Aunque el índice de personas en situación de indigencia se mantuvo sin cambios significativos en el 6,3%, el último relevamiento del Indec evidenció una merma en la incidencia de la carencia estructural respecto del primer semestre, impulsada por un crecimiento de los ingresos familiares que superó la inflación de los alimentos y servicios básicos.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) difundió en las últimas horas las cifras definitivas correspondientes al segundo semestre de 2025, las cuales arrojaron una luz de moderado optimismo en medio de un escenario social aún signado por profundas desigualdades. Según el organismo oficial, el índice de personas en situación de pobreza se ubicó en el 28,2% al término del año pasado, mientras que el segmento de la población que no logra cubrir siquiera sus necesidades alimentarias más elementales —esto es, la indigencia— alcanzó el 6,3%. Ambos guarismos, provenientes de la medición del último tramo del año, reflejaron una leve contracción en comparación con los registros del primer semestre de 2025.
El estudio, que desmenuza la realidad de los hogares a lo largo y ancho del territorio nacional, precisó que el porcentaje de familias posicionadas por debajo de la línea de la pobreza llegó al 21%, conglomerado en el cual reside el 28,2% de los individuos. Dentro de ese universo más amplio, un 4,8% de los hogares se encuentra sumido en la indigencia, abarcando al 6,3% de las personas. Este último indicador, vinculado a la capacidad de acceder a la canasta básica alimentaria (CBA), se mantuvo sin variaciones estadísticamente relevantes a lo largo del año, lo que sugiere que las mejoras en los ingresos no lograron permear con la misma intensidad en los estratos más vulnerables.
Al contrastar los datos con la primera mitad de 2025, se observó una disminución en la incidencia de la pobreza tanto en la medición por hogares como por individuos, con retrocesos de 3,1 y 3,4 puntos porcentuales, respectivamente. Esta evolución favorable encuentra su explicación en la dinámica entre los ingresos de las familias y el costo de las canastas de referencia. Durante el semestre analizado, el ingreso total familiar promedio experimentó un crecimiento del 18,3%, una suba que superó holgadamente el incremento de la canasta básica alimentaria, que ascendió al 11,9%, y el de la canasta básica total (CBT), que aumentó un 11,3%. Dado que los recursos económicos de los hogares avanzaron a un ritmo superior al de ambos indicadores de precios, se consolidó una reducción en los niveles de carencia estructural en el período considerado.
Un aspecto técnico que refuerza esta lectura es el comportamiento de la denominada brecha de pobreza, esto es, la distancia existente entre los ingresos de los hogares considerados pobres y el valor de la canasta básica total. En el segundo semestre de 2025, ese diferencial se estableció en el 35,7%. El ingreso medio de esos hogares se situó en 783.493 pesos, mientras que el costo de la CBT para ese mismo colectivo alcanzó los 1.219.130 pesos. Aunque la cifra sigue siendo significativa, el informe destacó que la separación entre ambos valores se acortó en relación con la primera mitad del año, lo que evidencia una leve recuperación en la capacidad adquisitiva de los sectores más postergados.
El análisis por grupos etarios reveló disparidades estructurales que persisten como una marca indeleble del tejido social argentino. La franja etaria más castigada continúa siendo la de la infancia y la adolescencia: el 41,3% de los niños y jóvenes de entre 0 y 14 años reside en hogares que no logran superar el umbral de la pobreza. Le sigue el segmento de 15 a 29 años, con un 32,6%, mientras que entre los adultos de 30 a 64 años la incidencia desciende al 24,6%. En las personas mayores de 65 años, en cambio, el porcentaje se reduce drásticamente al 9,7%, un dato que suele asociarse a la cobertura previsional que, aunque muchas veces insuficiente, actúa como un atenuante frente a la exclusión más extrema.
La radiografía territorial profundiza el contraste. Las regiones más afectadas por la pobreza se concentran en el norte y el oeste del país. El Noreste argentino (NEA) encabeza las estadísticas con un alarmante 32,7% de su población bajo la línea de pobreza, seguido muy de cerca por la región de Cuyo, que registró un 32,3%. En el Noroeste (NOA) la incidencia alcanzó el 28,4%, mientras que en el Gran Buenos Aires —el principal conglomerado urbano del país— se ubicó en el 28,3%. En una situación relativamente más favorable, aunque igualmente preocupante, se encuentran la región Pampeana (26,2%) y la Patagonia (25,4%). En lo que respecta a la indigencia, los mayores niveles volvieron a concentrarse en el Noreste, con un 7,5%, y en el Gran Buenos Aires, con un 7,0%, evidenciando que en estas zonas la carencia alcanza extremos de mayor gravedad.
Por último, el informe del Indec también puso bajo la lupa las diferencias según el tamaño de los centros urbanos. En las ciudades con más de 500.000 habitantes, la pobreza experimentó una contracción de 3,6 puntos porcentuales en comparación con el primer semestre de 2025. En los aglomerados de menor dimensión poblacional, la caída fue más moderada, aunque también significativa, con un retroceso de 2,3 puntos en el mismo lapso. Este comportamiento sugiere que las dinámicas económicas y el acceso a políticas de contención pueden manifestarse de manera disímil según la escala urbana, marcando un nuevo capítulo en la compleja trama social que el país arrastra desde hace años.
