Lo que comenzó con el terror y el silencio encontró en la lucha de unas mujeres la chispa que restauraría la democracia. Pero a cincuenta años de aquel quiebre fundacional, el negacionismo y la estigmatización amenazan con perforar los cimientos de un pacto de humanidad que costó vidas construir.
Han transcurrido cinco décadas desde aquella fractura que aún supura en lo más profundo del tejido social. Un dolor que, pese al paso implacable de los años, no ha logrado cicatrizar del todo y que, por el contrario, exige con creciente urgencia ser evocado, nombrado, reclamado como parte ineludible de la identidad colectiva. Quien esto escribe aún conserva vívido el instante en que la voz institucional, con esa entonación gélida y monocorde que ya resultaba siniestramente familiar, irrumpió en el silencio para leer el primer comunicado oficial de quien se autoproclamaba nuevo orden. Era el preámbulo de un espanto que cercenaba hasta la respiración, un miedo que se adhería a la piel como una segunda naturaleza.
Detrás de aquella liturgia propagandística vino después el relato justificador de la barbarie: la muerte administrada desde el poder, los secuestros sistemáticos, la geografía oculta de los centros clandestinos de detención, el ensañamiento meticuloso de la tortura, el despojo originario del robo de criaturas recién nacidas, el vértigo de las desapariciones forzadas. Un entramado de horror que partía en dos la existencia. Y sobrevolando todo, aquella frase que se convertiría en el epítome del cinismo absoluto: “algo habrán hecho”. La sociedad quedó entonces despojada de todo resguardo, inerme, a merced de una lógica que no admitía interpelación alguna mientras la democracia era sepultada en su propia cuna.
Fue justo cuando el horizonte parecía haber sido devorado por la noche perpetua que surgió la estampa imborrable de Ellas, un colectivo inesperado que terminaría por torcer el curso de la historia. No eran dirigentes políticas ni estrategas avezadas; eran mujeres sencillas, madres a quienes les habían arrebatado a sus hijos e hijas de manera brutal. Mujeres que vieron cercenados los sueños de sus jóvenes, que se negaron a aceptar el luto impuesto por la dictadura y que, con una obstinación que muchos calificaron de locura, nos enseñaron la única verdad posible: que el silencio, en su complicidad muda, termina por deshonrar a los vivos y a los caídos por igual.
A golpe de coraje, esas mujeres emprendieron una peregrinación incansable. Golpearon puertas en ministerios, en comisarías, en juzgados de trastienda sombría. Recorrieron cárceles, se enfrentaron a la penumbra de oficinas donde se tramaba la desaparición, desafiaron la frialdad de hospitales que guardaban secretos inconfesables y hasta hicieron temblar las naves de catedrales que habían optado por el mutismo cómplice. Cada una de sus preguntas, clavada como una espina en la conciencia oficial, era una incomodidad que el poder no sabía cómo sofocar. “Circulen”, les espetaban, y ellas circulaban, pero jamás se detenían. Avanzaban como un río de luz en medio de la tiniebla, con los pies cansados pero el alma encendida por una fuerza que no admitía negociación: el amor en estado puro, transformado en bronca sagrada.
Solo había un destello de vida en medio de aquella noche: los pañuelos blancos anudados a sus cabezas, insignia de una resistencia que se volvió faro para los desorientados. Esos pañuelos se convirtieron en sinónimo de esperanza, en la certeza de que aquella pesadilla tenía un final posible gracias a la marcha incesante de esas mujeres a las que muchos tildaron de insanas pero que portaban, sin saberlo, la llave de la reconstrucción nacional. A ellas se les debe, en lo más hondo, la recuperación de la patria como concepto y de su honra como atributo colectivo. Por ellas la democracia pudo, contra todo pronóstico, levantarse de su propia derrota y erguirse victoriosa.
A partir de ese momento, durante medio siglo, la nación emprendió la escritura de una nueva página. Raúl Alfonsín, ungido como el primer mandatario de la democracia renacida, impulsó el histórico juicio a las juntas militares que habían perpetrado la sangría, consagrando el principio de que ningún poder fáctico quedaría por encima de la ley. Años más tarde, Néstor Kirchner, sexto presidente del ciclo democrático, ordenó descolgar el retrato del general Videla de un lugar donde jamás debió haber estado, para reposicionar cada cosa en su justo sitio simbólico. Cristina Fernández, primera mujer en ocupar la primera magistratura y séptima presidenta de esta etapa ininterrumpida, profundizó con convicción inquebrantable las políticas de derechos humanos, convirtiéndolas en política de Estado.
Sin embargo, el odio y la falsedad operan con la persistencia del agua que horada la piedra. Con el correr de los años, esas fuerzas lograron filtrarse en los intersticios de la sociedad e instalaron sentidos renovados que, paradójicamente, terminaron por contradecir la identidad histórica del propio pueblo. Los tiempos han mutado al punto de tornar innecesarios los golpes de Estado tradicionales para derribar proyectos populares. En la actualidad se han perfeccionado mecanismos alternativos, igual o más efectivos, para estigmatizar, proscribir y demoler a aquellas dirigencias políticas que tienen como estandarte la vigencia irrestricta de los derechos humanos y la inclusión social. El objetivo último es dejar únicamente en pie la codicia desmesurada y los privilegios del poder fáctico y sus operadores, cuya visión del mundo aborrece cualquier expresión que no se someta al imperio absoluto del mercado y al individualismo más feroz.
Por eso resuena hoy con una intensidad aterradora el discurso más inhumano que haya circulado en la historia reciente de la humanidad. Dentro de las fronteras nacionales se creía, no obstante, que ciertos temas—marcados por cicatrices tan profundas—no admitirían retrocesos. Entre ellos, la memoria del “Nunca Más”, aquella consagración colectiva escrita con los treinta mil desaparecidos que configuraron el episodio más trágico y fundacional de la historia contemporánea del país. Pero la escalada del discurso del odio, sumada a la manipulación deliberada del pensamiento y al negacionismo que hoy se proclama con absoluta impunidad, terminó por imponer la cruda realidad que se atraviesa en estos días.
Como lo advirtiera la dos veces presidenta de la nación, Cristina Fernández de Kirchner, la ofensiva no se agota en una figura ni en un espacio político acotado: la arremetida es de fondo, busca completar lo que en el pasado no se pudo consumar, saquear las arcas de la patria profunda, erosionar la cultura hasta sus cimientos, bendecir la violencia como método y entregar la soberanía sin asomo de pudor. Es un designio que no se detiene ante nada.
A pesar de este panorama, quien escribe abriga la convicción íntima de que la última palabra aún no ha sido pronunciada. Los cincuenta años de democracia atravesados por el pueblo—con sus avances, sus reflujos y sus dolores—no pueden haber transcurrido en vano. Hay todavía resto, una reserva moral e histórica, para cambiar nuevamente el curso de los acontecimientos. Para lograrlo, será imprescindible recuperar el significado genuino de aquellas palabras que nos han sido expropiadas, seguir bregando contra la amnesia selectiva que pretende naturalizar lo innombrable y, fundamentalmente, reconstruir los puentes que permitan sostener las construcciones colectivas.
No se trata de temer al compromiso, sino de temerle a la indiferencia, a esa prescindencia que bajo el ropaje de la neutralidad termina siendo funcional a las peores causas. Como escribiera Eduardo Galeano, en tiempos de crisis se imponen las definiciones, porque la ambigüedad puede llegar a confundirse con la falsedad más vil. Los pueblos avanzan con un ritmo propio, aprenden en el fragor del sufrimiento y con pasión reasumen la lucha por un país más equitativo cuando el bolsillo y el corazón, en un mismo latido, les reclaman basta. Y esa marea, la historia lo demuestra, acaba por llegar siempre, más temprano que tarde.
Esa certeza, grabada a fuego en la memoria colectiva, es también un legado. Y como todo legado auténtico, impone una responsabilidad ineludible: seguir siendo dignos de aquellas que, con sus pies incansables y sus pañuelos al viento, nos enseñaron que el horror puede ser vencido cuando no se claudica en la defensa de lo esencial.
