Tras el secuestro de Maduro y la jura de Delcy Rodríguez, estruendos cerca del palacio presidencial avivaron la tensión. Fuentes oficiales descartan un nuevo ataque y atribuyen los hechos a una falsa alarma por drones, en medio de un clima de extrema incertidumbre y denuncias cruzadas.
Caracas vivió una noche de zozobra y sobresaltos cuando fuertes detonaciones retumbaron en las inmediaciones del Palacio de Miraflores, sembrando el pánico entre los habitantes de la capital venezolana, ya sumida en una profunda crisis tras la intervención militar estadounidense. El episodio, ocurrido horas después de que Delcy Rodríguez asumiera como presidenta encargada del país, se convirtió en el foco de una vorágine de rumores que circuló con velocidad por las redes sociales.
Los estruendos, que varios testigos describieron como ráfagas de disparos dirigidos al cielo, conmovieron el ya enrarecido ambiente posterior al secuestro del presidente Nicolás Maduro a manos del Grupo Delta, una fuerza de élite de los Estados Unidos. Sin embargo, conforme avanzaba la noche y se restablecía una frágil calma, la versión que comenzó a prevalecer entre fuentes cercanas al gobierno sostiene que todo habría sido producto de una falsa alarma. Según esta interpretación, el sobrevuelo de vehículos aéreos no tripulados habría provocado la reacción nerviosa de los guardias de seguridad que custodian la sede del Gobierno.
Un residente de la zona, quien prefirió mantener su identidad en reserva, relató a la agencia AFP que el sonido de las detonaciones era intenso y continuo. «Lo primero que se me vino a la mente fue ver si había aviones sobrevolando, pero no. Solo vi dos luces rojas en el cielo», explicó, añadiendo que el inquietante episodio no se extendió más allá de un minuto. Este breve pero intenso momento de terror agrava la incertidumbre que pesa sobre la población, mientras persisten los interrogantes sobre la logística de la operación norteamericana y la posibilidad de negociaciones secretas con facciones del chavismo.
Precisamente, la nueva mandataria, Delcy Rodríguez, utilizó su discurso de asunción para denunciar con dureza la «agresión militar ilegítima» por parte de Washington. No obstante, su margen de acción aparece extremadamente limitado. El presidente Donald Trump, en declaraciones a NBC News, negó cualquier comunicación con Rodríguez antes del secuestro, pero ha dejado en claro sus exigencias: acceso total al lucrativo mercado petrolero y de infraestructura de Venezuela, bajo la amenaza de represalias aún más severas que las impuestas al régimen de Maduro si la nueva líder se muestra renuente a cooperar.
La magnitud de la operación que desestabilizó al país fue revelada con mayor detalle por el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, ahora al frente del renombrado ministerio de Guerra venezolano. En una conferencia de prensa, Hegseth afirmó que «casi 200 de nuestros mejores estadounidenses» participaron en la incursión en el corazón de Caracas, destacando que no se registraron bajas en sus filas. La operación, según sus palabras, involucró a más de 150 aeronaves desplegadas en la región. Estas declaraciones contrastan de manera flagrante con el informe del gobierno cubano, que el domingo acusó a Estados Unidos de haber causado la muerte de 32 ciudadanos cubanos durante el asalto que resultó en la captura de Maduro.
La conjunción de estos eventos –el ataque, el cambio de mando forzado, los disparos nocturnos y las versiones contradictorias– pintan un cuadro de desestabilización crítica en Venezuela. La capital se encuentra atrapada entre el miedo a una escalada militar impredecible, la desconfianza hacia las autoridades de facto y la sombra de un poder externo que ha decidido intervenir de la manera más contundente, dejando un reguero de dudas y una profunda herida en la soberanía nacional. La noche de los disparos en Miraflores no fue, al parecer, un nuevo ataque, pero sí el reflejo perfecto de una nación al borde del abismo, donde cualquier sonido en la oscuridad puede desatar el caos.
