En un clima de estancamiento económico, escándalos de corrupción incipiente y una gestión cada vez más cuestionada, Javier Milei atraviesa su momento más álgido. Lejos de liderar el tablero, el mandatario queda atrapado en una relación de dependencia con su ministro de Hacienda, mientras los mercados y los actores de poder empiezan a mirar más allá del 2027.
En la intrincada geografía del poder argentino, los arribos repentinos y caóticos a la cima suelen sembrar las semillas de su propia erosión. Lo que comienza como un desembarco providencial termina, invariablemente, tropezando con las leyes implacables de la causalidad política. El gobierno nacional, sumergido en la fase más crítica de su corta existencia, lidia con un paisaje desolador: la actividad económica en punto muerto, la sombra alargada de escándalos como la polémica cripto Libra, millonarios créditos hipotecarios otorgados a funcionarios de la órbita libertaria y las crecientes sospechas sobre el presunto enriquecimiento y los hábitos suntuarios del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. En ese torbellino, Javier Milei ha ingresado en una vorágine de difícil detención.
El mandatario despliega una estrategia de confrontación sorda con los sectores tradicionales del establishment, al tiempo que se refugia en la construcción de un relato oficial nutrido, en su mayoría, por datos espurios. Sin embargo, la política reserva paradojas insondables: en esa misma dinámica, el Presidente se ha convertido en rehén de quien, paradójicamente, desarticuló las bases de la economía. El ministro de Hacienda, Luis Caputo, se erige ante el denominado Círculo Rojo como una suerte de garante insustituible de la estabilidad del programa económico que los grandes CEO anhelan. En las antípodas de esa confianza se ubica la figura presidencial: un líder en quien ya resulta difícil respaldarse, depositar fe o visualizar como conductor de un proceso a salvo del riesgo inminente.
En este marco, el arco narrativo que envuelve al jefe de la cartera económica roza lo surrealista. Aquel que en cualquier otra administración habría sido el fusible perfecto ante el desastre sanitario y social, representa para Milei mucho más que un simple ministro. Hoy, para los factores reales de poder —aquellos que mueven los hilos de la agenda—, sin Caputo no existe Milei. No hay gobierno posible. El ministro, hábil intérprete de las dinámicas internistas que atraviesan a cualquier gestión, se ocupa de aclarar en cada aparición pública que todas sus acciones cuentan con el explícito respaldo de “Javier y Karina” —en referencia a la secretaria de la Presidencia, Karina Milei—. Esta escena sintetiza, tal como lo adelantó este diario hace quince días, la razón profunda por la cual los inversores globales han optado por esperar y observar qué sucede recién en 2027.
La degradación paulatina de la figura presidencial y la consecuente caída en la valoración de su gestión —que hasta hace pocos meses se consideraba un activo en alza— se refleja tanto en los sondeos de opinión como en la consolidación de un diagnóstico sombrío por parte del sector económico y, sobre todo, de los mercados financieros. De manera repentina, todos los actores relevantes prefieren tratar los asuntos de fondo exclusivamente con Caputo, mientras se limitan a posar para la fotografía junto a Milei. El mundo financiero no muestra piedad: en las últimas cuarenta y ocho horas, durante una reunión de operadores argentinos en Wall Street a la que tuvo acceso este periódico, uno de ellos esbozó una metáfora demoledora: “Hoy por hoy, Milei es como el perro San Bernardo de Bariloche”. El ejemplo, por supuesto, no resultará placentero para el oficialismo, pero refleja con crudeza lo observado en eventos muy recientes.
Esa preponderancia del denominado caputismo en el seno del Ejecutivo ya se había manifestado en dos hechos acaecidos la semana pasada. El primero fue la denominada Semana Argentina en Nueva York. El segundo, una cumbre de inversiones energéticas celebrada en el Hotel Alvear. En la escala estadounidense, el salón donde disertaban los funcionarios se mostró vacío y desenfocado durante la alocución de Milei, pero se colmó por completo cuando tomaron la palabra Caputo, el canciller Pablo Quirno y el presidente del Banco Central, Santiago Bausili. Además, los asistentes solicitaron reunirse con esos funcionarios, no con el jefe de Estado. En el IEFA Latam —un encuentro apadrinado por el empresario José Luis Manzano—, volvió a hablar Quirno, relegando nuevamente al Presidente a un plano secundario.
La particular manera que tiene Milei de vincularse con sus colaboradores añade un ingrediente extraño a esta coctelera. El nexo es predominantemente afectivo, lo que no solo resta profesionalismo a la relación, sino que también condiciona al mandatario a la hora de “soltar” a personas que, como en toda administración, deberían ser variables de ajuste y no amistades intocables. Algo de esta línea se evidenció el Día del Veterano y de los Caídos en Malvinas, cuando Milei se abrazó con una efusividad excesiva a Adorni —un operador cuya temperatura política no deja de elevarse—. Con Caputo, según relatan quienes siguen ese vínculo, el Presidente no cesa de enviarle mensajes de WhatsApp con elogios desmedidos. Una costumbre, como mínimo, particular.
Esa cuestión, inconvenientemente afectuosa, ha ido dejando sin efecto el plan original de Milei, más apegado a la ortodoxia ultra. Caputo actúa como un moderador en las sombras, y el Presidente se ve casi obligado a creerle sin chistar. “Toto”, como se lo conoce en los pasillos del poder, ejecutó un ajuste que no logró domeñar la inflación, y su programa tuvo que ser rescatado en dos ocasiones por Estados Unidos. Sin embargo, consiguió persuadir al mandatario en dos puntos emblemáticos: el primero, moderar los aumentos en las naftas para evitar una inflación que en marzo pudo haber trepado al 3,5 por ciento; el segundo, aflojar la soga que restringía los créditos al consumo, con la esperanza de que la sociedad salga del atolladero. Milei dio el visto bueno a esas dos medidas, pero se negó a considerar otras correcciones de fondo.
Mientras tanto, en la intimidad del poder, se teje una suerte de lista de los buscados. Hace unos días, los grandes supermercadistas del país le transmitieron a Caputo un diagnóstico crudo: el desplome de los ingresos reales es la clave central de la crisis de ventas. Pero el ministro no solo niega la evidencia, sino que incurre en una actitud aún más preocupante: no considera que la recuperación de los ingresos sea un factor relevante para explicar la caída del consumo. El problema es de una gravedad mayúscula. En ese contexto, algunos cuadros técnicos intentaron apiadarse de los adultos mayores y debatieron una actualización del bono para jubilados —uno de los sectores más golpeados por la alta inflación y la pérdida de poder adquisitivo—. Pero tanto Hacienda como la Presidencia rechazaron la propuesta. Ese extra se encuentra congelado en 70 mil pesos desde diciembre de 2023, mientras que la inflación acumulada desde que Milei asumió ronda el 200 por ciento. En 2023, esos 70 mil pesos permitían adquirir casi quince kilos de carne —a 5.700 pesos el kilo—; hoy apenas alcanzan para algo más de tres kilos. También servían para comprar 35 kilos de pan; hoy, solo veinte. En 2023, ese bono llenaba dos tanques de nafta súper; hoy no alcanza ni para uno solo. En medicamentos, un jubilado con dos patologías crónicas desembolsa alrededor de 100 mil pesos mensuales, lo que lo obliga a racionar sus remedios. Por eso se viabilizó el congelamiento de las naftas por cuarenta y cinco días esta semana. El bono no corrió con la misma suerte: en abril se cobrará nuevamente por 70 mil pesos.
Caputo, entretanto, les confía a los suyos que comprende la dinámica interna del gobierno y que permanecerá al lado del Presidente todo el tiempo que sea necesario. Son muchos los empresarios que conversan telefónicamente con el ministro y le preguntan por qué el mandatario mantiene un discurso tan virulento cuando el panorama está tan encendido. “Él es así”, responde “Toto”, ya con un dejo de resignación. En privado, en cambio, juega a pleno con la teoría de la conspiración multilateral que se le ocurrió a Milei. Entre ambos han trazado una narrativa sobre los medios de comunicación operando en su contra, una retórica estéril que alivia a Milei pero que a Caputo le sirve para buscar un chivo expiatorio de su propia crisis. Uno de los jóvenes edecanes de Toto, en una charla privada, le preguntó: “¿no estaremos flasheando demasiado con el periodismo?”. El ministro esbozó una expresión que sugería que quizás sí sea mucho, pero que es lo que la Libertad Avanza requiere.
En paralelo, Milei se dedica a memorizar los nombres de los economistas que detecta en redes sociales —especialmente en la plataforma X— lanzando mensajes críticos contra el gobierno o contra lo que él interpreta como ataques personales. Una suerte de cacería pseudobizarra de culpables. Ricardo Delgado, de la consultora Analytica, fue señalado esta semana por afirmar que el dólar a 1.400 pesos no existe y que la moneda debería correr a 1.600. La furia presidencial contra él derivó en que el propio Caputo mencionara, en un evento en la Bolsa, que le gustaría “cagarlos a patadas en el culo” a quienes piden devaluación. La próxima víctima en la mira es nada menos que Domingo Felipe Cavallo, quien sugirió tolerar más inflación para no perder actividad económica. Caputo se mimetiza con las excentricidades estériles de Milei porque sabe que en la fila de espera acecha quien no tiene el menor interés en que la economía repunte y se posiciona como eventual sucesor: el eterno insistidor, como lo apodan en el PRO, Federico Sturzenegger.
Los números, en tanto, no cierran por ningún lado. El gobierno se encamina a cumplir dos años y medio aplicando ajuste y rogando a la ciudadanía que resista. Y las estadísticas no reflejan otra cosa que ese sufrimiento prolongado. La Unión Industrial Argentina (UIA) difundió datos de febrero que evidencian una contracción interanual del 3 por ciento. Según confiaron desde la entidad a este diario, marzo transcurre con igual pesimismo. El dato más elocuente es que, descontando los índices de precios al consumidor y de pobreza —ambos cuestionados por distintas razones técnicas—, no existe ninguna variable económica de la gestión Milei que supere a las del fallido gobierno de Alberto Fernández. La industria, por caso, no solo se contrajo en estos dos años, sino que se ubica nueve puntos por debajo del nivel de 2023. El periodismo eufemístico podrá revestir las cifras con figuras más o menos amables, pero los guarismos son propios de una catástrofe.
En medio de este escenario desolador, la cúpula de la UIA prefirió marcharse a pasar las Pascuas en destinos turísticos internos y externos, casi como quien no quiere ver el incendio. La bronca, sin embargo, avanza soterrada en las cámaras paralelas de la industria. Esta semana, la Asamblea Plenaria del Consejo Económico y Social de la provincia de Santa Fe —integrada por instituciones representativas del entramado productivo, social y académico— emitió un comunicado en el que manifestó “su preocupación ante las crecientes dificultades que atraviesan diversos sectores de la actividad económica, en particular en lo relativo al sostenimiento de la producción y el empleo”. En el cierre del texto, los responsables fueron directos: “la combinación de altas tasas de interés, apreciación cambiaria y un mercado interno debilitado configura un escenario de elevada complejidad, reflejado en la caída de la actividad industrial, el cierre de establecimientos y la pérdida de puestos de trabajo en la provincia, con efectos negativos que se extienden al conjunto de la economía”, expresaron.
El responsable de sacarlos del abismo es, paradójicamente, el mismo ministro del ajuste, que responde al Presidente del ajuste. Y de quien el mandatario depende y necesita como agua en el desierto. La parábola del perro San Bernardo —que alguna vez salvaba viajeros, pero hoy parece un adorno inerte en la cordillera— se ha vuelto, para el oficialismo, una profecía incómoda y cada vez más cierta.
