En una noche de alta tensión y emociones encontradas, el conjunto de la Ribera quebró la resistencia local con un penal transformado por su experimentado volante. La primera derrota de la era Coudet dejó expuestas las falencias colectivas del anfitrión, mientras que la visita escaló a la zona privilegiada de la Zona A gracias a una actuación llena de inteligencia táctica y contundencia quirúrgica.
En el escenario imponente del estadio de Núñez, donde la historia suele escribirse con tinta indeleble, el fútbol argentino volvió a presenciar una nueva edición de su clásico más vibrante. Por la decimoquinta jornada del Torneo Apertura 2026, Boca Juniors asaltó el territorio del adversario histórico y se impuso por la mínima diferencia, un marcador que, sin embargo, encierra una superioridad táctica y emocional difícil de discutir. El único tanto de la velada llegó desde los doce pasos, ejecutado con una frialdad pasmosa por Leandro Paredes, quien no solo convirtió su primer gol en estos cruces cargados de tradición, sino que además selló la continuidad del invicto xeneize frente a su eterno rival.
El desarrollo del primer tiempo transcurrió sobre un alambre, con ambos conjuntos midiéndose con respeto pero sin renunciar a la búsqueda del arco contrario. River, dirigido por primera vez en casa por Eduardo Coudet tras su reciente asunción, mostró destellos ofensivos a través de las incursiones de Juan Cruz Meza y la movilidad de Maximiliano Salas, quienes generaron cierto vértigo en la retaguardia visitante. Sin embargo, esas aproximaciones resultaron esporádicas y carecieron de la profundidad necesaria para vulnerar a un sólido fondo boquense. Del otro lado, el equipo conducido por Claudio Úbeda depositó sus esperanzas en la clarividencia de Paredes, cuyo pase filtrado se convirtió en el preludio de la jugada decisiva. Fue así que una habilitación magistral del volante dejó a Miguel Merentiel frente al arco; el delantero remató y la pelota encontró la extremidad del defensor central Lautaro Rivero, quien, en un acto reflejo, interrumpió la trayectoria del balón con su mano. Tras una revisión exhaustiva en la cabina del VAR, el árbitro Darío Herrera no dudó en señalar el punto penal, aunque generó polémica al no mostrar la segunda cartulina amarilla al marcador central del conjunto local. En la última acción del período inicial, Paredes, con una maestría que evoca sus mejores momentos en la selección argentina, engañó al guardameta Santiago Beltrán y colocó la esférica en el ángulo, desatando el aliento contenido de los pocos viajeros presentes en las gradas.
El complemento no amainó la intensidad, sino que la elevó varios peldaños. River volcó su ataque con desesperación sobre el flanco izquierdo, aprovechando las constantes proyecciones de Marcos Acuña, quien se erigió como el principal abastecedor de Maximiliano Salas. El extremo delantero del Millonario dispuso de dos ocasiones clarísimas para equilibrar las acciones: primero, un cabezazo que besó el travesaño y estremeció a la hinchada; luego, un remate bloqueado de manera providencial en los minutos finales, cuando el reloj ya se convertía en el peor enemigo. Frente a ese acoso, Boca supo administrar la ventaja con oficio, y encontró en el ingreso de Exequiel Zeballos un revulsivo ideal. El joven extremo, de piernas frescas y desborde punzante, dispuso de tres contragolpes letales para sentenciar la historia, pero en cada ocasión se topó con la figura de Santiago Beltrán. El arquero local respondió con reflejos felinos, manteniendo a su equipo con vida hasta la exhalación final, aunque sin poder evitar la sensación de que la noche no estaba destinada a la épica.
Los instantes de descuento estuvieron atravesados por la controversia más pura. En el quinto minuto añadido, todo el plantel de River reclamó con vehemencia una infracción dentro del área: Lautaro Blanco, defensor boquense, habría derribado a Lucas Martínez Quarta en medio de una pelota detenida. El contacto, aunque discutible, no mereció la sanción del juez, quien hizo caso omiso a los reclamos y permitió que el juego continuara. Esa decisión, sumada a la mano no sancionada con doble amonestación en el primer tiempo, encendió el malestar en el banco local y en las tribunas, pero no alteró el destino del marcador. Boca resistió el embate final con una mezcla de orden táctico y coraje individual, y se llevó tres puntos de oro que lo catapultan a los primeros puestos de la Zona A.
Para River, en cambio, el sabor es amargo. El conjunto millonario sufrió su primera derrota desde la llegada de Coudet a la dirección técnica, y el rendimiento colectivo dejó más interrogantes que certezas. Varios de sus futbolistas evidenciaron un nivel preocupante, especialmente en la elaboración de juego, y la falta de contundencia en las áreas se pagó cara. La noche en el Monumental, fiel a su historia de pasiones desbordadas, volvió a demostrar que los clásicos no se ganan con la camiseta ni con la estadística, sino con la precisión en los detalles mínimos. Y en ese terreno, Boca fue, una vez más, el más afilado.
