La inactividad operativa de la terminal norteña por obras de infraestructura provocó una merma del 9,9% en el total de vuelos de cabotaje provincial entre enero y mayo, según el informe del Observatorio Turístico de InFueTur. Mientras Ushuaia consolidó su crecimiento con un alza del 2,2% en sus operaciones, la ciudad industrial sufrió un derrumbe del 78% en su actividad aerocomercial, con apenas 67 operaciones registradas en el acumulado.
La aviación comercial doméstica en la provincia de Tierra del Fuego atravesó un primer cuatrimestre de contrastes profundos, teñido por la paralización prolongada de una de sus principales puertas de entrada. El balance oficial de los primeros cinco meses del año en curso arrojó cifras que encienden alertas sobre la vulnerabilidad de la infraestructura logística regional, aunque también dejan entrever una incipiente recuperación con la reactivación paulatina de la terminal aérea más afectada.
De acuerdo con los registros del Informe de Coyuntura Turística elaborado por el Instituto Fueguino de Turismo (InFueTur), entre enero y mayo de 2026 se contabilizaron en el conjunto del territorio provincial un total de 1.867 vuelos de cabotaje. Esta cifra, en apariencia voluminosa, esconde sin embargo un retroceso interanual significativo del 9,9% en comparación con idéntico lapso del ejercicio precedente, una merma que los especialistas atribuyen casi en su totalidad a la clausura temporal del aeródromo de Río Grande.
El factor determinante de este comportamiento decreciente halla su explicación en las obras de modernización que mantuvieron inactivas las instalaciones de la ciudad norteña desde los primeros días de enero hasta mediados del mes de abril. Durante más de tres meses, la pista y las terminales de pasajeros permanecieron vedadas para cualquier operación, lo cual generó un efecto dominó en las estadísticas globales de conectividad aérea de la región. La reanudación de los servicios recién se produjo en la segunda quincena del cuarto mes del año, un paréntesis que resultó letal para el acumulado semestral.
El impacto de esta interrupción forzosa se refleja con crudeza en la comparación entre las dos ciudades principales de la provincia. Mientras que el aeropuerto internacional Malvinas Argentinas de Ushuaia, capital del territorio, demostró una solidez envidiable al incrementar sus vuelos de cabotaje en un 2,2%, la terminal de Río Grande sufrió una contracción de proporciones alarmantes que alcanzó el 78% durante los cinco primeros meses del año. Esta disparidad revela no solo una dependencia excesiva de la infraestructura norteña para el equilibrio estadístico provincial, sino también la capacidad de resistencia del polo turístico austral frente a las adversidades.
En términos cuantitativos, el dominio de la capital es indiscutible: de las 1.867 operaciones totales contabilizadas en el período, la ciudad de Ushuaia concentró la abrumadora mayoría con 1.800 vuelos, mientras que Río Grande apenas logró sumar 67 operaciones aisladas, una cifra que refleja la virtual desaparición de la conectividad regular durante el primer cuatrimestre. Esta asimetría comenzó a diluirse gradualmente en el mes de mayo, cuando la reapertura operativa del aeropuerto norteño permitió que los números mostraran signos vitales. En ese último mes del período analizado, se registraron 196 vuelos en todo el territorio, de los cuales 38 correspondieron a la ciudad industrial, lo que sugiere un lento pero firme retorno a la normalidad.
El comportamiento divergente entre ambas terminales se trasladó de manera inexorable al flujo de pasajeros, otro indicador sensible que ratifica la tendencia observada en las operaciones aéreas. A lo largo de los cinco meses, fueron transportadas 265.369 personas en el conjunto de la provincia, lo que representa una disminución general del 1,6% en relación con el mismo tramo de 2025. Sin embargo, al desagregar por terminales, el panorama se vuelve nuevamente polarizado: el aeropuerto de Ushuaia movilizó a 257.736 viajeros, experimentando un incremento del 8,3% que consolida su rol como eje neurálgico del turismo y los negocios en el extremo sur del continente. Por el contrario, Río Grande apenas gestionó el tránsito de 7.633 pasajeros, una cifra que evidencia un colapso del 75,7% interanual, equivalente a la práctica desaparición del flujo habitual de viajeros durante el primer tercio del año.
Un capítulo aparte merece el movimiento internacional de pasajeros, un segmento que el informe oficial aborda con datos correspondientes al período enero-abril, dado el desfase natural en la consolidación de estadísticas transfronterizas. Durante esos cuatro meses, el relevamiento arrojó un total de 1.307 personas que eligieron el territorio fueguino como destino final desde puntos del extranjero, un número que si bien resulta marginal en comparación con el tráfico doméstico, adquiere relevancia en el contexto de la reactivación del turismo receptivo posterior a la pandemia y las nuevas regulaciones migratorias.
Los especialistas del sector coinciden en señalar que la recuperación de la conectividad aérea en Tierra del Fuego dependerá en gran medida de la sostenibilidad de las operaciones en Río Grande una vez finalizadas las obras, así como de la capacidad de las aerolíneas para restaurar frecuencias que fueron suspendidas durante el período de inactividad. El desafío para los próximos meses será lograr que la terminal norteña recupere el terreno perdido y que la provincia en su conjunto pueda revertir el saldo adverso del primer semestre, equilibrando el dinamismo de Ushuaia con la necesaria revitalización del norte fueguino.
Mientras tanto, el sector turístico y empresarial observa con cautela la evolución de los indicadores de mayo, que ofrecen un primer atisbo de esperanza tras el letargo invernal de la infraestructura aeroportuaria. La pregunta que sobrevuela en los corredores del InFueTur y entre los operadores logísticos es si el repunte registrado en el último mes del período será suficiente para compensar la hemorragia de vuelos y pasajeros sufrida en los meses previos, o si el 2026 quedará marcado como un año de transición y aprendizaje en la planificación de obras críticas sin alternativas operativas durante su ejecución.
