Atenea, el pequeño gran satélite argentino, vuela hacia lo más profundo del cosmos junto a la misión Artemis II

Atenea, el pequeño gran satélite argentino, vuela hacia lo más profundo del cosmos junto a la misión Artemis II

El microsatélite de doce litros desarrollado por estudiantes universitarios del país orbitará a 72.000 kilómetros de la Tierra, en una región nunca antes explorada por la ciencia nacional, y competirá codo a codo con proyectos de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita

En la madrugada de este miércoles, cuando el rugido del cohete más poderoso jamás erigido por la mano humana sacuda la costa floridana, no solo cuatro astronautas emprenderán el viaje hacia los confines cercanos del Sistema Solar. Pegado a esa mole de metal y combustible, como un pasajero diminuto pero impertinente, viajará también un cubo de apenas treinta centímetros de lado, con una capacidad de doce litros, que encierra una ambición desmedida: demostrar que el espacio profundo ha dejado de ser un club privado de superpotencias. Su nombre es Atenea, y es el primer microsatélite argentino que se aventurará a una distancia tan extrema de nuestro planeta.

La gestación de este prodigio tecnológico no obedeció al azar ni a la casualidad. La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) convocó a todas las naciones adheridas a los Acuerdos Artemis a presentar propuestas de cargas secundarias que pudieran sumarse a esta misión tripulada. De más de sesenta países interesados, únicamente cuatro fueron privilegiados para alojar un microsatélite: Alemania, Corea del Sur, Arabia Saudita y la República Argentina. Atenea se abrió paso entre decenas de proyectos globales gracias a un diseño que amalgamaba ciencia de utilidad inmediata, innovación tecnológica y, sobre todo, una capacidad de integración que pocas naciones en vías de desarrollo pueden acreditar ante los rigurosos estándares de la agencia espacial estadounidense.

Pero sería un error reducir esta epopeya a un mero éxito de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE). Detrás de ese paralelepípedo de reducidas dimensiones se esconde una verdadera constelación de instituciones que supieron tejer una trama de colaboración virtuosa. La CONAE ofició como directora de orquesta; la Universidad Nacional de La Plata aportó desarrollos que ya llevaba años madurando en sus laboratorios; la Universidad Nacional de San Martín diseñó un sofisticado sensor de partículas destinado a medir la radiación ambiental; el Instituto Argentino de Radioastronomía y la Comisión Nacional de Energía Atómica sumaron sus respectivas competencias en comunicaciones de largo alcance y materiales resistentes a condiciones extremas. Y la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires, a través de su equipo ASTAR, asumió la responsabilidad de construir un circuito impreso de diez por diez centímetros, una pieza minúscula pero vital para garantizar la carga de las baterías en caso de que el despegue sufriera postergaciones.

Atenea no se dirige hacia la Luna, como podría suponerse, sino que orbitará la Tierra a una altitud inusitada: 72.000 kilómetros de distancia. Esta cifra no responde a un capricho técnico, sino a una decisión estratégica. Se encuentra muy por encima de los satélites de la constelación GPS, que operan a 20.000 kilómetros, y también supera la altitud de los satélites geoestacionarios, situados a 36.000 kilómetros. Desde esa posición privilegiada, el pequeño artefacto argentino ejecutará tres tareas que jamás se habían ensayado con un microsatélite nacional: medirá la radiación ambiental en el espacio profundo, evaluará la funcionalidad de los receptores GPS a distancias tan extremas y establecerá comunicaciones de larga distancia con las estaciones terrestres de la CONAE ubicadas en Tierra del Fuego y en la provincia de Córdoba. Cada dato recogido servirá para diseñar electrónica más resistente, proteger a los futuros astronautas que vuelvan a pisar la Luna después de más de medio siglo de ausencia, y validar tecnologías que algún día podrían terminar incorporadas a automóviles, teléfonos celulares o cualquier sistema que dependa de señales satelitales.

El aspecto quizás más deslumbrante de esta historia es que la mayoría de los artífices de Atenea aún no poseen un título universitario. Son estudiantes de grado que supieron robarle horas al descanso y a la vida social para meterse en laboratorios en medio de sus carreras, aprendiendo a gestionar plazos inflexibles y a documentar cada mínimo paso porque la NASA exige estándares de seguridad que rozan la obsesión. Para ellos, este satélite no representa únicamente un hito técnico: constituye una certificación temprana de que el mercado laboral no necesita esperar a la recepción del diploma.

Alejandro Martínez, decano de la Facultad de Ingeniería de la UBA, sigue desde Cabo Cañaveral cada uno de los movimientos previos al lanzamiento. El directivo sintetiza el peso específico de la selección argentina con palabras precisas: a partir de la rúbrica de los Acuerdos Artemis por parte de Argentina, la NASA extendió invitaciones a todos los países firmantes para que presentaran proyectos espaciales que pudieran acompañar la misión, debiendo cumplir con estándares de seguridad extremadamente estrictos para no poner en riesgo una misión tripulada como esta. Y agrega un dato sustancial: la gran novedad de Atenea consistirá en navegar el espacio en una órbita terrestre a 72.000 kilómetros de altura, una posición donde no existen satélites, ya que los más lejanos se ubican en órbita geoestacionaria a 36.000 kilómetros. Esta posibilidad permitirá medir la radiación existente, información vital para estudiar su impacto tanto en el organismo humano como en las partes sensibles del satélite, especialmente la electrónica.

Martínez también subraya el significado educativo del emprendimiento. Confiesa sentirse profundamente involucrado en este proyecto y en el conocimiento de la ingeniería espacial que se desplegó para su desarrollo, dado que toda su vida profesional trabajó en comunicaciones satelitales. Desde hace tiempo, en la UBA, impulsan distintos proyectos espaciales como ASTAR, el primer microsatélite de esa casa de estudios, además de colaborar con otras misiones de la CONAE. Para él, la participación argentina en la Artemis II implica un gran orgullo y constituye un reconocimiento de la NASA al ámbito espacial y educativo del país.

Fernando Filippetti, director del Proyecto ASTAR y responsable de la UBA ante Atenea, aporta una memoria histórica que otorga perspectiva al acontecimiento. Recuerda que la última vez que se intentó incorporar un satélite argentino a una misión de este calibre fue en el año 2000, oportunidad en la que no fue posible concretarlo. Por eso, confiesa sentirse muy entusiasmado con esta nueva ventana que se abre. Su testimonio revela que Atenea no ha nacido de la nada, sino que representa la continuidad de un esfuerzo que lleva décadas acumulando saberes y que ahora encuentra en la Artemis II el escenario ideal para demostrar la capacidad argentina. Filippetti explica que uno de los principales objetivos del diseño y la puesta en órbita de estos satélites es la validación tecnológica, es decir, probarlos en condiciones reales tanto en lo referido a componentes como a recursos y procedimientos. Enumera los puntos neurálgicos que Atenea pondrá a prueba: la medición de niveles de radiación en órbitas bajas y profundas, el análisis del comportamiento de componentes electrónicos bajo condiciones extremas, la evaluación de señales de navegación de sistemas como GPS, GLONASS y Galileo a altitudes superiores a las de sus propias constelaciones, y la validación de enlaces de comunicación de largo alcance. Detrás de cada uno de esos ítems se acumulan años de investigación de distintas universidades y la certeza de que Argentina puede aportar soluciones de clase mundial.

Franco Pagacini, estudiante de Ingeniería Electrónica y subdirector del proyecto ASTAR, personifica la savia más joven de este desarrollo. Relata cómo se gestó la participación de la UBA: Atenea es un proyecto liderado por la CONAE que los invitó a formar parte por medio de ASTAR, siendo una de las instituciones que constituyen este microsatélite. Todos ellos, bajo la coordinación de la agencia espacial argentina, fueron aportando la mayor cantidad de tecnologías posibles y en la mejor calidad. Pagacini se detiene con precisión en la tarea que les tocó ejecutar: se enfocaron pura y exclusivamente en las tareas delegadas por la CONAE, que consistieron en realizar un circuito impreso de diez por diez centímetros orientado a cuestiones de seguridad y a garantizar la carga plena de las baterías previa al lanzamiento. Los que tuvieron el desafío tecnológico más pesado en términos orbitales fue la CONAE, pero ellos se encargaron de que, en caso de postergarse la misión, pudieran proveer al satélite con la energía suficiente para llegar en un punto máximo energético al espacio. La experiencia, sostiene, les dejó una enseñanza que trasciende lo puramente técnico: les muestra que el mercado laboral no necesariamente tiene que llegar una vez recibidos. Todos los que están en ASTAR se sienten muy felices de poder trabajar en estas cosas, principalmente porque otorga un panorama, brinda una experiencia, da la espalda para en futuros casos poder salir al mercado y decir que ya han hecho esto, que saben cómo funciona, y proponerse enfrentar el siguiente desafío juntos.

Pero más allá de la experiencia individual, Pagacini resalta lo que el proyecto representa para el país, marcando un logro histórico para la ciencia nacional. En términos argentinos, sostiene, sin duda es un motivo de orgullo para todos. La argentinidad los une, y es una vez más en la cual el argentino está metido en un hito sumamente importante. Argentina posee la capacidad tanto técnica como de personal. Es una muestra adicional de que deben confiar en que tienen un gran país lleno de profesionales y con muchísimo potencial de cara al futuro.

La dimensión federal del proyecto emerge como otro de los puntos que todos los entrevistados subrayan con énfasis. Martínez lo menciona al hablar de la convocatoria original, pero Pagacini también lo enfatiza: son varias las instituciones que formaron parte. La realidad es que la CONAE fue el director de orquesta, y ellos se enfocaron en lo asignado, confiando en que sus pares iban a cumplir. El hecho de que estudiantes de distintas universidades del país hayan trabajado en paralelo, con estándares unificados y un objetivo común, es un dato que habla elocuentemente de la madurereza del sistema científico-tecnológico argentino.

Filippetti, por su parte, destaca que la mayoría de los desarrolladores de Atenea son estudiantes. Justamente institucionalizaron proyectos como este involucrando docentes y recursos de la facultad para motivar a los y las estudiantes para que terminen sus carreras viviendo experiencias únicas y de alto valor tecnológico como esta, y garantizar que continúen a medida que pasan los estudiantes por el mismo camino. Y se permite una emoción: para él es muy emocionante ver a los y las estudiantes involucrados en estos proyectos de la manera en que lo hacen y los desafíos en los que se sumergen.

Para Martínez, la enseñanza principal es que la suma de capacidades multiplica los resultados. Seguramente deja muchas lecciones técnicas, pero cree que lo más importante es que si se juntan varias instituciones, el resultado es mucho más que cada parte e inclusive que la simple suma de cada una de ellas. Filippetti coincide: Atenea deja muchas lecciones, principalmente es reflejo de lo que ocurre cuando las distintas instituciones trabajan en conjunto. Sin dudas que esto fue un gran logro para todos, principalmente para la CONAE porque una vez más demuestra que la agencia espacial argentina está a la altura de las circunstancias y puede sentarse en las mesas chicas de discusión internacionales, posicionándose como productora de tecnología satelital de primer nivel.

Pagacini cierra con una reflexión que apunta al porvenir: cree que Atenea abre muchas puertas porque debe hacer reflexionar sobre el valor de los recursos humanos y el tremendo potencial que se despliega cuando las condiciones de contexto se dan.

Atenea llegará al espacio desplegada poco después del lanzamiento, en el momento preciso en que el módulo Orion Stage Adapter se separe de la nave principal. En los días sucesivos, sus sistemas se activarán y comenzarán a enviar datos a las antenas de la CONAE. Por primera vez en la historia, un desarrollo argentino operará en una región del espacio donde ninguna misión nacional había llegado jamás. Y lo hace no como un acompañante de lujo, sino como una pieza sustantiva de un esfuerzo global que se prepara para volver a la Luna y, algún día, poner pie en Marte. Los datos que recoja Atenea serán analizados por los equipos de las universidades y empresas que lo construyeron, y alimentarán las próximas misiones de la agencia espacial argentina. La comunidad internacional observa con atención el vuelo de este pequeño satélite, que demuestra que cuando el conocimiento se federaliza, cuando los estudiantes se meten en la cocina de la alta tecnología y cuando el Estado coordina sin asfixiar, Argentina puede sentarse, con todos los honores, a la mesa de los grandes.

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