Con un vendaval de corazón y fútbol, la escuadra de Beccacece remontó un inicio adverso, doblegó a la poderosa Alemania y selló su boleto a los octavos de final. Un triunfo forjado en el carácter colectivo, donde la fe y el esfuerzo suplantaron a las dudas del pasado.
La constancia, la entrega sin fisuras y una fe inquebrantable tejieron en el césped del MetLife Stadium, en Nueva Jersey, una de las jornadas más vibrantes y memorables para el balompié ecuatoriano. Bajo la tutela de Sebastián Beccacece, el combinado tricolor no solo necesitaba vencer a la temible Alemania para aspirar a los dieciseisavos de final como uno de los mejores terceros, sino que además debía hacerlo desafiando sus propios fantasmas recientes. Y vaya que lo consiguió, y con autoridad, al imponerse por un ajustado pero meritorio 2 a 1. Esta victoria, sin embargo, no fue un destello fortuito, sino la consecuencia de una determinación férrea y un despliegue táctico que, en las presentaciones previas —la caída en los instantes finales ante Costa de Marfil y el empate sin brillo frente a Curazao—, solo se había atisbado de manera intermitente, como un recurso mostrado a cuentagotas.
Para la escuadra germana, el traspié careció de repercusiones en la tabla, dado que ya habían asegurado su sitial de honor como líderes del grupo E, condición que compartieron con los marfileños, quienes en Filadelfia doblegaron por 2 a 0 a Curazao mediante un doblete de Nicolás Pepe. De esta forma, los teutones aguardan el lunes venidero desde las 17:30 (hora argentina) en Boston para medirse ante uno de los conjuntos que finalicen en la tercera posición de otros grupos. Por su parte, la delegación costamarfileña saltará al ruedo el martes a las 14 para enfrentar al segundo clasificado del grupo I.
El arranque del compromiso en la urbe neoyorquina no pudo ser más desalentador para los intereses sudamericanos. Apenas transcurridos dos minutos del cronómetro, la escuadra de Beccacece ya veía cómo se esfumaba su sueño, tras un zurdazo certero de Leroy Sané en la primera aproximación ofensiva del equipo europeo. El silencio se apoderó de la hinchada, que veía con horror repetirse los mismos errores de jornadas anteriores. No obstante, la reacción del combinado ecuatoriano fue inmediata y demoledora. Con una ráfaga de ímpetu y rebeldía, alcanzó la paridad a los 9 minutos, gracias a un derechazo fulminante de Nilsson Angulo. El tanto nació de una recuperación prodigiosa de Vite, quien con audacia le arrebató el esférico a Pavlovic en tres cuartos de cancha, desatando una jugada que culminó con la igualdad.
A partir de ese instante, ningún integrante del once tricolor permaneció estático sobre el terreno. La presión asfixiante y el acoso permanente a la salida alemana se convirtieron en el sello distintivo de un equipo que corrió, luchó y disputó cada pelota como si fuese la última. Esa voracidad descompuso por completo el engranaje germano. Florian Wirtz y Jamal Musiala, dos de los motores creativos de la selección europea, vieron frustrados sus intentos de hilvanar jugadas desde la medular, mientras que Sané, en su desesperación por generar fútbol, se veía obligado a retroceder hasta el círculo central para tomar contacto con el balón, dejando a Kai Havertz absolutamente aislado y neutralizado por la solidez de los centrales ecuatorianos, Willian Pacho y Joel Ordoñez, quienes se erigieron como un muro infranqueable.
El segundo acto fue un calco de la intensidad mostrada en los minutos finales del primero. Ecuador redobló sus esfuerzos ofensivos convencido de que la gesta era posible, y en ese cometido, Alemania se mostró permanentemente incómoda, desquiciada ante la falta de espacios y la presión incesante. Manuel Neuer, el legendario guardameta teutón, tuvo que emplearse a fondo para desviar un potente disparo de larga distancia ejecutado por Enner Valencia, mientras que, minutos después, Gonzalo Plata estrellaba un remate contra el travesaño, en un aviso claro de que el destino estaba cerca. Ciertamente, el conjunto de Beccacece no era un vendaval ofensivo constante —de hecho, no había conseguido perforar el arco rival en los dos primeros encuentros—, pero cada vez que se aproximaba al área contraria, generaba un peligro inminente.
La recompensa al sacrificio y la fe llegó en el minuto 32 del complemento. Un córner ejecutado desde la derecha fue peinado con exquisitez por Kevin Rodríguez, y en esa jugada de estrategia, Plata se anticipó con una salida blanda y dudosa de Neuer para conectar el balón y decretar el 2 a 1 definitivo. No fue un gol de la fortuna ni una clasificación forjada en el milagro; fue, ante todo, la construcción de una victoria con carácter colectivo, un esfuerzo coral que no conoció de renuncias ni de concesiones, y que se alimentó de todo el fútbol que el equipo pudo exprimir en sus entrañas. Aquella tarde en Nueva Jersey no había espacio para el mañana; solo existía la obligación de estar a la altura de las circunstancias. Y Ecuador, con enorme grandeza, respondió a ese llamado. Lo que se avecina es, por tanto, el comienzo de una nueva narrativa, el prólogo de una historia que promete ser inolvidable.
