Multitud histórica colmó la Plaza de Mayo en el quincuagésimo aniversario del golpe: “No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos”

Multitud histórica colmó la Plaza de Mayo en el quincuagésimo aniversario del golpe: “No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos”

Más de un millón de personas se volcaron a las calles para reafirmar el compromiso con la memoria, la verdad y la justicia, en una jornada que congregó a organismos de derechos humanos, organizaciones sociales y ciudadanos que respondieron con contundencia al discurso negacionista del Gobierno nacional.

El clamor surgió desde lo más profundo de la marea humana que desbordó cada acceso a la histórica Plaza de Mayo. “¡Que digan dónde están! ¡Que digan dónde están!”, resonó con una potencia que atravesaba generaciones, como un eco que se negaba a extinguirse. Ese mismo reclamo que cincuenta años atrás las Madres habían plantado con sus pañuelos blancos desafiando la noche de los fusiles, ahora era coreado por centenares de miles de gargantas que envolvían a aquellas mujeres fundadoras en un abrazo colectivo. A medio siglo del inicio de la etapa más lúgubre que atravesó la historia argentina, la sociedad demostró con su presencia masiva que la memoria sigue siendo un territorio que no se negocia, que el olvido no encuentra resquicio y que la reconciliación con los verdugos resulta una pretensión inaceptable.

Desde las primeras horas de la jornada, las arterias de la Ciudad de Buenos Aires se transformaron en una corriente ininterrumpida de ciudadanos que confluyeron hacia el corazón simbólico de la patria. El sol vespertino acompañaba el entusiasmo creciente entre los referentes históricos del movimiento de derechos humanos, quienes presagiaban que la convocatoria alcanzaría dimensiones extraordinarias. Las estimaciones posteriores confirmarían que más de un millón de personas participaron de esta movilización que buscó refrendar con firmeza los principios del Nunca Más, en una respuesta directa a las declaraciones revisionistas provenientes del poder político.

Entre las primeras en llegar se encontraba Buscarita Roa, vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, con su emblemático pañuelo anudado en la cabeza. La emoción la embargaba al observar la llegada incesante de manifestantes que acudían a rodear a las luchadoras incansables. Visiblemente conmovida, expresaba su gratitud hacia el pueblo argentino por el acompañamiento sostenido a lo largo de los años. Buscarita, nacida en Chile, encarna una de esas historias que la dictadura intentó sepultar pero que la tenacidad de las abuelas logró rescatar: su hijo José Liborio Poblete fue arrebatado junto a su compañera Gertrudis Hlaczik, ambos conducidos al Olimpo, uno de los centros clandestinos de exterminio que funcionó en el barrio de Floresta. Con ellos se encontraba la pequeña Claudia Victoria, apropiada durante el operativo. El reencuentro con su nieta se transformó en un símbolo de perseverancia, y hoy ambas militan codo a codo en la incansable búsqueda de los más de trescientos nietos que aún aguardan recuperar su identidad.

A su lado, María Santa Cruz custodiaba un tesoro invaluable: el pañuelo de Raquel Radio de Marizcurrena, una de las abuelas ya fallecidas, y sobre su pecho llevaba un prendedor con los rostros de la hija y el yerno de aquella compañera de lucha. Con treinta y nueve años de trabajo ininterrumpido junto a Abuelas, su presencia representaba la transmisión generacional de un compromiso que no admite claudicaciones.

El espacio público comenzó a saturarse de militantes de derechos humanos de todas las latitudes del país. Eduardo Tavani, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, se acercó acompañado por su nieto, en un gesto que simbolizaba la continuidad de la lucha a través de las nuevas generaciones. Con la mirada puesta en la multitud que no dejaba de engrosar las filas, sostuvo que las calles repletas constituían una respuesta contundente frente a un gobierno que se atreve a reivindicar el terrorismo de Estado. Para Tavani y para quienes compartían su postura, la memoria representa un valor innegociable, una brújula ética que orienta la construcción de una sociedad que aprendió a reconocer los horrores de su pasado para no repetirlos.

Horas antes del inicio formal de la convocatoria, el oficialismo había intentado instalar su propia narrativa mediante la difusión de un material audiovisual protagonizado por Miriam, una mujer nacida en la Escuela de Mecánica de la Armada que fue apropiada por un oficial de inteligencia mendocino, y por Arturo Larrabure, hijo de un militar muerto en 1975. El video cerraba con un llamado a la “reconciliación”, un término que el movimiento de derechos humanos identifica como un eufemismo que los perpetradores esgrimieron históricamente para perseguir la impunidad. La respuesta de la ciudadanía en las calles se constituyó así en un desmentido fáctico a cualquier intento de relativización de los crímenes de lesa humanidad.

Margarita Cruz, sobreviviente de la Escuelita de Famaillá, no podía contener las lágrimas mientras observaba el mar de gente que la rodeaba. Su emoción se traducía en palabras que reflejaban la profundidad del momento histórico: la conmoción por la fuerza del pueblo, la certeza de que ningún intento gubernamental logrará arrasar con las subjetividades forjadas en la resistencia ni con una lucha que ha sabido mantenerse vigente a través de cinco décadas.

En el escenario montado para la ocasión confluyeron diversas expresiones que demostraban la amplitud del arco social comprometido con la causa. Representantes de los pueblos originarios alzaron sus voces junto a quienes batallan para que el agua no se convierta en una mercancía más, y trabajadores despedidos de la fábrica FATE compartían el espacio con los referentes históricos. La primera ovación atronadora estalló cuando se anunció la presencia en la Plaza de Pablo Grillo, el fotógrafo que sufrió una gravísima agresión a manos de un efectivo de Gendarmería, quien le fracturó el cráneo de un impacto con un cartucho de gas.

María del Carmen Verdú, referente de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional, enfatizaba desde un costado del escenario que el compromiso aquel día resultaba doblemente significativo, porque la ciudadanía se enfrenta al gobierno más represor desde el retorno de la democracia. Su diagnóstico se sostenía en la creciente criminalización de la protesta y en las recurrentes violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad en los últimos tiempos.

Sergio Maldonado recorría la Plaza repartiendo abrazos, con una sonrisa amplia que contrastaba con la gravedad de la ocasión. Para él, aquella jornada se inscribía en la categoría de los días históricos, aquellos que marcan un antes y un después en la conciencia colectiva de un pueblo. Las hijas de Azucena Villaflor, Esther Careaga y Mary Ponce de Bianco, ambas secuestradas tras la infiltración de Alfredo Astiz en el seno mismo de las Madres, portaban carteles con los rostros de sus progenitoras. Mabel Careaga, con la voz entrecortada por la emoción, evocaba la necesidad de mantener presentes sus rostros, sus historias de vida, ese país que ellas soñaron construir antes de ser arrebatadas por la maquinaria represiva. Su hermana Ana, por su parte, subrayaba la importancia de salir a defender los derechos humanos como una posición ética irrenunciable, una postura que representa la esencia misma de la lucha de las Madres, y celebraba la masividad de una convocatoria que desbordaba todas las previsiones.

Los herederos de la lucha alzan la voz

Cuando el sol comenzaba su descenso, el micrófono pasó a manos de quienes encarnan la continuidad de la historia de resistencia. “Buenas tardes, Plaza de Mayo. Buenas tardes, compañeras, compañeros”, comenzó Guillermo Pérez Roisinblit, presentándose como uno de los nietos y nietas restituidos por las Abuelas, parte de las ciento cuarenta historias que esas mujeres incansables lograron reconstruir a fuerza de perseverancia, ingenio y trabajo incansable, con el apoyo solidario de una sociedad que comprendió que el encuentro de los nietos y nietas constituye una deuda pendiente de la democracia argentina. Guillermo, al igual que muchos otros, había nacido en la ESMA, el centro clandestino más emblemático del terrorismo de Estado.

Con los referentes de Abuelas custodiando el espacio, fueron tomando la palabra otros protagonistas de estas historias de restitución identitaria: Claudia Poblete Hlaczik, Guillermo Amarilla Molfino y Manuel Gonçalves Granada. Fue este último quien cerró la intervención del colectivo con una afirmación que sintetizaba el espíritu de la jornada: la única manera de cicatrizar la herida que la dictadura dejó abierta en el cuerpo social es mediante la verdad, que implica encontrar a todos y cada uno de los bebés que el terrorismo de Estado robó. El reclamo “¡Que digan dónde están!” retumbó una vez más, ahora con la fuerza agregada de quienes fueron directamente víctimas de aquel plan sistemático de apropiación de menores.

Victoria Montenegro, visiblemente conmovida desde el escenario por la inmensidad de la multitud, extrajo su teléfono para registrar aquel instante irrepetible. Pérez Roisinblit confesaba también su conmoción ante la magnitud de la movilización, destacando que tanta presencia evidencia que la sociedad argentina conserva la fibra necesaria para la lucha, que el recuerdo de cómo se enfrentan las adversidades permanece vivo y se hace sentir en cada esquina.

Macarena Gelman viajó desde Montevideo para sumarse a la conmemoración, llevando consigo la historia de su propio nacimiento en cautiverio y la incansable búsqueda de su abuela, la poeta argentina María Esther Gilio, quien junto a su esposo Juan Gelman nunca cesaron de reclamar por su paradero. Para ella, los cincuenta años condensan la trayectoria completa de una lucha que no se detendrá hasta que todos los niños y niñas arrebatados recuperen su identidad, incluso aquellos que, como le ocurrió a ella, puedan encontrarse en territorio uruguayo.

Los rostros que la dictadura pretendió borrar

Pasadas las cuatro y media de la tarde, las Madres, las Abuelas y los referentes históricos del movimiento de derechos humanos ya se habían ubicado en el escenario, recibidos por una bienvenida tan cálida como el sol abrasador que cubría la Plaza. “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”, coreaban los manifestantes, estableciendo un diálogo que se ha repetido durante cincuenta años pero que en cada ocasión renueva su potencia simbólica.

El exjuez español Baltasar Garzón, quien investigó los crímenes de la dictadura en un momento en que las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impedían hacerlo en Argentina, registraba con su teléfono celular la comunión extraordinaria entre aquellas mujeres incansables y la marea humana que las sostenía. Desde el escenario, las locutoras Nora Anchart y Liliana Daunes, que cumplían tres décadas como voces de estos encuentros, avivaban el reclamo con la arenga que se había convertido en el lema de la jornada: “¡Que digan dónde están!”.

La lectura del documento final se realizó de manera coral, con distintas voces que representaban la pluralidad del movimiento. Elia Espen, madre de Hugo Miedan, inauguró las intervenciones con un recordatorio central: la única forma efectiva de custodiar la memoria es a través de la lucha permanente. Advirtió sobre la necesidad imperiosa de unir los distintos frentes de batalla para fortalecer las resistencias en tiempos que se presentan particularmente adversos.

Graciela Lois, presidenta de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, tomó la posta para exponer una verdad que la dictadura nunca quiso reconocer: la inmensa mayoría de las víctimas fueron fusiladas o perecieron como consecuencia de las torturas salvajes a las que fueron sometidas, y muchos fueron arrojados al vacío en los llamados “vuelos de la muerte”. Sus cuerpos jamás fueron entregados a sus familias, y por eso la exigencia de que digan dónde están se mantiene vigente medio siglo después. Mientras hablaba, los carteles con los rostros de los desaparecidos se alzaron en toda la Plaza como un bosque de memorias que se niega a ser talado. Graciela sostenía el suyo, con la fotografía de su esposo Ricardo Lois, visto por última vez en la ESMA.

Osvaldo Barros, quien compartió cautiverio en ese mismo centro clandestino junto a su compañera Susana Leiracha, continuó con la lectura del pronunciamiento. Su denuncia apuntó directamente al gobierno actual, al que calificó no solo como negacionista sino como reivindicador del terrorismo de Estado, señalando el desmantelamiento sistemático de las políticas de Memoria, Verdad y Justicia como parte de un proyecto político que busca borrar las huellas del pasado para justificar el horror.

Estela de Carlotto, la presidenta de Abuelas, irrumpió en el discurso con una pregunta que generó un estallido de aplausos: “Llevamos 140 casos resueltos. ¿Qué les parece?”. La multitud celebró cada uno de esos encuentros que representan la restitución de la identidad robada. Carlotto insistió en que la continuidad de la búsqueda requiere políticas públicas sostenidas y el acompañamiento de toda la sociedad, y realizó un llamado directo a quienes pudieran tener información sobre posibles hijos de personas desaparecidas: “Nunca es tarde”, afirmó, abriendo una puerta a la esperanza para las más de trescientas familias que aún esperan respuestas.

Verónica Castelli aportó datos contundentes sobre el estado de la causa judicial: existen 1231 condenados por delitos de lesa humanidad, aunque más del ochenta por ciento de los represores se encuentran cumpliendo sus penas en prisión domiciliaria, una situación que el movimiento considera una afrenta a las víctimas.

Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, se puso de pie luciendo un gorro con los colores de Palestina, estableciendo un puente simbólico entre las luchas por los derechos humanos en distintas latitudes. Fue él quien alzó la voz para reclamar por la libertad de Cristina Fernández de Kirchner, quien horas antes había aparecido en el balcón de su domicilio para sumarse al reclamo de Memoria, Verdad y Justicia. Pérez Esquivel calificó la prisión y proscripción de la exmandataria como parte de un proceso judicial viciado por absolutas irregularidades, durante el cual se atentó incluso contra su vida, una situación que merece la preocupación y el repudio de todos los defensores de los derechos humanos.

Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, solicitó que todas las fotografías se elevaran apuntando hacia la Casa Rosada, dirigiendo la mirada de los desaparecidos hacia ese poder del Estado que no los busca mientras simultáneamente los niega. En una respuesta precisa y contundente a las provocaciones del gobierno nacional, Taty sentenció con la fuerza que le otorgan cincuenta años de lucha: “No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Porque somos el país del Nunca Más y del pañuelo blanco. Porque seguiremos, como sostuvo Paco Urondo, hasta que todo sea como lo soñamos y también como lo luchamos”.

Con la potencia intacta de su voz, lanzó el grito que se ha convertido en el emblema de la resistencia: “30.000, ¡presentes! ¡Ahora y siempre!”. Y agregó un mensaje adicional, quizás inspirada por el significado particular de los cincuenta años: “No nos han vencido”. Desde un costado del escenario, Estela de Carlotto respondió con una negativa rotunda y una sonrisa que iluminaba todo su rostro, reafirmando que la perseverancia de las Abuelas y Madres ha demostrado ser más fuerte que cualquier intento de aniquilación.

Cuando la jornada llegaba a su fin, Graciela Lois confesaba que la Plaza le había recargado las energías, que la memoria seguía presente a pesar de todos los intentos por borrarla. Adriana Taboada, impulsora del colectivo Federalizar la Memoria, describía la mezcla de emociones que la embargaba: tristeza por los recuerdos que siempre duelen, pero también una emoción inmensa y una conmoción profunda. Cincuenta años constituyen una cifra enorme, y llegar a esa conmemoración en unidad, con una fuerza descomunal y una masividad sin precedentes, se inscribe en la categoría de lo histórico. Y todo ello, subrayó con énfasis, fue posible gracias al esfuerzo colectivo de una sociedad que se niega a claudicar en la defensa de los derechos humanos.

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