este jugador como una alternativa para los compromisos de mayor exigencia, donde su despliegue físico podría ser más valioso que su distribución.
Al final, Francia cumplió con lo previsto. Ni los relámpagos, ni la cortina de agua, ni mucho menos el modestísimo Irak lograron generar sobresaltos en la maquinaria dirigida por Deschamps. La actuación de Mbappé, con ese doblete que lo acerca a la cima de los anotadores y lo sitúa en la estela de Messi, fue el mensaje más claro que dejó la velada. El francés tiene hambre, y no es un hambre cualquiera; es la voracidad de quien sabe que su momento ha llegado y que los récords están al alcance de su pierna. La película, con todos sus giros argumentales, tormentas incluidas, apenas acaba de comenzar, y el mundo espera con ansias el próximo capítulo de esta fascinante historia.
