La estrategia del miedo y la profunda división opositora le permiten al oficialismo capitalizar las legislativas, aunque el triunfo llega acompañado de una abrumadora deuda externa y la presión de sus aliados internacionales.
El resultado de las elecciones legislativas parece confirmar un viejo axioma: las crisis más profundas no siempre culminan en un derrumbe inmediato. Esta máxima podría aplicarse al complejo entramado social, ofreciendo una explicación preliminar a un comité que dejó al oficialismo fortalecido. La administración actual encontró en el temor su principal herramienta, diseminando de manera uniforme –acaso la única distribución efectiva que ha logrado– la inminencia de una debacle económica si no se concretaban los rescates financieros negociados con Donald Trump. Este clima de aprensión resultó clave para el resurgimiento en las urnas.
Frente a esta ofensiva, el peronismo logró conservar su base electoral más fiel, pero las rencillas internas que se perpetúan dejaron al movimiento sin un discurso unificador capaz de atraer al votante menos comprometido. El escenario derivó en una polarización extrema: La Libertad Avanza se alzó con el 40,84 por ciento del apoyo a nivel nacional, una cifra que, si bien representa una merma de quince puntos respecto a su performance anterior, superó holgadamente al peronismo, que sumó un 34,8 por ciento. Esta pulseña bipartidista aniquiló al experimento de Provincias Unidas, que naufragó con un magro 5,12 por ciento de los sufragios.
Si bien este desenlace le brindará al Presidente un respiro temporal, también lo despoja de la red de seguridad que significaba heredar la gestión anterior. A partir de este momento, cada acción, cada medida y cada error serán de su exclusiva responsabilidad.
La victoria electoral, sin embargo, tiene un precio astronómico. Para financiar su campaña y asegurar el triunfo, el gobierno de Milei registró un incremento neto en la deuda externa por 40.000 millones de dólares, fondos comprometidos desde la Casa Blanca. Superado el primer obstáculo en las urnas, el desafío inmediato es garantizar la gobernabilidad y, fundamentalmente, cumplir con la entrega del país a los capitales norteamericanos que hoy recorren Argentina con asiduidad. La nación entera se ha convertido en la garantía de esos miles de millones, una exigencia directa de Trump y los fondos de inversión.
El oficialismo vivió meses de vaivenes en su imagen pública, pero el pavor al colapso sirvió para opacar los efectos de diversos escándalos, desde coimas hasta vínculos con el narcotráfico. Este recurso fue suficiente para que el mapa político se tiñera de su color en dieciséis provincias. No obstante, una mirada comparativa con el pasado revela fisuras: el actual mandatario recibió dos millones de votos menos que su predecesor Mauricio Macri en comicios similares de 2017.
En su discurso triunfal, el Presidente no solo se enorgulleció de su victoria, sino que prometió radicalizar las reformas que, a su juicio, devolverán al país una grandeza perdida, incluyendo cambios laborales, previsionales y educativos. Consciente de la necesidad de ampliar su base, extendió un llamado a los gobernadores «procapitalistas» para consensuar los proyectos. En paralelo, se avizora un reacomodamiento en su gabinete, donde varias renuncias presentadas en días pesimistas están siendo reconsideradas tras el favorable resultado.
Desde la oposición, el tono fue de autocrítica y advertencia. Axel Kicillof, gobernador de la crucial provincia de Buenos Aires, actuó como portavoz y cargó contra la estrategia oficialista, afirmando que el Presidente «viajó a Estados Unidos a pedir auxilio a Trump y los fondos de inversión, que no son sociedades de beneficencia, vienen a llevarse lucro y poner en riesgo nuestros recursos». Internamente, sectores del kirchnerismo cuestionaron la decisión de desdoblar las elecciones, argumentando que esta medida funcionó como una primera vuelta que consolidó el voto antiperonista.
El proyecto Provincias Unidas, la alianza de gobernadores que pretendía ocupar una supuesta avenida del medio, quedó devastado por la polarización. La mayoría de sus referentes, incluyendo a figuras que aspiraban a la presidencia, cayeron derrotados ante la arremetida oficialista, demostrando que, entre la copia y el original, los votantes no dudaron. El mapa político argentino, hoy más que nunca, se define en dos colores.
