Una vida marcada por la represión: el testimonio de una venezolana que explica por qué celebra el derrumbe del poder chavista

Una vida marcada por la represión: el testimonio de una venezolana que explica por qué celebra el derrumbe del poder chavista

Desde el cierre de medios en 2007 hasta el exilio forzado, pasando por persecuciones, torturas y extorsiones, una historia personal recorre casi dos décadas de crisis venezolana y expone las razones de una alegría amarga que nace del dolor acumulado.

La necesidad de hablar, de poner en palabras una experiencia que atravesó la adolescencia, la juventud y la adultez, fue el punto de partida. No se trató de un análisis político ni de una columna histórica, sino del relato de una vida atravesada por el deterioro democrático en Venezuela. Una historia individual que, en realidad, refleja el recorrido de miles.

Todo comenzó en 2007, cuando con apenas 14 años fue testigo del primer golpe que entendió como una afrenta directa a la democracia. El cierre de RCTV, uno de los canales más influyentes del país, marcó el inicio de una censura que fue silenciando voces, apagando programas críticos y sembrando miedo entre periodistas y humoristas. Aquella decisión del gobierno de Hugo Chávez no solo clausuró una señal televisiva, sino que encendió una alarma social que tuvo su primer eco en las calles, protagonizado por estudiantes secundarios que, con más convicción que experiencia, salieron a manifestarse.

Las protestas trajeron consigo un aprendizaje brutal. Las bombas lacrimógenas, el miedo, la represión y el retroceso posterior dieron paso a una crisis cada vez más profunda, signada por la escasez de alimentos, medicamentos y combustible. Para 2011, la presencia de médicos cubanos en los centros de salud comunitarios ya era parte del paisaje cotidiano. Fue en uno de esos espacios donde vivió una escena que jamás olvidaría: una atención médica condicionada por la adhesión política. Una pregunta —“¿usted es chavista?”— separó durante minutos la urgencia de la indiferencia, y dejó al descubierto un sistema donde incluso la salud se había transformado en un instrumento de control.

Ese mismo año, su experiencia como enfermera voluntaria en un hospital infantil terminó abruptamente. La precariedad, el abandono edilicio y la muerte evitable de una niña en la unidad de quemados fueron demasiado. El desgaste emocional, acumulado, se volvió insoportable.

La muerte de Chávez en 2013 no trajo alivio. Con la llegada de Nicolás Maduro al poder, 2014 se convirtió en un punto de quiebre. Las protestas se multiplicaron y la represión se volvió más feroz. Estudiantes asesinados, compañeros detenidos y torturados, familias rotas por el exilio forzado. El miedo regresó, más pesado, más concreto. Dos amigos cercanos fueron secuestrados, vejados y luego enviados al otro lado del mundo para intentar recomponer lo irreparable.

Entre 2016 y 2017, las movilizaciones regresaron con más fuerza, esta vez acompañadas por padres, tíos y hermanos que se colocaron al frente. Las muertes se sucedieron. En ese contexto, un grupo de mujeres decidió ayudar como pudiera. La fabricación de bombas molotov, improvisada y desesperada, pareció por un instante un acto de resistencia. La ilusión duró poco. La represalia fue inmediata y cruel: la madre de una amiga fue secuestrada, golpeada y humillada para enviar un mensaje claro. El terror ya no distinguía edades ni roles.

La salida del país no fue una elección, sino una huida. El asesinato del joven Neomar Lander, convertido en símbolo de una generación sin futuro, terminó de sellar la decisión. El exilio llegó acompañado de extorsiones, abusos y escenas de violencia institucional que se repitieron hasta el último momento. En el aeropuerto, la Guardia Nacional convirtió un viaje en una pesadilla: requisas degradantes, amenazas, sobornos exigidos a cambio de medicamentos esenciales. Más tarde, la misma fuerza secuestró a su madre para exigir dólares por su liberación.

Ni siquiera la distancia trajo paz. En 2019, un infarto familiar se transformó en otra carrera desesperada contra un sistema colapsado. Llamadas, contactos, gestiones imposibles. El ingreso tardío a un hospital militar no evitó el desenlace. La muerte llegó, otra vez, del lado de la impotencia.

Aun así, el relato no se presenta como excepcional. Al contrario, se reconoce como una entre miles de historias atravesadas por asesinatos, presos políticos, torturas y silencios forzados. Por eso, cuando la noticia de la caída de Maduro y la destrucción de símbolos del poder chavista irrumpió, la reacción fue una mezcla de alivio, dolor y celebración contenida. Una justicia incompleta, áspera, pero necesaria para quienes cargan años de pérdidas.

El presente, sin embargo, sigue siendo incierto. Dentro de Venezuela, el miedo persiste. El silencio es una estrategia de supervivencia. Borrar mensajes, ocultar celebraciones, evitar cualquier gesto que pueda ser interpretado como disidencia. Afuera, la diáspora intenta procesar el duelo colectivo y aferrarse, aunque sea por unos días, a la posibilidad de festejar.

El pedido final no es comprensión total, ni adhesión ideológica. Es respeto. Respeto por una historia que no admite simplificaciones, por un país que no se compara con ningún otro, por una comunidad que ha perdido demasiado. Y, al menos por un instante, el derecho a bailar, a abrazarse y a sentir que algo de lo que fue arrebatado empieza, lentamente, a saldarse.

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