La noche más larga del Fideo: emoción, bronca y un festín sin gol en el regreso soñado de Di María a la Libertadores

La noche más larga del Fideo: emoción, bronca y un festín sin gol en el regreso soñado de Di María a la Libertadores

El astro rosarino, de 38 años, volvió a pisar el césped del Gigante en la máxima competición continental dos décadas después, pero el fervor inicial se topó con una realidad esquiva: su Central acumuló 26 disparos, dominó media hora con ventaja numérica y ni siquiera así pudo quebrar a un resistente Independiente del Valle. El 0 a 0, apenas una anécdota en el Grupo H, dejó al Ángel con el alma partida.

La escena inicial parecía sacada de un guión perfecto. El estadio Gigante de Arroyito contenía apenas una hora de fútbol cuando el rostro de Angel Di María se iluminó con una luz distinta, esa que solo entrega el reencuentro con un amor antiguo. El Fideo, que había luchado contra los plazos de una lesión muscular en el aductor izquierdo, saltó al campo de juego y el murmullo se transformó en un estallido. Los 38 años del crack quedaron por un instante suspendidos en el aire, cómplices de una multitud que coreaba su nombre como si el tiempo no hubiese transcurrido. El regreso a la Copa Libertadores, veinte años después de aquella fugaz participación de 2006 con apenas 18 primaveras, era un hecho. Pero lo que sucedería en las siguientes dos horas convertiría esa lágrima de felicidad inicial en un puño apretado de frustración.

Porque el fútbol, caprichoso y despiadado, no quiso rendirse a la poesía. Independiente del Valle, un equipo acostumbrado a desafiar lógicas y superficies, llegó al Gigante sin complejos. Durante un tramo considerable del primer tiempo, el conjunto ecuatoriano manejó la pelota con una soltura que desconcertó a los locales. Jordy Alcívar lo intentó desde lejos, y su disparo encontró la respuesta firme de las manos del arquero Ledesma, figura indiscutible de la noche. Poco después, Layan Loor también comprobó los reflejos del guardameta, mientras que Cocoliso González, con un pasado reciente en el archirrival Newell’s, desperdició una ocasión inmejorable bajo los tres palos. Central, por su parte, defendía con desconcierto, como si su mente estuviera en otra dimensión, y solo un puntinazo de Giménez insinuó lo que pudo haber sido la apertura del marcador en el primer acto.

Di María, ubicado como enganche en un dibujo 4-2-3-1, escoltado por Enzo Giménez y Campaz, comenzó a exigir el balón. Lejos de su mejor versión atlética, el exquisito zurdo aún conserva esa materia gris que corre más rápido que las piernas. Cada vez que se escoraba hacia el carril diestro, su territorio favorito, la magia asomaba. Un pase filtrado, una pausa que descolocaba a dos rivales, una pared imposible. Pero sus compañeros, buenos jugadores de primera división, parecían navegar en una frecuencia distinta a la del genio. La cabeza del Fideo viaja a otra velocidad, y en esa diferencia radicó la melancolía del espectador: el talento, a veces, es un idioma que se habla en soledad.

El partido transcurría con un ritmo de trámite hasta que un encontronazo entre Ovando y Cocoliso González encendió la mecha. El tumulto derivó en una acción insólita: Júnior Sornoza, el talentoso 10 de Independiente del Valle, propinó un manotazo al defensor rosarino sin ningún tipo de disimulo. El árbitro no dudó: tarjeta roja y el conjunto ecuatoriano con diez hombres durante los últimos treinta minutos. El Gigante rugió. Era el momento. Central tenía la llave de la caja fuerte.

Lo que vino después fue un asedio sin pausa. Ariel Holan movió el banco, ingresó aire fresco, y el Canalla se lanzó con todo. Di María asumió el rol de lanzador desde la derecha, Campaz desbordaba como un velocista por el izquierdo, e Ibarra funcionaba como el pulmón del mediocampo. La estadística final resultó demoledora: veintiséis disparos entre remates y cabezazos. Alejo Véliz, en tres oportunidades consecutivas, tuvo la gloria en sus pies. La primera, tras un tiro libre exquisito del Fideo que el delantero cabeceó con violencia pero desviado. Las siguientes, entre fallos increíbles y un gol bien anulado por posición adelantada. El balón no quería entrar. El tiempo se agotaba.

En un giro cruel, cuando Central más se desesperaba, casi pierde por una contra letal de los ecuatorianos, que jamás renunciaron a su idea. El 0 a 0 quedó sellado como una broma pesada. Sobre el césped, Di María caminó con la cabeza gacha. La emoción del ingreso se había transmutado en bronca pura. No importaban los 26 disparos, ni el hombre de más, ni la noche histórica. Su Central no había podido. Y el Fideo, que lo ha ganado todo en el planeta fútbol, sintió ese vacío especial que solo produce la camiseta propia cuando las cosas salen mal.

Horas antes, el club había presentado una camiseta especial para conmemorar los 110 años del Gigante, ese estadio inaugurado en 1926 que trasciende su condición de recinto para convertirse en el corazón simbólico de la ciudad. La historia pesaba sobre los hombros de los jugadores. Pero la historia, como la copa más linda que todos los argentinos ansían, no se doblega con nostalgia. Di María lo declaró tiempo atrás: ganar la Libertadores con Central sería algo que pasaría por encima de cualquier sueño, el broche perfecto para una carrera de leyenda. Esta noche, el camino arrancó con un traspiés. Quedan cinco partidos. El Ángel, entre la furia y la esperanza, ya piensa en el próximo capítulo.

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