La escuadra dirigida por Néstor Lorenzo doblegó por la mínima a la República Democrática del Congo en un vibrante duelo disputado en el estadio de Guadalajara. Un tanto agónico de Daniel Muñoz, tras una jugada enmarañada, desbloqueó el cerrojo africano y depositó a los cafeteros en la siguiente ronda con pleno de victorias, aunque con la angustia como compañera de viaje durante gran parte del encuentro.
En una noche donde el brillo y la contundencia se hicieron esperar más de la cuenta, la selección colombiana terminó abrazándose a la épica para doblegar a un correoso combinado congoleño que plantó batalla desde la trinchera defensiva. El marcador, exiguo pero suficiente, reflejó el sufrimiento de un equipo que, pese a dominar las acciones y generar innumerables aproximaciones, no encontró la forma de vulnerar el arco rival hasta que el reloj marcaba ya la recta final del segundo tiempo.
El guión se escribió con un puño de hierro sobre el césped tapatío, y fue precisamente Daniel Muñoz, el lateral de infernal despliegue, quien emergió como el héroe inesperado para desatar la locura en la tribuna. Sin embargo, el camino hacia ese grito liberador estuvo plagado de frustraciones, postes que se negaban a ceder y un fuera de juego milimétrico que le arrebató la alegría al conjunto sudamericano en dos ocasiones distintas.
El primer acto fue un monólogo colombiano con final amargo. Apenas silbó el árbitro, el elenco de Néstor Lorenzo se adueñó del esférico y cercó el área de Lionel Mpasi, el guardameta africano que se erigió como el primer gran obstáculo. La primera estocada la firmó el propio Muñoz, quien, tras aprovechar un rechace del arquero, estrelló su disparo contra el vertical, haciendo vibrar la estructura metálica con un estruendo que heló la sangre de los aficionantes. La réplica no se hizo esperar, y en una jugada subsecuente, el mismo jugador empujó el balón a la red, pero el asistente levantó su bandera señalando una posición antedelantina tan ajustada que el VAR necesitó varios minutos para corroborar la decisión.
La figura de James Rodríguez, el cerebro del equipo, comenzó a tallar su obra maestra con pases filtrados y centros envenenados. El creativo volante exigió al meta congoleño en repetidas ocasiones, probando su estirada con disparos desde la media luna que Mpasi despejó con autoridad. Luis Suárez y Puerta, los otros integrantes del tridente ofensivo, también probaron fortuna, pero sus remates encontraron siempre el mismo destino: las manoplas del portero rival o la desviación milimétrica que los alejaba de la gloria.
Los africanos, parapetados en su parcela defensiva, apenas si esbozaron alguna aproximación al arco defendido por Vargas. Un par de centros al área que fueron fácilmente repelidos por la zaga central colombiana, más atenta a la construcción que a la destrucción, evidenciaron la estrategia clara del conjunto africano: sobrevivir para soñar con el empate.
Tras el descanso, el libreto no sufrió variaciones significativas, sino que se intensificó. El Congo replegó aún más sus líneas, convirtiendo el último tercio del campo en una muralla impenetrable. Colombia mantenía la posesión, pero sus ataques se estrellaban una y otra vez contra un bloque compacto que cerraba todos los espacios. Mpasi volvió a ser determinante al frustrar un nuevo intento de James, y en el rebote, Arias, con el arco a su merced, envió el esférico ligeramente desviado, generando una ola de desesperación en el banquillo local.
La desesperación llevó a Néstor Lorenzo a mover sus fichas. El entrenador argentino arriesgó con una modificación de peso: retiró a James Rodríguez para dar ingreso a Juan Fernando Quintero, un jugador de talento innato pero de irregular continuidad, con la misión específica de encontrar el pasillo que desbloqueara el cerrojo africano. El cambio generó expectativa, pero no surtió efecto inmediato. Luis Díaz, el extremo que había deslumbrado en la anterior temporada con el Bayern Múnich, parecía una sombra de aquel jugador explosivo. Sus desbordes eran predecibles y sus centros, sin dirección, alimentaban la impotencia colectiva.
El tiempo se agotaba y la clasificación se esfumaba entre los dedos, hasta que el destino, caprichoso, decidió que la noche tendría un final feliz para los intereses cafeteros. En una jugada que nació de un intento de habilitación de Quintero para Córdoba, el balón quedó suelto en el área y Muñoz, como un depredador al acecho, apareció para fusilar a Mpasi con un disparo seco y colocado. Fue un grito de supervivencia, un suspiro que desató la euforia en las gradas y que, por fin, derrumbó el muro africano.
El tanto reactivó a un conjunto colombiano que, con la confianza renovada, comenzó a jugar con más soltura. Luis Díaz, espoleado por la presencia de Quintero, pareció despertar de su letargo y anotó un gol que fue nuevamente anulado por una posición adelantada, la tercera de la noche, que impidió que el marcador reflejara una superioridad que solo existió en la posesión, no en el marcador.
Ya en el ocaso del encuentro, fue el turno de Vargas, el portero colombiano, de convertirse en salvador. El ingreso de Mbuku y Banza revitalizó el ataque congoleño, que en dos jugadas consecutivas puso en serios aprietos a la valla cafetera. El meta respondió con reflejos felinos, desviando un remate a quemarropa y ahogando el grito del empate que hubiera sido un golpe devastador para las aspiraciones sudamericanas.
Con esta victoria por la mínima, la escuadra de Néstor Lorenzo aseguró su boleto a la siguiente fase y se consolidó en la cima del Grupo K, con un pleno de triunfos que, sin embargo, deja más dudas que certezas. El próximo desafío será de máxima exigencia, ya que se medirá a la poderosa Portugal de Cristiano Ronaldo en el cierre de la fase de grupos, un partido que definirá el primer lugar y que servirá como termómetro real de las aspiraciones de un equipo que, pese a sus carencias, supo encontrar el camino del triunfo en los momentos cruciales.
Por su parte, la República Democrática del Congo, que aún sueña con avanzar como uno de los mejores terceros, tendrá en su último compromiso frente a Uzbekistán una oportunidad de oro para mantener viva la esperanza y demostrar que su férrea defensa puede ser un activo valioso en el torneo. La gesta africana, aunque no logró sumar puntos, dejó una huella de orden y sacrificio que podría ser determinante en la definición de los clasificados.
