En el duelo inaugural de los playoffs de la Copa Sudamericana, el equipo de la Ribera se impuso por la mínima diferencia en su fortín. Un tanto de Merentiel otorgó la victoria, aunque el desempeño colectivo despertó más dudas que certezas, mientras el regreso de un futbolista polémico encendió los ánimos en las gradas.
La noche en el Templo de La Ribera tuvo el aroma vibrante de las grandes citas continentales, aunque el desenlace dejó un regusto agridulce en los labios del pueblo boquense. Boca Juniors, bajo la tutela táctica de Rodolfo Arruabarrena, dio el primer paso en la eliminatoria frente a O’Higgins de Chile, pero lo hizo con la inquietante percepción de que la oportunidad de edificar una diferencia holgada se escapó entre los dedos. El 1 a 0 final, gestado en los instantes previos al descanso gracias a la aparición goleadora de Miguel Merentiel, representa una ventaja tan mínima como peligrosa de cara al compromiso de vuelta en suelo trasandino, donde la clasificación a los octavos de final se definirá por un puñado de detalles.
El inicio del espectáculo, sin embargo, no pintó para nada sencillo para los anfitriones. Lejos de arrugarse ante el peso histórico del rival, el conjunto chileno saltó al gramado con una osadía desconcertante, plantándose en campo contrario con una intensidad que desnudó las falencias locales en la gestación de juego. Apenas transcurridos los primeros compases, una oportunidad clamorosa estremeció a la platea: Francisco González, con el arco a su merced, definió con demasiada precipitación y elevó el esférico por encima del larguero, desperdiciando lo que pudo haber sido el golpe tempranero. La advertencia no fue un espejismo, ya que minutos más tarde, Luis Pavez conectó un cabezazo dentro del área que, tras una maraña de rebotes, besó el costado de la red, provocando un suspiro colectivo de alivio en el arco defendido por Álvaro Montero.
Durante aquel período de dominio visitante, el cuadro de La Ribera se mostró irreconocible. La circulación del balón era espesa, carente de la fluidez necesaria para desarticular el entramado defensivo rival, y la profundidad brillaba por su ausencia. La desesperación se apoderó del juego local cada vez que los trasandinos aceleraban la transición, generando un peligro inminente. Fue entonces, a los veintiún minutos, cuando Martín Sarrafiore puso a prueba los reflejos del guardameta colombiano con un disparo potente que exigió una estirada felina y monumental, una intervención que mantuvo con vida a los suyos y evitó un golpe anímico irreparable.
La pausa por hidratación, ese breve respiro en el trámite, se erigió como un punto de inflexión inesperado. Boca emergió del receso con otra actitud, como si un interruptor hubiera sido activado en el vestuario. Leandro Paredes, el timonel del mediocampo, comenzó a exigir la pelota y a dictar los tiempos del partido, otorgándole una pausa y una claridad que antes eran inexistentes. El equipo se adueñó de la posesión, encontró espacios donde antes solo había murallas y, finalmente, plasmó esa mejoría en el marcador. Sobre el final de la etapa inicial, un pase milimétrico del propio Paredes horadó la última línea defensiva chilena; Merentiel, con la sangre fría del artillero experimentado, controló el esférico con un toque exquisito y, ante la salida desesperada del portero Omar Carabalí, definió con sutileza para establecer el solitario tanto que mandó a los suyos al descanso con una tranquilidad que, por momentos, parecía inalcanzable.
Sin embargo, la segunda mitad relató una historia de ambición contenida y dominio estéril. El «Xeneize» mantuvo el control del cuero y la brújula del encuentro, pero ese señorío no se tradujo en una catarata de ocasiones nítidas. O’Higgins, sabiendo de su inferioridad en el juego asociado, replegó sus líneas y esperó paciente, agazapado como un felino al acecho, confiando en la posibilidad de un contragolpe letal que nunca terminó de llegar. La frustración se apoderó de los atacantes locales, quienes evidenciaron una alarmante falta de mordiente para sentenciar la contienda. La más palpable de las aproximaciones llegó por medio de Santiago Ascacíbar, cuyo potente cabezazo se estrelló contra un defensor que, en una maniobra desesperada, despejó el balón sobre la raya de cal, evitando lo que hubiese sido un colchón de tranquilidad. Merentiel, por su parte, estuvo a centímetros de conectar un centro raso de Lautaro Blanco, pero la punta de su bota no alcanzó a besar el cuero en lo que hubiese sido el segundo de la noche.
A medida que el cronómetro avanzaba, el equipo de Arruabarrena optó por la prudencia, administrando la exigua ventaja sin asumir riesgos estériles que pudieran comprometer el resultado. El pitazo final encontró a una afición dividida entre el alivio por el triunfo y la inquietud por la parquedad del marcador, una cifra que deja la serie abierta y coloca al equipo en la cuerda floja de cara al desafío en el Estadio El Teniente de Rancagua.
Por si el aspecto deportivo fuera poco, la velada tuvo un capítulo extra en las gradas que trascendió lo meramente futbolístico. La previa del encuentro fue escenario de una ovación inversa. Cuando la voz del locutor oficial pronunció el nombre de Sebastián Villa, el delantero colombiano que retornaba a la convocatoria, un estruendoso y unánime silbido llenó la Bombonera. La reacción visceral del público, cargada de un descontento profundo, puso de manifiesto la fractura existente entre el jugador y gran parte del universo xeneize, un rechazo que no es caprichoso sino que se ancla en su condena por violencia de género, el extenso y desgastante conflicto judicial que mantuvo con la institución y los persistentes rumores que lo vincularon con el acérrimo rival, River Plate, durante el último mercado de pases. La imagen del futbolista recibiendo la hostilidad de su propia gente se convirtió en un símbolo de una noche donde lo extradeportivo también pesó en el ambiente.
Con este bagaje, el conjunto de la Ribera se subirá al avión con la certeza de que la clasificación depende exclusivamente de sus propias fuerzas. El desafío en la cordillera será mayúsculo; la ventaja es un colchón delgado, pero la historia y el orgullo albiceleste pesan. El sueño de avanzar en la Copa Sudamericana sigue vivo, aunque el camino se presenta lleno de interrogantes y con la urgencia de encontrar un fútbol que, por momentos, se esfumó en la noche porteña.
