Mientras el conflicto en Medio Oriente enciende las alarmas globales con un petróleo disparado y capitales en retirada, la economía doméstica enfrenta el vendaval con reservas en negativo, ingresos en caída y un superávit construido sobre la licuación del gasto. La estrategia oficial de esperar un rescate de Trump asoma como una apuesta de alto riesgo en un tablero internacional que cambia las fichas de hora en hora.
El nuevo orden global se reconfigura con la crudeza de los titulares bélicos. La cotización del barril de petróleo Brent, faro ineludible para el mercado energético argentino, protagonizó una escalada vertiginosa que lo acercó a los 92 dólares, para luego estabilizarse en un todavía alarmante nivel de 87. Esta volatilidad es apenas un síntoma de un fenómeno más profundo: la aversión al riesgo se ha instalado en las grandes ligas financieras. Los capitales especulativos, en una maniobra preventiva, están reduciendo su exposición en las plazas periféricas y buscando refugio en activos seguros. El escenario que se delinea a nivel planetario combina una inflación persistente, la amenaza latente de una nueva suba en las tasas de interés internacionales y un peligroso estancamiento con ribetes de recesión. En este contexto de alta tensión, la pregunta que sobrevuela los escritorios de los analistas es inevitable: ¿con qué fortalezas y debilidades se para la economía argentina ante este nuevo orden?
El principal interrogante que domina las mesas de dinero es la duración del conflicto. Sin embargo, sobre lo que no existen dudas es acerca de sus consecuencias inmediatas y corrosivas. Frente a un horizonte nublado por la incertidumbre, numerosas naciones han comenzado a desplegar medidas de emergencia; el caso más paradigmático es China, que suspendió sus exportaciones de combustible para resguardar el mercado interno. Estas acciones se suman a un arsenal de herramientas preventivas, como las reservas internacionales de libre disponibilidad, que muchos países fueron acumulando durante los años de bonanza. Lamentablemente, ninguna de estas dos alternativas figura en el libreto de acción del gobierno de Javier Milei. La explicación que cobra más fuerza ante semejante desprotección es la firme apuesta oficial a que la administración de Donald Trump en Estados Unidos volverá a tender un salvavidas. Este cálculo se sostiene sobre dos antecedentes del año previo: el primero, en abril, con el multimillonario crédito de 20 mil millones de dólares otorgado por el FMI, un desembolso que respondió directamente a la presión ejercida desde Washington; y el segundo, en octubre, con la inusual intervención directa de la Secretaría del Tesoro estadounidense en el mercado cambiario local. Si bien este eventual rescate es una posibilidad, está lejos de ser una certeza, sobre todo por la creciente debilidad político-electoral que exhibe Trump de cara a los comicios de medio término, programados para el 3 de noviembre venidero.
Mientras la Casa Rosada parece confiar en ese desenlace, resulta imperativo analizar cómo recibe la administración libertaria un conflicto de semejante magnitud en el corazón de Medio Oriente. El diagnóstico no requiere de modelos econométricos complejos: la economía se presenta frágil y sumamente vulnerable. El ministro de Economía, Luis Caputo, intentó infundir calma durante una exposición en la Fundación Mediterránea, al afirmar que «el orden macroeconómico» constituye la defensa más robusta para capear un temporal global. No obstante, la realidad de los números desmiente esa narrativa. La principal debilidad estructural del plan liberal reside en la alarmante escasez de reservas internacionales disponibles, conocidas técnicamente como reservas netas, que se suman a un horizonte de vencimientos de deuda en dólares particularmente exigente. A este cóctel explosivo se le añade un cuadro fiscal crítico, donde el ajuste permanente ha dejado al Estado con márgenes de maniobra casi nulos. Lejos de ser una realidad, «el orden macroeconómico» se asemeja más a una ficción alimentada por el oficialismo y convalidada por una amplia red de la derecha mediática, empresarial y política, mientras los datos duros de la economía real cuentan una historia muy distinta. La escalada bélica no hace más que amplificar estas fragilidades domésticas que se intentan ocultar. La gestión de Milei enfrenta esta crisis global con un coctel explosivo: reservas netas negativas, vencimientos de deuda impostergables, una economía que ya muestra signos de estancamiento con claras tendencias recesivas, un goteo constante de cierres de empresas y despidos masivos, y un frente fiscal que añade más presión a una olla a punto de estallar.
El termómetro que no miente: la recaudación en caída libre
Un síntoma inequívoco de la fragilidad estructural del programa económico de Milei-Caputo se encuentra en el comportamiento de los ingresos públicos. Un esquema basado en el ajuste recesivo termina inevitablemente por erosionar la base imponible. Dado que el equilibrio fiscal se ha erigido como la principal bandera política e ideológica del oficialismo, la poda del gasto se convierte en una necesidad permanente, empujada hasta el límite mismo que impone la tolerancia social. La recaudación tributaria acumula siete meses consecutivos de caída en términos reales hasta febrero de 2026. De hecho, en los últimos diez meses, ocho arrojaron un saldo negativo al descontar el efecto de la inflación. Un reciente informe de la consultora Vectorial subraya que este persistente deterioro fiscal consolida una tendencia que socava gradualmente la capacidad de mantener los superávits primarios sin tener que recurrir a ajustes aún más severos sobre un gasto ya de por sí magro. Los números, vistos en perspectiva histórica, resultan aún más elocuentes. Febrero de 2026 se posiciona muy por debajo del promedio de los últimos años, con apenas 16,2 billones de pesos en valores constantes. Este nivel es notablemente inferior al pico alcanzado en febrero de 2022, cuando se registraron 19,7 billones, y se mantiene por debajo de la media de la última década para ese mes. Tan solo febrero de 2024, considerado el peor momento de los inicios de la gestión Milei, registró un valor ligeramente inferior al actual. Dicho de otro modo: los ingresos del Gobierno han vuelto a niveles similares a los del momento más crítico de su propio mandato.
Esta situación deja al desnudo, una vez más, el fundamentalismo ideológico de la ortodoxia aplicada sin matices. La promesa recurrente es que la eventual baja de impuestos se verá compensada por un mayor crecimiento económico, lo que a su vez engrosaría la recaudación. Como se ha podido comprobar, esa ecuación no se cumple. Los datos lo confirman mes a mes, y el tan pregonado superávit primario no escapa a esa lógica perversa. Se sostiene, sí, pero sobre bases cada vez más endebles, asemejándose a un castillo de naipes. Este superávit es el principal estandarte de la política económica de Milei, el ancla narrativa de todo el programa. Sin embargo, un superávit sostenido exclusivamente sobre la base de un ajuste brutal del gasto, con ingresos tributarios que se derrumban en términos reales, es un equilibrio de máxima fragilidad. No es lo mismo un superávit fiscal construido sobre una economía en expansión que genera más recaudación de forma genuina, que uno que se logra mediante la licuación de las jubilaciones, la parálisis total de la obra pública y el recorte sistemático de transferencias a las provincias. El deterioro de la recaudación no responde únicamente a cuestiones coyunturales, sino que refleja, fundamentalmente, la debilidad estructural de la actividad económica y el estancamiento del comercio exterior.
Frente a este panorama, el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas advierte que, si el gobierno persiste en su estrategia de preservar el equilibrio fiscal a cualquier costo, el persistente debilitamiento de los ingresos lo obligará a profundizar los recortes sobre un gasto público que ya se encuentra en niveles históricamente bajos, tanto a nivel nacional como provincial. Es un círculo vicioso que empuja a la economía hacia un callejón sin salida.
Tres frentes de tormenta: energía, agro y finanzas bajo la lupa
El mismo informe de Vectorial identifica con claridad los tres principales canales de contagio a través de los cuales el conflicto en Medio Oriente impacta de lleno en la economía argentina: el precio de la energía, el mercado global de materias primas agrícolas y las condiciones financieras internacionales.
En primer lugar, el petróleo, que ya merodea los 90 dólares el barril, presenta una doble lectura. Por un lado, abre una ventana de oportunidad para Vaca Muerta, haciendo las exportaciones más rentables y aumentando el atractivo para nuevas inversiones en el sector hidrocarburífero. Por el otro, ejerce una presión innegable sobre la inflación doméstica a través del encarecimiento de los combustibles. Un shock energético de esta naturaleza se convierte en un elemento profundamente desestabilizador para el ya de por sí fracasado proceso de desinflación que pregona el gobierno.
En segundo término, el mercado de fertilizantes emerge como otra fuente de riesgo latente. La disrupción en las cadenas globales de suministro, inherente a cualquier conflicto de esta escala, puede disparar el costo de los insumos críticos para la campaña agrícola, afectando los márgenes de los productores, el volumen de la cosecha y, en última instancia, el ingreso de las divisas que el agro aporta a las arcas del Central. El cierre del Estrecho de Ormuz no es solo una pésima noticia para el petróleo; también siembra dudas sobre la seguridad alimentaria mundial. Ingredientes esenciales para la fabricación de fertilizantes, como la urea, el azufre, el amoníaco y los fosfatos, se producen en la región y transitan obligadamente por ese estrecho. Las consecuencias de una interrupción prolongada podrían traducirse en menores rendimientos en cultivos clave como el maíz, el trigo y la soja, todos ellos altamente dependientes de la aplicación de estos compuestos.
Por último, el canal financiero se perfila como el más inmediato y visible. En contextos de incertidumbre geopolítica, los inversores globales adoptan un comportamiento predecible: buscan refugio en activos seguros, como el dólar y los bonos del Tesoro de Estados Unidos, y huyen de los mercados considerados emergentes o de frontera. La plaza argentina, con un riesgo país que ya venía mostrando una tendencia alcista, suele ser una de las primeras en padecer esta repentina recomposición de carteras. Esta mayor aversión al riesgo no solo encarece el costo del financiamiento externo, sino que añade más presión sobre un mercado cambiario local ya de por sí volátil y con reservas escasas.
El talón de Aquiles: reservas negativas en la hora decisiva
Todo este cóctel de riesgos se agrava al considerar el piso sobre el que se sostiene: unas reservas internacionales netas que no alcanzan para proporcionar la más mínima tranquilidad. Si bien el Banco Central continúa con compras de divisas en el mercado oficial, esta señal positiva resulta absolutamente insuficiente frente a un escenario de estrés externo de esta magnitud. Al descontar los pasivos del Central con organismos internacionales y otros compromisos financieros, las reservas netas siguen siendo profundamente negativas e insuficientes para enfrentar una crisis externa que se anuncia prolongada. El horizonte de vencimientos de deuda en dólares, tanto de intereses como de capital, se presenta particularmente exigente. La apuesta del gobierno era que el acceso a los mercados de capital y el «roll-over» de la deuda serían operaciones relativamente fluidas. Pero esa hipótesis de trabajo descansaba en un contexto financiero internacional mucho más benévolo. Una guerra que se extiende en el tiempo, un dólar global que se fortalece como valor refugio y una salida masiva de capitales de los mercados denominados emergentes conforman un combo letal que hace extremadamente difícil, cuando no directamente imposible, cualquier refinanciamiento en condiciones razonables. La economía de Milei recibe este momento de crisis global con un margen de maniobra angostísimo, atrapada entre la espada de la necesidad de divisas y la pared de un mercado que le cierra las puertas.
Un edificio de equilibrios precarios
En definitiva, la economía bajo la lupa de la gestión libertaria llega a esta encrucijada global con un margen de maniobra excepcionalmente estrecho. Las herramientas disponibles son escasas y su efectividad, dudosa. El ajuste fiscal ya se encuentra en un punto tan avanzado que profundizarlo implicaría costos sociales y políticos difíciles de gestionar. Las reservas netas son insuficientes para absorber shocks de mediana o larga duración. El acceso al financiamiento externo, por su parte, depende de condiciones globales que se están deteriorando a pasos agigantados. Y la recaudación, que debería ser la principal señal de que la economía crece y genera recursos genuinos, continúa su tendencia a la baja en términos reales.
Este es el punto central para comprender por qué la guerra encuentra a la economía argentina en un estado de vulnerabilidad tan pronunciado. No se trata de una economía robusta que deba enfrentar un contratiempo externo; no hay reservas abundantes, ni un mercado interno dinámico, ni crédito productivo fluido, ni una fortaleza fiscal basada en el crecimiento genuino. Por el contrario, la recibe una economía sostenida artificialmente por equilibrios muy frágiles: un tipo de cambio relativamente atrasado dentro de sus bandas, una constante licuación de ingresos de la población, una apertura importadora que compite con la industria local, un superávit fiscal asentado únicamente en la poda del gasto y una desaceleración inflacionaria que depende, en gran medida, de mantener pisados los salarios, el valor del dólar y el gasto público. Cuando un shock externo de la magnitud del actual encarece la energía, fortalece al dólar a nivel global y enfría el apetito por el riesgo, todo este artificio muestra su precariedad con crudeza, dejando al descubierto los cimientos de arena sobre los que se intenta construir un futuro incierto.
