La banda mediático-judicial avanza con un saqueo escandaloso contra Cristina Kirchner, mientras Magnetto y sus socios festejan con negocios millonarios y complicidades políticas.
El Grupo Clarín, en el marco de su implacable campaña de hostigamiento, promueve ahora el reclamo multimillonario que un aparato judicial manipulado exige a Cristina Fernández de Kirchner. No se trata solo de difamación o persecución política, sino de un verdadero robo institucionalizado, donde los mismos que controlan los medios y las sentencias se enriquecen sin pudor.
La estrategia es clara: mientras el poder judicial, moldeado a conveniencia, ordena pagos exorbitantes a la expresidenta, los mismos actores detrás de esta farsa se benefician con negocios paralelos. El 24 de agosto, los jueces Roa, Vacca y Vinker —figuras recurrentes en la cacería legal contra CFK— obtendrán ganancias millonarias gracias a una media maratón de la que se han adueñado. Este evento, bautizado con ironía como «Ñandú», es apenas un anticipo de lo que viene: una carrera de 42 kilómetros que promete sumas aún más abultadas.
La impunidad con la que operan es tal que ni siquiera disimulan sus conflictos de interés. La empresa organizadora pertenece al mismo entramado, y los ingresos se multiplican con merchandising, sponsors y hasta la venta de choripanes. «No les puedo dar Telecom, ¿me entienden?», bromea Magnetto en privado, mientras reparte migajas a sus allegados. Pero la realidad es que el negocio es redondo, especialmente cuando cuentan con la complicidad de figuras como Jorge Macri, quien, ya sea por conveniencia o sumisión, no se atreve a negarles nada.
Este «Robo al Revés», como bien podría denominarse, no es más que la consolidación de una estructura mafiosa donde los jueces designados a medida firman fallos que parecen escritos en las redacciones de Clarín. Mientras Cristina enfrenta un acoso judicial sin precedentes —con procesos armados, prisión preventiva y embargos desproporcionados—, los verdaderos delincuentes visten toga y firman sentencias en oficinas lujosas.
La pregunta que surge es inevitable: ¿hasta cuándo? ¿Qué más necesitan demostrar? Ya intentaron asesinarla, la encarcelaron, le arrebataron su patrimonio y satanizaron a todo un movimiento político. Sin embargo, la saña no cesa. ¿Es acaso el miedo a que la sociedad despierte y vea detrás de la cortina? ¿O simplemente la arrogancia de quienes creen que el poder les pertenece por derecho divino?
Un senador kirchnerista lo resumió con crudeza: «Nadie se atreve a denunciarlos, por temor a que arrojen su honor a los chanchos». Pero el silencio cómplice no los hará invencibles. La historia demuestra que, tarde o temprano, las maquinarias más perfectas terminan oxidándose. La pregunta es cuánto daño más deberá soportar el país antes de que eso ocurra.
Mientras tanto, la orden parece clara: distraer, dividir y saquear. Y en el centro de la escena, una mujer con una tobillera y un revólver imaginario apuntándole a la sien, mientras sus verdugos brindan con champagne. Todo, como siempre, al revés.
