El Filo del Simbolismo: Un Sable que Corta el Tejido de lo Colectivo

El Filo del Simbolismo: Un Sable que Corta el Tejido de lo Colectivo

El traslado del sable de San Martín al Regimiento de Granaderos no es un mero acto administrativo, sino una operación política que resignifica la historia y desafía las nociones de patrimonio y pertenencia.

En un movimiento que evoca resonancias autoritarias del pasado, el presidente Javier Milei ordenó el traslado del sable corvo del General José de San Martín desde el Museo Histórico Nacional al ámbito castrense de los Granaderos a Caballo. Aunque se argumentan motivos de preservación, la esencia de la medida trasciende lo museológico para insertarse en el terreno de lo político-simbólico. Se trata, en definitiva, de la apropiación y el desplazamiento de un significante fundacional desde un espacio público, accesible a todos, hacia un recinto de carácter restringido y castrense.

Expuesto en el museo, aquel símbolo encarnaba un principio democrático esencial: la Ley no se blande, la patria carece de dueño único porque pertenece a la colectividad, y el patrimonio común no se consume ni se privatiza. Representa un legado que se custodia, se hereda y genera responsabilidades frente a los demás, incluidas las generaciones futuras. Su remoción no es un hecho aislado, sino un eslabón dentro de lo que los voceros oficialistas denominan “la batalla cultural”. Esta cruzada se compone de una serie de gestos y acciones destinadas a debilitar las mediaciones que permiten una relación pacífica con la historia, con el prójimo y con lo público.

Esta estrategia incluye el sistemático menoscabo del Estado y de lo público, la glorificación de la competencia desregulada y la depredación como vínculo social “natural”, la deslegitimación de los sistemas de cuidado colectivo, la normalización de la violencia retórica y la reescritura regresiva de la historia nacional, sus próceres y sus emblemas. Esa gramática política desarticula el “nosotros” y abandona a la sociedad en un estado de desamparo. Lo que se promueve no es la libertad en su sentido profundo, sino un goce descontrolado que se manifiesta como desborde: agresión, desprecio y provocación sin freno alguno.

Resulta un error interpretar estas acciones como meras distracciones de una agenda de gobierno. Lo simbólico no es un acompañamiento de la política, sino su cuerpo mismo. Los fundadores de la nación, al igual que los dictadores, comprendieron este poder. Cada gesto deja una huella imborrable en lo social y en lo subjetivo. El campo de lo simbólico es el verdadero terreno de disputa, y sus instrumentos pueden tener el filo cortante de un sable.

Existe una contradicción fundamental entre el proyecto libertador de San Martín y el proyecto libertario actual. Para el Padre de la Patria, la libertad no era un atributo individual ni la ruptura del lazo social, sino una construcción política colectiva: la libertad de forjar una patria soberana. Esta concepción exigía organización, sacrificio por el bien común e instituciones sólidas para perpetuarla. En cambio, el libertarismo contemporáneo concibe la libertad como desregulación, competencia feroz y beneficio personal. Enaltece la fractura de los vínculos que hacen viable la convivencia y transforma la ausencia de límites y la voracidad en virtudes cívicas. En este paradigma, la libertad se convierte en vía libre para la apropiación, el saqueo y la depredación.

La captura de este patrimonio puede leerse como un asalto a un significante de triple función paterna: el padre como instancia de límite que faculta el ingreso a la cultura y posibilita el lazo social; la patria como exterioridad histórica y suelo de filiación común; y el patrimonio como aquello que estructura la transmisión y sostiene el tiempo colectivo. En este cruce, el sable —arma y símbolo fálico— exhibido en la vitrina no era un emblema de fuerza bruta, sino un significante de orden, límite y carencia: un recordatorio de que nadie lo posee todo, de que nadie es dueño del origen ni de la Ley.

La decisión presidencial fractura esa tríada sagrada. Cuando la función que introduce límites y organiza la sociedad se degrada, la autoridad no se esfuma: retorna en su versión más obscena, como apropiación personal de los símbolos del poder. La Ley deja de ser una representación colectiva para convertirse en una herramienta de dominio posesiva. De este modo, Milei reafirma una ambición ilimitada: sin cortapisas institucionales, políticas, simbólicas, históricas, discursivas, éticas ni humanas.

Allí donde no existen límites, no puede florecer la cultura, ni sostenerse la sociedad, ni pervivir una patria compartida. Conviene recordar las palabras del verdadero dueño de aquel sable, el padre de la patria, quien advirtió que cuando la Patria corre peligro, todo está permitido, excepto una cosa: no defenderla.

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