Mientras el padrón de la obra social sumó 250 mil afiliados, la comercialización de fármacos con cobertura cayó 18,45%. Los precios de las especialidades medicinales treparon por encima de la inflación general y licuaron el poder de compra de los haberes previsionales.
En apenas un bienio, la cantidad de medicamentos despachados bajo el paraguas de cobertura del PAMI experimentó un retroceso del 18,45 por ciento, aun cuando la entidad incorporó a 250 mil nuevos beneficiarios en ese mismo tramo. La magnitud de esa dualidad —más afiliados, menos remedios— revela una fractura que se ensancha entre la marcha de los valores en el mercado farmacéutico, la trayectoria del costo de vida y la capacidad de gasto de los ingresos jubilatorios.
El origen de esta merma en las unidades expendidas se localiza, fundamentalmente, en la conducta que adoptaron las actualizaciones de precios dentro del convenio. Dicho de otro modo, la trayectoria de los importes de las especialidades medicinales amparadas por el sistema de la obra social para los adultos mayores exhibió alzas que superaron el índice general de inflación.
Ese encarecimiento, por encima del nivel promedio de la economía, terminó erigiéndose en un escollo insalvable para el bolsillo de los adultos mayores. El resultado fue una restricción del volumen global de envases adquiridos y, en no pocos casos, la obligación de elegir qué fármaco comprar y cuál resignar, postergando tratamientos o interrumpiendo terapias indicadas por los profesionales de la salud.
La combinación de precios desbocados y haberes que pierden terreno frente a la inflación configura un cuadro de creciente vulnerabilidad para la población de mayor edad, que destina buena parte de sus ingresos fijos a sostener la compra de remedios esenciales. Mientras el universo de afiliados se expande, el acceso efectivo a los tratamientos se contrae, y esa paradoja se convierte en el termómetro más crudo del impacto que la escalada de valores produce sobre quienes menos margen tienen para absorberla.
