Bellingham fulmina a México en un duelo de infarto y los ‘Proscritos’ sellan su pase a cuartos pese a la expulsión de Quansah

Bellingham fulmina a México en un duelo de infarto y los ‘Proscritos’ sellan su pase a cuartos pese a la expulsión de Quansah

En una noche de contrastes en el Azteca, la efectividad británica y un penal de Kane doblegaron la furia local, que descontó dos veces pero estrelló su ímpetu contra el muro inglés; la roja a Quansah y el penalti atajado por Jiménez no fueron suficientes para evitar el 3-2 definitivo.

El coloso de concreto y césped que erige el Estadio de la Ciudad de México fue testigo de una batalla de aliento y estrategia que quedará grabada en la memoria de los aficionados. En el marco de los octavos de final del Mundial 2026, la selección de Inglaterra, con oficio de veterano y corazón de joven león, doblegó a un combativo equipo anfitrión por un ajustado 3 a 2, en un encuentro que tuvo de todo: fogosidad tempranera, destellos de genialidad, una expulsión que cambió el paisaje del partido, decisiones arbitrales bajo la lupa del VAR y una resistencia heroica en los compases finales que supo a épica.

El silbato inicial apenas había recorrido el aire cuando la primera chispa del encuentro saltó en el mediocampo. Declan Rice, el centrocampista británico, vio la cartulina amarilla en el minuto uno, una amonestación tan prematura como un presagio de la intensidad que iba a dominar la contienda. Los primeros compases mostraron a un conjunto azteca voraz, empujado por el rugido de su gente, cercando el arco custodiado por Jordan Pickford con un asedio persistente. Sin embargo, la furia local chocaba una y otra vez con la organización defensiva inglesa, que aguardaba su momento para golpear con la precisión de un cirujano.

Ese instante llegó en una ráfaga de vértigo y perfección ofensiva. Jude Bellingham, el joven mago del mediocampo, se vistió de héroe en el ocaso del primer tiempo. A los 35 minutos, el futbolista del Real Madrid aprovechó un desajuste en la retaguardia mexicana para batir a Raúl Rangel con un disparo seco y colocado. Apenas 120 segundos más tarde, en el 37, el mismo Bellingham repitió la dosis, capitalizando otra concesión defensiva para poner el 2 a 0 en el electrónico y dejar a la afición local sumida en un silencio atónito. Fue un doble mazazo que evidenció la pegada quirúrgica de los visitantes frente a la efervescencia, pero también la fragilidad, del anfitrión.

Pero el conjunto de Javier Aguirre no es un equipo que se arrugue bajo presión. El oportunismo y el olfato de gol de Julián Quiñones, que siempre aparece en los momentos más álgidos, permitió a los tricolores recortar distancias antes del descanso. A los 41, un balón suelto dentro del área fue empujado por el delantero naturalizado mexicano para establecer el 2-1, devolviendo la esperanza a las gradas y cerrando una primera mitad que había sido un torbellino de sensiciones.

El guión del segundo acto prometía emociones y no defraudó. A los ocho minutos, el partido dio un vuelco brutal cuando Jarell Quansah, defensor inglés, fue expulsado de manera directa por una entrada temeraria sobre Jesús Gallardo. La plancha del zaguero británico encendió la furia del estadio y dejó a su equipo con diez hombres. Thomas Tuchel, el estratega alemán, reaccionó de inmediato, recomponiendo su esquema con movimientos tácticos y el ingreso de John Stones para apuntalar la zaga, buscando contener el previsible aluvión mexicano.

Con la superioridad numérica en su poder, el cuadro local se lanzó con todo al ataque. Las líneas se adelantaron como una marea imparable, y el esférico se paseó por el campo inglés con un dominio casi absoluto. El arquero Pickford se convirtió en un muro bajo los palos, mientras sus compañeros se multiplicaban para despejar centros y remates. Pero en el fútbol, la osadía suele tener un precio. En una de esas llegadas británicas aisladas, cuando el partido se jugaba a corazón abierto, el guardameta azteca Rangel derribó en el área a Anthony Gordon, y el juez central no dudó en señalar el punto fatídico. Harry Kane, el capitán y máximo anotador inglés, asumió la responsabilidad con la frialdad de un francotirador y, desde los once metros, decretó el 3 a 1 que parecía sentenciar la historia.

Sin embargo, la fe del público y el orgullo del plantel mexicano no tenían un límite. Siguiendo la máxima de que el partido se acaba cuando el árbitro dice, el local redobló su ofensiva y, a los 68 minutos, encontró una rendija. El VAR entró en escena para revisar una mano de Harry Kane, precisamente, sobre Brian Gutiérrez en el interior del área pequeña. La revisión fue certera, y la pena máxima fue concedida a los anfitriones. Raúl Jiménez, el veterano ariete, tomó el balón con la seguridad de los elegidos, engañó a Pickford y estableció el definitivo 3-2, encendiendo una llama de esperanza que haría vibrar el coloso.

Los últimos veinte minutos del encuentro se convirtieron en un monólogo ofensivo mexicano. Con el ingreso de piezas frescas como Santiago Giménez y el creativo Álvaro Fidalgo, el equipo de Aguirre asedió de manera incesante el arco británico. Centros llovían desde ambas bandas, disparos desde media distancia que hacían estremecer los travesaños, y remates de cabeza que se topaban con una defensa inglesa que se convirtió en una auténtica fortaleza impenetrable. Cada despeje de los zagueros europeos era celebrado con la intensidad de un gol, mientras los segundos se escurrían como arena entre los dedos. Los ingleses, agazapados y sufriendo, lograron sobrevivir al acoso y mantener a raya a los delanteros mexicanos que buscaban el empate con desesperación.

El pitido final desató la euforia en el banquillo británico y el desconsuelo en el local. Con el triunfo por la mínima, Inglaterra consumó su clasificación a los cuartos de final, donde la espera una cita de alto voltaje ante la revelación del torneo: Noruega, liderada por el imparable Erling Haaland. Para el combinado inglés, la exhibición de carácter en inferioridad numérica y la puntería de sus estrellas en los momentos clave son los activos que les permiten seguir soñando con la gloria máxima. Para México, queda la amarga dulzura de una actuación valiente, de pecho inflado, que supo a poco por el marcador, pero que dejó en el césped la convicción de que luchó hasta el último aliento con el alma y el corazón en la mano.

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