Mientras los indicadores financieros festejan, un informe revela el colapso productivo, el cierre récord de compañías y el avance de bienes chinos que reconfiguran el mapa industrial local, en medio de una inédita concentración de negocios.
En medio de un clima de euforia en los mercados financieros, la situación de la economía real transita por debajo del radar, sumida en una crisis profunda que exige un análisis urgente. El Gobierno de Javier Milei implementó a velocidad inédita una combinación de apertura importadora y una recesión por caída de los ingresos que ya ha provocado la destrucción de miles de empresas y una marcada concentración del comercio, transformando a la Argentina en una suerte de laboratorio a cielo abierto de la pugna comercial entre China y Estados Unidos.
El modelo promocionado como el más afín al capital ha conseguido, en apenas veinte meses, un resultado demoledor: la desaparición de 19.376 firmas, una cifra que casi duplica la registrada durante la crisis de 2001-2002 y que se equipara a la de los primeros veinte meses de la pandemia, cuando la economía global estuvo paralizada. Este dato, surgido de un relevamiento de Fundar basado en el Sistema de Riesgos del Trabajo, pinta un panorama desolador para el entramado productivo nacional.
Los empresarios manejan cifras alarmantes sobre el impacto de la apertura comercial. Las importaciones de productos terminados se encuentran en su nivel más elevado desde 2017 en una amplia gama de rubros, lo que contrasta violentamente con una producción industrial que se contrajo un 10 por ciento en comparación con la era pre-Milei. La gravedad de la situación es tal que incluso las cuatro grandes empresas de la alimentación reportaron balances negativos como nunca antes en su historia, con caídas en ventas y facturación. “Se esfumó la rentabilidad”, es la frase que resume la desesperación en el sector.
Paralelamente, la misma apertura que promueve el Ejecutivo está facilitando el ingreso masivo de manufacturas chinas en sectores estratégicos, como el automotor. Este fenómeno ha impulsado a reconocidos empresarios, incluso cercanos al Presidente, a ocupar posiciones clave en la Cámara Argentino-China, al tiempo que revive una cámara importadora de vehículos, inundando el mercado con automóviles chinos de alta gama a precios inusitadamente bajos. Esta situación se complejiza con un acuerdo paralelo que facilita el ingreso de productos estadounidenses, lo que podría recalentar la crisis productiva y laboral, alineando al país geopolíticamente con la línea comercial de Donald Trump. “Trump le salvó el Gobierno a Milei y el mayor negocio lo está haciendo China”, se burla un industrial que acaba de anunciar despidos.
El caso del sector automotor es emblemático de la distorsión. Hace dos años, la Asociación de Fabricantes de Autos (ADEFA) controlaba el 97% del cupo de importación. Hoy, la Cámara de Importadores de Autos (CIDOA) se reparte la mitad del total, pero con una diferencia abismal: mientras ADEFA sólo utilizó el 10% de su porción, los importadores ya emplearon el 75% para introducir vehículos chinos. El detalle no menor es que estos automóviles de alta gama tienen un precio FOB de unos 20.000 dólares y se venden al público a entre 30.000 y 35.000, un valor inalcanzable para un Fiat 600 nacional y muy por debajo de los 50.000 dólares que cuesta un auto similar importado de Europa o EE.UU.
La embestida importadora no discrimina por afinidad política. Destacados dirigentes que asesoran al partido libertario en la reforma laboral ocupan también cargos relevantes en la Cámara de Comercio Argentino-China, evidenciando la compleja trama de intereses que se teje alrededor de este fenómeno.
Los números oficiales y privados confirman la tendencia. En septiembre, las importaciones de bienes industriales se dispararon un 24,9% interanual, y más de dos tercios de ese aumento correspondió a automotores, autopartes y bienes metalmecánicos. En el acumulado del año, las compras al exterior superan los 52.799 millones de dólares, con rubros como indumentaria, calzado y maquinaria en niveles máximos desde 2017.
La crisis ya golpea con fuerza al consumo masivo. La cadena Cencosud inició el cierre de al menos 16 sucursales de su marca VEA, en un contexto donde, según fuentes del sector, “no hay más negocio de volumen”. Las ventas en hipermercados registran caídas interanuales del 4 al 5%, en lo que se perfila como el peor año en la historia del consumo. La teoría oficial que atribuye esta merma a una migración hacia el comercio online se desvanece ante la brutal contracción en las ventas de los principales proveedores a los comercios. Firmas emblemáticas como Arcor, Ledesma y Molinos informan balances en rojo, con esta última reportando una pérdida del 9,7% en el volumen de ventas y una caída de más del 22% en su facturación. El modelo, lejos de crear valor, parece empeñado en demolerlo.
