El ministro de Desregulación defendió en un streaming la eliminación de controles sanitarios mientras el país enfrenta muertes por medicamentos contaminados y quesos en mal estado. Su historial de falsedades y su alianza con Milei exponen un proyecto que prioriza el dogma sobre la vida de las personas.
El discurso de Federico Sturzenegger en un streaming oficialista encendió las alarmas. Sus palabras, celebrando un país sin organismos de control sanitario, resonaron como una confesión involuntaria en medio de la crisis desatada por el fentanilo contaminado y los quesos podridos, que ya dejaron decenas de víctimas fatales y hospitalizaciones. La retórica libertaria, que presenta la regulación estatal como un obstáculo para el mercado, choca con una realidad sangrante: sin fiscalización, la salud pública se convierte en un juego de ruleta rusa.
El ministro no improvisa. Su estrategia de ocultar agendas bajo frases evasivas quedó al descubierto años atrás, cuando en una conferencia en Estados Unidos admitió sin ruborizarse cómo engañó a los votantes durante su campaña con el macrismo. «Si te preguntan sobre inflación, hablá de tu familia», aconsejó, riéndose de su propio cinismo. Hoy, ese mismo método se aplica para desviar la atención de los recortes en la ANMAT, el organismo que bajo su gestión redujo a la mitad las inspecciones y trámites clave.
La ecuación es simple: menos controles, más riesgos. Sturzenegger intentó culpar a administraciones pasadas, pero los lotes de medicamentos defectuosos se distribuyeron en 2024 y 2025, bajo este gobierno. Su argumento —que sin ANMAT los ciudadanos «consultarían a sus médicos»— raya en lo absurdo: ningún profesional puede suplir la falta de análisis de laboratorio o la verificación de procesos industriales. La consecuencia ya está a la vista: Chile y México rechazaron carne argentina por fallas en el SENASA, y las exportaciones cayeron un 18%.
Milei, en lugar de asumir responsabilidades, politizó el dolor. Durante el lanzamiento de la campaña bonaerense, el Presidente acusó al kirchnerismo por el fentanilo, pese a que el juez federal Ernesto Kreplak —a quien vinculó erróneamente con el oficialismo provincial— le pidió que no instrumentalice la tragedia. La maniobra distractiva incluyó otro blanco habitual: los derechos humanos. La coalición libertaria intenta apropiarse del Nunca Más, aunque varios de sus candidatos, como José Luis Espert, mantienen vínculos con figuras cuestionadas, incluido un empresario acusado de narcotráfico por Estados Unidos.
El caso Espert es emblemático. Aupado por Milei pese a su historial de fracasos electorales y su asociación con Fredy Machado —implicado en una red de narcóticos—, el candidato porteño ejemplifica la doble moral del gobierno. Mientras pregonan una «purificación» política, reciclan aliados con pasados oscuros. Los 2.5 millones de dólares que Machado inyectó en su campaña en 2019 desaparecieron sin explicación, un detalle que hoy el oficialismo prefiere olvidar.
El relato libertario se construye sobre cadáveres. Las muertes por desregulación, las rutas destruidas por el abandono de Vialidad, y la carne rechazada en el exterior son síntomas de un mismo mal: la obsesión por desmantelar el Estado. Mientras Sturzenegger fantasea con un país sin controles, la ciudadanía paga las consecuencias. Y el gobierno, en vez de rectificar, elige mentir. Como siempre.
