En cuestión de minutos, el juez Nazareno Arasa resignificó el rumbo del encuentro: primero anuló un tanto que prometía ser el apertura del marcador para la visita y, posteriormente, otorgó una pena máxima que terminó inclinando la balanza a favor del conjunto local.
En una noche donde el desarrollo del juego parecía encaminarse por senderos previsibles, el destino del partido entre River y Estudiantes de Río Cuarto sufrió una mutación radical en apenas un suspiro. No fue producto de una ráfaga de destellos individuales ni de una superioridad táctica manifiesta, sino de dos decisiones consecutivas que, canalizadas a través de la tecnología del VAR, llevaron la impronta del árbitro Nazareno Arasa. Lo que hasta entonces era un trámite cerrado se convirtió en una sucesión de instancias de alta tensión que, en su conjunto, modificaron por completo la fisonomía del resultado.
El primer episodio que encendió las alarmas tuvo lugar cuando el cronómetro ya marcaba andanadas del complemento. En ese contexto, Tomás González, delantero del elenco conducido por el Chacho Coudet, logró concretar una jugada que, en principio, significaba el primer grito del compromiso. Sin embargo, la euforia en las filas visitantes duró apenas lo que demora un llamado desde la cabina de video. Arasa, tras revisar las imágenes, decidió invalidar la conquista bajo una interpretación reglamentaria que devino en el centro de la controversia.
Según el criterio del juez, la jugada tuvo su génesis en un centro enviado al área que Lucas Martínez Quarta despejó. Ese rechazo, en lugar de cortar la acción, funcionó como un rebote que dejó el balón servido para González. El atacante, en ese instante, se hallaba en posición adelantada respecto de la última línea adversaria. Para Arasa, esa circunstancia resultó determinante: el futbolista había obtenido una ventaja indebida al partir desde un lugar antirreglamentario para capitalizar un balón que provenía de una acción defensiva. De esta manera, un tanto que amenazaba con desequilibrar la balanza se desvaneció en la revisión tecnológica.
Apenas transcurrieron algunos minutos antes de que la atención se reubicara en otra escena que volvería a colocar al árbitro y a sus asistentes audiovisuales en el ojo del huracán. En este caso, el foco se posó en una jugada dentro del área que involucró a Sebastián Driussi. Tras una exploración minuciosa a través del VAR, Arasa interpretó que sobre el mediocampista ofensivo se había producido un pisotón, una infracción que hasta ese momento había pasado inadvertida para el ojo humano en tiempo real.
La determinación fue, entonces, la concesión de un tiro desde los doce pasos. Ese penal, más allá de su naturaleza sancionatoria, se transformó en el punto de inflexión definitivo. Desde la ejecución, Gonzalo Montiel asumió la responsabilidad y, con su conversión, otorgó la ventaja a River en el marcador. Lo que había comenzado como un potencial gol en contra se convirtió, mediante dos intervenciones arbitrales sucesivas, en la llave que abrió el camino hacia la diferencia en el tanteador.
El desenlace de esos dos episodios, separados por un lapso brevísimo, dejó en evidencia el peso específico que la instancia de revisión puede ejercer sobre la narrativa de un encuentro. En ambos casos, la tecnología no solo acompañó sino que protagonizó la mutación del resultado, subrayando una vez más la influencia determinante que las decisiones arbitrales, mediadas por la pantalla, tienen en la construcción del destino de un partido.
