El mandatario argentino participará del flamante organismo impulsado por la Casa Blanca, en medio de un tenso clima social por el paro general y el debate de la reforma laboral. La cumbre, que busca recaudar fondos para la reconstrucción de Gaza, ya suma importantes ausencias a nivel global.
En una nueva muestra de sintonía ideológica y lealtad personal con el líder republicano, Javier Milei confirmó su presencia en la cumbre fundacional del Board of Peace (Junta de la Paz), el organismo creado por Donald Trump con sede en Washington. El viaje, que representa la decimocuarta peregrinación del libertario hacia el norte, se concretará este jueves al mediodía, despejando cualquier interrogante sobre una posible suspensión debido a la convulsionada agenda doméstica.
El contexto local presentaba serios motivos para que el jefe de Estado evaluara permanecer en el país. Por un lado, la central obrera lleva adelante un paro general que paraliza múltiples actividades en reclamo de medidas de fondo. Por el otro, el Congreso se encuentra en medio de una encendida discusión parlamentaria para sancionar la nueva legislación sobre el mundo del trabajo, un proyecto que genera fuertes resistencias en diversos sectores de la sociedad. Sin embargo, en la Casa Rosada prevaleció la máxima de que los compromisos asumidos con el magnate neoyorquino no se postergan. Milei hará los deberes encomendados.
El flamante Board of Peace, ideado por el propio Trump, quien se autoproclamó presidente vitalicio de la entidad (un cargo que mantendría incluso más allá de su eventual salida de la Casa Blanca), se presenta como un foro alternativo a los organismos multilaterales tradicionales. La cumbre llega envuelta en polémica no solo por su naturaleza, sino por la dispar convocatoria que ha logrado. Desde el entorno del anfitrión se esfuerzan por mostrar un rostro amable del evento, destacando que entre las treinta naciones que aceptaron la invitación se han logrado compromisos por unos cinco mil millones de dólares. Esos recursos, según el discurso oficial, estarían destinados a las tareas de reconstrucción de la Franja de Gaza, un territorio asolado por el reciente conflicto bélico.
No obstante, el entusiasmo de la organización contrasta con el rechazo o la indiferencia de buena parte de la comunidad internacional. Esta misma jornada, el Vaticano comunicó su decisión de no formar parte de la Junta, pese a haber recibido una invitación formal. El secretario de Estado de la Santa Sede, el cardenal Pietro Parolin, justificó la postura papal con un argumento de peso: “El Board asume competencias y roles que corresponden legítimamente a las Naciones Unidas”. La lista de ausencias ilustra la falta de respaldo global a la iniciativa. Potencias como Brasil, México, China, India y Rusia no tendrán representación en el encuentro. Tampoco lo harán las principales naciones del viejo continente, con las excepciones de Hungría y Bulgaria, dos países habitualmente alineados con las posturas más conservadoras y nacionalistas.
La agenda del mandatario argentino será tan intensa como fugaz. Se espera que el viernes, inmediatamente después de cumplir con el protocolo exigido por su anfitrión, emprenda el regreso a Buenos Aires, en un viaje relámpago que busca minimizar el desgaste político por su ausencia en medio de la tormenta local.
Otro de los líderes que, como Milei, parece atado a la agenda de Washington es el húngaro Viktor Orban. El premier magyar, un viejo aliado de Trump, participará del cónclave en un momento políticamente delicado para él. Hungría se encamina a las elecciones del 12 de abril, y el panorama para Orban no es alentador. Las encuestas lo sitúan doce puntos por debajo de la formación opositora Tisza, un partido de centroderecha que promueve el retorno del país a las líneas tradicionales de la Unión Europea bajo el lema “Make Hungary European Again”. En este escenario, la dupla conformada por Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, parece estar replicando la estrategia ya ensayada en el sur del continente. La advertencia es clara y directa hacia el electorado húngaro: un triunfo de la oposición significaría el desastre y el inmediato retiro del respaldo estadounidense. Una jugada de manual que ya tuvo su capítulo argentino en los comicios de octubre pasado, y que ahora se reeditada en tierras magiares con la esperanza de inclinar la balanza.
