La condena a Cristina Fernández de Kirchner transformó su domicilio en un símbolo de lucha y en un espacio de encuentro entre la dirigencia y la militancia, donde se gesta una coreografía única de apoyo y se denuncia una «democracia capturada».
La escena se repite con la familiaridad de un ritual. Mientras una mujer apura el paso para no perderse el momento en el balcón, la dueña de un puesto de choripanes la interpela con complicidad: “¿Algo para comer, reina? Que Cristina está hermosa”. Este intercambio cotidiano encierra la esencia de lo que hoy representa el edificio de San José 1111: un faro de fervor político y un refugio a cielo abierto.
Se cumple un siglo de días desde que la Corte Suprema de Justicia ratificara la sentencia que impuso seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. En paralelo, se inauguró en esta dirección una coreografía novedosa, un diálogo mudo y elocuente entre el balcón del primer piso y la vereda, que ha reconfigurado la geografía simbólica del peronismo. Este departamento, que funciona como centro de operaciones de Fuerza Patria, se ha erigido en un punto de convergencia para la militancia orgánica y para una ciudadanía que, desde fuera de las estructuras tradicionales, se acerca a brindar su apoyo.
Entre la multitud, la mirada de Eluney, una adolescente de 13 años, permanece hipnotizada. Desde su silla de ruedas, en un lugar privilegiado en la esquina, fotografía incansablemente el balcón. A su lado, su padre, Guillermo, observa con nerviosismo la aglomeración, pero se sorprende: la gente, al ver la silla, constantemente abre paso. “Las personas con discapacidad sufrimos mucho la falta de respeto, el manoseo, la injusticia. Pero acá, cada vez que la veían, se hacía un espacio para no molestarla”, relata. Para Eluney, es su primera visita: “La vengo a bancar y vengo porque la quiero”, afirma con una sonrisa que no se borra.
Ese lenguaje entre el balcón y la calle se ha perfeccionado como un código compartido. Cristina Fernández teje una comunicación silenciosa: forma un corazón con las manos, aplaude, agita los brazos, hace la señal de la “V” y lanza besos al aire. En una escena reveladora, una flor, que intentaba ser alcanzada mediante una caña improvisada, finalmente llega a sus manos. CFK se la coloca en la oreja y posa para las fotografías, en un acto que sintetiza la conexión buscada.
La convocatoria trasciende el acto partidario. “San José se ha convertido en un lugar de la militancia, pero no solamente de la política partidaria, sino en un sentido más amplio”, reflexiona Teresa García, candidata a diputada nacional. Para Lucía Cámpora, también candidata, la esquina “es el lugar político en el que se encuentra la presidenta del principal partido de oposición”, un espacio para “señalar la injusticia y compartir las victorias”, como el reciente rechazo legislativo a los vetos presidenciales.
La ministra bonaerense Estela Díaz lo define sin ambages: “Estos 100 días son 100 días de resistencia”. Y añade: “Es una lucha que hay que seguir sosteniendo hasta que se devuelva esta democracia capturada, que es con Cristina libre”.
La tarde de este centenario día concluyó con la aparición en el balcón de Jorge Taiana, candidato principal de Fuerza Patria para los comicios de octubre, sellando simbólicamente la fusión entre el apoyo a la líder y la pulseada electoral por venir. Mientras, Guillermo y Eluney emprenden el largo regreso a Lanús. La adolescente, con la emoción intacta, le dice a su padre: «Vamos a volver». Una promesa que, en este nuevo santuario laico, parece extenderse más allá de una simple visita.
