“San Martín, el extranjero en su patria: la doble muerte del prócer que Buenos Aires borró de la historia”

“San Martín, el extranjero en su patria: la doble muerte del prócer que Buenos Aires borró de la historia”

El historiador Martín Leguizamón desentraña las aristas ocultas del Padre de la Patria, desde su expulsión política hasta la censura de sus Granaderos, y traza un puente incómodo con el presente: “El espíritu sanmartiniano no está en la clase política, sino en el pueblo”.

En una disertación que desafió las versiones oficiales y los relatos escolares, el especialista en historia argentina Martín Leguizamón ofreció una perspectiva tan provocadora como documentada acerca de la figura de José de San Martín. Al ser consultado sobre la vigencia del prócer y su eventual correlato en la escena contemporánea, el investigador no dudó en enmarcar su respuesta en una amalgama de rock, política y memoria histórica, citando una célebre estrofa de Charly García: “Si ellos son la patria, yo soy extranjero”. Y sentenció, sin titubeos, que el Libertador encarna esa misma condición de desarraigo y disidencia.

Leguizamón planteó, como eje de su exposición, una tesis contundente: San Martín no falleció una sola vez, sino que experimentó dos muertes simbólicas. La primera, acaecida en 1826, cuando el entramado político de la época—encabezado por figuras como Bernardino Rivadavia, Martín Rodríguez y Carlos María de Alvear—orquestó su destierro. Lejos de ser un retiro voluntario, el General se vio forzado a abandonar el país bajo amenazas concretas, pues, según relató el historiador, Alvear ya había intentado atentar contra su vida con anterioridad. Aquella partida, realizada en la clandestinidad y bajo el manto de la noche, tuvo como trasfondo acusaciones que lo tildaban de aspirante a emperador y de acumular “tres desobediencias” imperdonables ante los ojos del establishment porteño.

Pero el relato del especialista fue más allá, y desnudó lo que denominó “la historia que Mitre se encargó de ocultar”. En su análisis, la construcción del relato nacional hacia 1880, con la consolidación del Estado Nacional, estuvo signada por “amnesias buscadas”, un olvido deliberado que pretendía enterrar las contradicciones fundacionales. Allí, Leguizamón introdujo un elemento de vigencia perturbadora: la tensión entre el puerto y el interior, entre la civilización y la barbarie, categorías acuñadas por Sarmiento que, en palabras del disertante, siguen dividiendo el alma argentina. Mientras Buenos Aires anhelaba un proteccionismo británico o francés, San Martín—junto a Belgrano y Fray Justo Santa María de Oro—alzaba su voz en Tucumán para proclamar una independencia absoluta, no solo de la corona española, sino de toda potencia europea que pretendiera ejercer dominio.

El historiador puso énfasis en la segunda muerte del Libertador, acaecida en agosto de 1826, cuando Rivadavia ordenó no solo censurar su nombre, sino también clausurar y humillar al regimiento de Granaderos a Caballo. Aquellos soldados, que habían jurado liberar América del yugo godo, fueron despojados de sus caballos, espadas y uniformes en la misma Plaza San Martín, y sus pertenencias fueron reducidas a cenizas. Durante más de cinco décadas, esa fuerza permaneció en el ostracismo, hasta que en 1880, al repatriarse los restos del General, la población preguntó con desconcierto quiénes eran esos jinetes que reaparecían. La respuesta era tan elocuente como dolorosa: habían sido borrados del mapa institucional y del imaginario colectivo durante cincuenta y cuatro años.

Uno de los pasajes más lúcidos de la charla fue cuando Leguizamón estableció un paralelismo entre el pasado y el presente, afirmando que San Martín y Belgrano “viven en el 2026”, anticipando con claridad las disputas de poder, el centralismo porteño y la eterna puja por el federalismo. En este sentido, subrayó que Buenos Aires rechazó la primera Constitución, mientras las provincias pujaban por un esquema federativo, una dinámica que el Libertador ya vislumbraba como un obstáculo insalvable para la unidad latinoamericana. La obsesión porteña por las “tres estrellas” que hoy resuenan en el ámbito futbolístico, ironizó, no es más que un reflejo distorsionado de las tres insignias que San Martín lucía en su uniforme, y que la metrópoli siempre se empeñó en desconocer.

Frente a la pregunta inevitable sobre qué referente actual encarnaría el legado sanmartiniano, Leguizamón fue tajante y desalentador: “A nivel clase política, no encuentro a nadie”. Con esta declaración, el historiador no solo vació de contenido heroico a la dirigencia contemporánea, sino que trasladó la esencia del prócer al pueblo llano, a esos ciudadanos anónimos que, como los Granaderos censurados, mantienen viva la llama de la emancipación y la dignidad. “El espíritu de San Martín y de Moreno somos nosotros”, sentenció, en un cierre que resonó como un llamado a la memoria activa y a la resistencia frente a los relatos hegemónicos.

La disertación de Leguizamón, salpicada de referencias a la cultura popular y a la historia profunda, dejó una estela de preguntas incómodas sobre la identidad nacional, el rol de Buenos Aires como centro de poder y la manipulación de los símbolos patrios. Al desmitificar la imagen del Libertador y mostrarlo como un perseguido político, un visionario incomprendido y un extranjero en su propia tierra, el especialista invitó a repensar el pasado no como un relicario estático, sino como un campo de batalla donde se juega el futuro de la Nación. La advertencia final, velada pero firme, apuntó a que la historia oficial sigue construyéndose con omisiones y que, si no se indaga en sus pliegues más oscuros, corremos el riesgo de condenar a San Martín a una tercera muerte: la del olvido definitivo.

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