Milei y su equipo apuestan a la confrontación mientras crecen las señales de alerta en la economía

Milei y su equipo apuestan a la confrontación mientras crecen las señales de alerta en la economía

El presidente enfrenta un escenario adverso con indicadores que reflejan pobreza, caída de la actividad y una confianza en descenso, pero opta por relativizar las estadísticas oficiales y redirigir el debate hacia una polarización con Kicillof. La estrategia, sin embargo, choca con un modelo que no cede y una sociedad que empieza a mostrar síntomas de agotamiento.

En un contexto que combina cifras desfavorables y una creciente inquietud social, el presidente Javier Milei transita un presente complicado, marcado por desafíos que parecen no tener cabida dentro de los límites estrictos de un esquema económico que se niega a modificar sus pilares. Si en los días previos los datos sobre pobreza —que alcanzó al 32,3% de la población— y la contracción de la actividad —con una merma del 2,9%— acapararon la atención, en la última semana el protagonismo se trasladó a un nuevo salto del riesgo país, que trepó un 18% en apenas un mes, y a la divulgación del Índice de Confianza en el Gobierno que elabora la Universidad Torcuato Di Tella, el cual reveló un desplome del 21% en la confianza depositada en la administración desde diciembre.

Frente a un panorama que para amplios sectores resulta incontestable, no solo por lo que muestran los números sino por lo que se experimenta en la vida diaria, el mandatario parece haber optado por una suerte de negación estadística. Así lo dejó entrever durante sus recientes presentaciones en Nueva York y París, y lo confirmó el vocero presidencial Adrián Ravier, cada vez más difuso en sus apariciones, al afirmar que los datos que publica el INDEC arrojan “cualquier cosa”. Esta postura resulta coherente con un estilo de liderazgo que ha cultivado la costumbre de atribuir responsabilidades a terceros e incluso de denunciar supuestas conspiraciones, ya sea como recurso para desestimar situaciones adversas o como síntoma de un aislamiento profundo respecto de la realidad.

Lo concreto es que si la gira por Nueva York y París tenía como propósito renovar las expectativas de unos mercados que llevan semanas manifestando dudas o prudencia sobre la sostenibilidad y el porvenir del modelo, el resultado no parece haber sido el esperado. Por el contrario, la incertidumbre se agranda y las especulaciones se alimentan al calor de un clima electoral que el propio gobierno parece haber anticipado.

En un escenario donde, tal como reconoció Caputo en el coloquio de IDEA en Mar del Plata, pese a la retracción de la actividad, el empleo, el consumo y los salarios, el plan oficial consiste en mantenerse firme en la restricción monetaria para contener la inflación y el tipo de cambio, se anticipan meses por demás complejos. Sin un “plan platita”, con menos margen para jugar una carta salvadora como el auxilio estadounidense del pasado octubre, y con un modelo económico que no parece dispuesto a permitir “sacar conejos de la galera”, a poco más de un año de los comicios, el gobierno empieza a echar mano de otras tácticas para evitar un desgaste mayor y reconstruir expectativas que, según Milei en su discurso en la Argentina Week en París, se trasladan a un 2028 que, si logra la reelección, “será el mejor año económico de la historia argentina”.

Una de esas tácticas, que no tiene nada de original, quedó al descubierto en los últimos días. Se trata de una variante de la vieja apuesta por la polarización y el “riesgo K”, ahora enfocada en la figura de Kicillof. Un matiz previsible, considerando las evidentes intenciones electorales del gobernador bonaerense, a quien el gobierno parece haber subido al ring como principal contendiente opositor. La premisa que sostiene esta operación discursiva es conocida: que aun con una caída en la imagen y los niveles de aprobación oficial, la invocación al retorno de un modelo ligado al pasado movilice a votantes que, quizás insatisfechos con la situación actual, prefieran una reelección de Milei antes que un triunfo del kirchnerismo.

El problema, o más bien el desafío que enfrenta esta estrategia reciclada, resulta a todas luces evidente. En primer término, sin ajustes profundos en un modelo que difícilmente produzca una recuperación económica que se perciba en el bolsillo de amplios sectores del electorado y, sobre todo, de la golpeada clase media, la apelación al “blanco y negro” con otro candidato se vuelve más complicada. En segundo lugar, con la restricción monetaria como fórmula “mágica” para frenar la inflación, se avecina un 2027 con un ajuste mayor que seguirá golpeando a los sectores ya castigados, sin alterar la percepción actual de ganadores y perdedores del modelo. Por último, todo ello convivirá con un pedido de paciencia cada vez más difícil de sostener ante una transformación que, prometen, llegará más adelante.

Ante estos obstáculos y la incertidumbre predominante, es lógico que empiecen a tomar forma distintos ensayos y discursos opositores que busquen capitalizar no tanto las formas o el estilo del liderazgo presidencial, sino la realidad económica y su impacto social. Ya no se trata únicamente del gobernador bonaerense, sino también del sondeo de nuevos outsiders, de los cada vez más frecuentes desmarques de una Bullrich que se muestra “más comprensiva” frente al clima social sin abandonar su prédica promercado y aperturista, y de la mayor cautela de gobernadores que otrora fueron aliados y dialoguistas, y que ahora dudan en acompañar las ambiciosas reformas legislativas de un presidente que ya no tiene asegurada la reelección.

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