En un discurso vibrante en Pernambuco, el expresidente prometió prohibir las apuestas deportivas en línea y advirtió que Brasil no aceptará injerencias extranjeras ni retrocesos autoritarios
A una semana de los comicios del 4 de octubre, la contienda electoral brasileña se ha convertido en una pulseada que trasciende la mera competencia entre dos candidatos. Luiz Inácio Lula da Silva, abanderado del campo democrático-popular, eligió su Pernambuco natal para lanzar uno de los discursos más encendidos de la campaña, en el que no solo fustigó a su rival, Flávio Bolsonaro, sino que anunció una medida de alto impacto: la prohibición total de las apuestas deportivas en línea. Ante una multitud que lo ovacionó bajo el sol abrasador de Recife, el líder petista de 80 años juró que mientras sus piernas caminen, su cabeza piense y su boca siga hablando, no permitirá que los bandidos bolsonaristas vuelvan a gobernar el país ni que el nordeste sea tratado como una región de cuarta categoría. La promesa de ganar en primera vuelta, sin necesidad de balotaje, fue recibida con un mar de banderas rojas y un estruendo popular que selló el tono de una jornada definitoria.
El pronunciamiento de Lula no se limitó a los ataques a la extrema derecha. En un giro que busca captar la atención de un electorado golpeado por la crisis económica y social, el mandatario anunció la publicación de un decreto que prohíbe la explotación y publicidad de todas las apuestas deportivas en línea, así como un proyecto de ley que contempla penas de hasta seis años de prisión para quienes operen con esa modalidad. La adicción al juego, describió, ha sido estimulada por aplicaciones y sitios web que financian a clubes como Flamengo, Corinthians y Palmeiras, pagan sumas millonarias en publicidad a los medios y presionan a decenas de legisladores, en su mayoría bolsonaristas. No es correcto que el pueblo se endeude y se suicide, sentenció Lula, quien advirtió que o acabamos con las apuestas o las apuestas acabarán con Brasil. La medida, según el entorno presidencial, cuenta con un respaldo del 75 por ciento de los consultados, cifra que asciende al 79 por ciento entre las mujeres, un segmento clave para el petista.
La reacción de Flávio Bolsonaro no se hizo esperar. El aspirante del Partido Liberal calificó la iniciativa como hipócrita, populista y electoralista, y atribuyó el decreto a la desesperación de su adversario. Sin embargo, evitó mencionar que su padre, Jair Bolsonaro, no reglamentó las apuestas durante su gobierno, finalizado en diciembre de 2022. En declaraciones a la prensa, el hijo del expresidente aseguró estar totalmente en contra de todo tipo de juego de azar, pero admitió que respalda a las empresas de apuestas y que no tiene en mente prohibirlas si es electo. La contradicción, señalada por analistas, se suma a otra mentira flagrante: negó haber propuesto retirarle a la Virgen de Aparecida su condición de patrona nacional, pese a que un video grabado un mes atrás lo muestra prometiendo que, al asumir en 2027, decretará que Brasil es del Señor Jesucristo. Esa declaración, celebrada por el pastor Silas Malafaia, revela la influencia de la Teología de la Dominación, una corriente supremacista que ataca símbolos católicos y que, según el pastor Zé Barboza, anticipa un gobierno de intolerancia religiosa.
El impacto de estas revelaciones sacudió al campo católico, que reaccionó con preocupación ante las expresiones contrarias a la patrona. Miembros de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil y el vicepresidente Geraldo Alckmin, católico practicante y compañero de fórmula de Lula, expresaron su repudio. Durante el acto del sábado en un populoso barrio paulistano, se difundió una popular canción de Roberto Carlos dedicada a Nossa Senhora, mientras que en redes sociales circuló un video de religiosos brasileños entonando Bella Ciao, el himno de los partisanos antifascistas. La dimensión de la repulsa no fue ajena a la batalla electoral y se incorporó al discurso de Lula, quien convirtió el estrado de la ONU en un altavoz para denunciar la injerencia de Donald Trump a través de la candidatura del hijo de Jair Bolsonaro. Brasil no cabe en el patio trasero de nadie, arengó, en una adaptación local de su mensaje neoyorquino.
Los sondeos más recientes, como el de Datafolha, ubican a Lula con el 40 por ciento de las intenciones de voto frente al 36 por ciento de Flávio Bolsonaro en el primer turno, y con una leve ventaja de 47 a 45 en un eventual balotaje, dentro del margen de error. Aunque ninguna encuesta permite cantar victoria, los números refuerzan la hipótesis de un segundo turno con un ligero favoritismo del presidente, a pesar del bombardeo informativo destinado a confundir a la opinión pública. El pelotón de candidatos menores, como el outsider Augusto Cury, se está deshidratando, lo que concentra casi el 90 por ciento de las intenciones de voto en los dos principales rivales. Mientras tanto, la cadena Globo y CNN Brasil, convertida en vocera del trump-bolsonarismo, optaron por alarmar sobre las consecuencias económicas de sacar de la cancha a las gigantes del juego en línea, un negocio que mueve miles de millones de reales y que cuenta con la promoción de cracks como Neymar, Vinicius Júnior, Ronaldo y Roberto Carlos.
La decisión de Lula de enfrentar a las bets, los medios, los clubes, los congresistas y las mafias que manipulan resultados no deja margen de conciliación. Este Lula, a punto de finalizar su tercera presidencia, se parece poco al Lulinha paz y amor de 2003. Su embestida contra los ricos beneficiados con la adicción de los pobres tiene un correlato electoral evidente: le permitió tomar el control de la agenda faltando una semana para la votación, dejando a su rival sin iniciativa. En un país de 158 millones de votantes, a veces indescifrable, el desenlace sigue abierto, pero la contienda ha dejado de ser una simple elección entre dos candidatos para convertirse en una puja entre democracia o barbarie, tal como lo proclamó Lula ante una multitud que, en Pernambuco, pareció dispuesta a seguirlo hasta la raíz.
