En una noche de reencuentros y sensaciones encontradas, la hinchada de Boca mostró su doble faz con el colombiano. Mientras los silbidos iniciales se diluyeron entre aplausos tras su despliegue, la figura de Leandro Paredes emergió como el nexo entre el plantel y la tribuna, reclamando un apoyo incondicional que el equipo precisará para la doble competencia.
El tablón de la Bombonera vibraba con esa electricidad única que solo generan los comienzos. En el césped, el movimiento era incesante; los cuerpos se estiraban y flexionaban en la rutina precompetitiva que anticipa el drama. Pero la atención de las casi cincuenta mil almas presentes no se posaba en el ejercicio físico, sino en la procesión de nombres que el altavoz escupía al viento. Cuando el cancerbero Álvaro Montero orientó sus pasos hacia el pórtico que defendería, una catarata de palmadas lo recibió como un abrazo colectivo. El termómetro popular, sin embargo, recién comenzaba a marcar su verdadera temperatura. Bastó con que la figura de Leandro Paredes asomara su testa entre los túneles para que el recinto se transformara en un volcán en erupción; el rugido fue tal que pareció sacudir los cimientos de la calle Brandsen.
El momento cumbre de la previa llegó cuando la voz institucional, acompañada por la melodía de «Nuestro amo juega al esclavo» de Los Redonditos de Ricota —un guiño sentido al Indio Solari en el contexto de su reciente partida—, desgranó los apellidos de los juveniles convocados. Dylan Gorosito, Milton Delgado y Tomás Aranda vieron sus nombres coreados con una calidez que promete un futuro de identificación plena. La parroquia xeneize también descargó su afecto sobre el charrúa Miguel Merentiel, cuyas manos recibieron una lluvia de aplausos. Hasta ese instante, el clima era de comunión casi absoluta.
Sin embargo, la armonía se resquebrajó cuando el altoparlante pronunció las dos sílabas que partieron al medio al público: «Villa». La mención de Sebastián Villa, enfundado en la camiseta número 22, desató una dicotomía que se sintió en cada rincón de la popular y los palcos. El ex Independiente Rivadavia, que dejó atrás un proceso judicial por violencia de género y que en mercados pasados había manifestado su disposición a vestir la camiseta de River Plate si el llamado provenía de Marcelo Gallardo, recibió un trato bifronte. Si bien un sector importante de los fanáticos lo vitoreó con efusión, desde las gradas más altas se colaron silbidos punzantes que pretendían recordar su pasado controversial. La elección del club, que implicó un desembolso cercano a los siete millones de dólares para repatriarlo, ya había sido justificada horas antes por Juan Román Riquelme, quien en la previa del debut copero declaró: «Cuando estuvo acá vivimos momentos extraños. Con él fuimos claros: si era sentenciado no jugaba más. Ya cumplió. El entrenador quería un delantero y reúne las condiciones».
Ya en el terreno de juego, la trama se volvió aún más compleja. Paredes, subcampeón del mundo, recibió una plaqueta conmemorativa de manos del Chelo Delgado antes del pitazo inicial, y cada vez que se aproximaba al banderín para ejecutar un tiro de esquina, la ovación era ensordecedora. Pero fue en el minuto cincuenta y siete cuando se produjo la escena que marcaría el espíritu de la velada. Villa, replegándose hasta la zona de Lautaro Blanco, disputó y ganó un lateral que destrabó una jugada ofensiva. La maniobra, más defensiva que ofensiva, fue celebrada con palmas por la afición. En ese preciso instante, Paredes elevó ambos brazos y golpeó palma contra palma en dirección a las tribunas, en un gesto que trascendió lo anecdótico. No fue un simple estímulo; fue una arenga explícita, un mensaje codificado que parecía decir: «Hoy Villa es uno de los nuestros, y en estos colores hay que respaldarlo hasta las últimas consecuencias». La tribuna entendió el guiño y redobló su apoyo.
El desarrollo del encuentro, por momentos discreto y trabado, no empañó la evidencia de que Villa posee un desnivel físico y técnico que lo distingue. Aunque le faltó fineza en la definición de los metros finales, su capacidad para desbordar y asociarse augura un puesto indiscutido en el esquema del Vasco Arruabarrena. El entrenador, consciente de su importancia, lo mantuvo en el terreno hasta el minuto noventa, momento en que cedió su lugar a Kevin Zenón. Para entonces, la atmósfera se había transformado: con el marcador asegurado y una labor aceptable del extremo colombiano, los silbidos iniciales fueron devorados por una catarata de aplausos que brotaban desde la popular baja —donde se desplegó una réplica de la bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas», en alusión al gesto de la selección nacional en Atlanta— hasta los palcos más privilegiados.
En la conferencia posterior, Arruabarrena analizó la actuación de su pupilo: «Para Sebastián es su retorno; el campo no ayudaba, pero aporta desequilibrio, velocidad y el uno contra uno. Con el tiempo se sincronizará mejor con sus compañeros». El técnico dejó entrever que el colombiano será una pieza angular en el engranaje de un equipo que aspira a la gloria internacional tras el fiasco de la Libertadores, pero que también deberá lidiar con las exigencias del Torneo Clausura y la Copa Argentina.
Ya con un camperón que lo resguardaba del frío, Villa fue interceptado por las cámaras mientras sostenía un teléfono celular. Al otro lado de la línea, ocultando sus labios para preservar la intimidad de la conversación, se encontraba Riquelme. El presidente, que presenció el partido desde su palco acompañado por los entrenadores de las divisiones formativas Mariano Herrón, Pablo Ledesma y Claudio Morel Rodríguez, pasó la velada entre mates y se retiró satisfecho, confiando en que la inversión rendirá sus frutos deportivos.
Las declaraciones de Villa post partido ante el micrófono de ESPN fueron medidas y buscaron la reconciliación: «Hice un gran trabajo y un gran esfuerzo. Pido disculpas a la hinchada si se sintió ofendida en algún momento, pero siempre quise estar aquí y lo demostraré dentro de la cancha». La alusión no apuntó a su escarceo con la justicia, sino a aquella frase que hoy pesa como una losa, cuando afirmó que no dudaría en emigrar a River si Gallardo lo requería. El éxito futbolístico, sin embargo, tiene el poder de diluir los errores pretéritos. Si Villa mantiene este nivel, marca goles y el equipo cosecha triunfos, aquella afirmación se desvanecerá en el olvido, sepultada por el ruido de los aplausos que, esta noche, terminaron imponiéndose en la Bombonera.
