El dominio sin contundencia vuelve a condenar a Estudiantes de Río Cuarto: cayó ante Barracas Central en un partido marcado por la eficacia visitante

El dominio sin contundencia vuelve a condenar a Estudiantes de Río Cuarto: cayó ante Barracas Central en un partido marcado por la eficacia visitante

El conjunto riocuartense controló las acciones y la tenencia del esférico durante gran parte del encuentro, pero careció de peso específico en el área adversaria. La precisión quirúrgica del Guapo, que convirtió en sus dos primeras aproximaciones claras, derivó en una nueva derrota por 2 a 1 en el Estadio Antonio Candini, dentro de la decimocuarta fecha del Torneo Apertura.

La cruda enseñanza que dejó el pasado reciente volvió a hacerse presente en la tarde del Antonio Candini. El dueño de casa ejecutó el libreto que mejor domina: apoderarse del balón, tejer asociaciones en el mediocampo y someter a su oponente bajo una presión asfixiante. Sin embargo, una vez más, la carencia de nitidez y pegada en los metros decisivos se interpuso en el camino de un resultado positivo. Así, Barracas Central, con una exhibición de eficacia demoledora, se llevó tres puntos vitales al aprovechar dos llegadas claras que se transformaron en goles durante el primer acto. La victoria del conjunto dirigido por Rubén Insúa quedó sellada con un marcador de 2 a 1, dejando a los locales sumidos en la última posición de la Zona B, con apenas cinco unidades en su haber.

El prólogo del encuentro parecía anunciar una velada distinta para el Celeste. Con una fluidez envidiable, el equipo de Acuña se adueñó del ritmo del juego, manejó la redonda con criterio y cercó el arco de su adversario. La capacidad para poblar la zona de volantes le permitió no solo recuperar constantemente, sino también generar opciones de asociación que hicieron presagiar un pronto desnivel. La primera señal de peligro llegó a los doce minutos, cuando Talpone habilitó a Alanís, este envió un centro al área y Rosané sacó un fogonazo que se perdió por encima del travesaño. Dos minutos después, el mismo Rosané volvió a inquietar con un remate que exigió la intervención de Espínola, quien despejó al tiro de esquina.

La tónica se mantuvo inalterable: la escuadra riocuartense continuó siendo más desde la posesión y la gestación de fútbol. A los veintiún minutos, Bajamich probó suerte con un disparo que encontró respuesta en las manos del guardameta visitante. Cuatro minutos más tarde, Lozano sacó un latigazo que se estrelló contra el costado de la red. La sensación de dominio era tan abrumadora que parecía cuestión de tiempo para que se tradujera en ventaja. Pero el fútbol, caprichoso y letal, tiene leyes implacables: lo que no se hace en un arco, irremediablemente se padece en el otro.

A los veintiséis minutos, una jugada aislada sacudió la modorra local. Porra remató, Lastra contuvo de manera inicial, el esférico se le escapó de las manos, pero el arquero reaccionó con reflejos felinos para atraparlo sobre la misma línea de sentencia. Fue el aviso que nadie quiso escuchar. Poco después, Alanís creyó abrir el marcador con un potente remate, pero el asistente levantó su bandera señalando una posición adelantada que anuló la celebración. La ilusión duró apenas segundos.

El baldazo de agua fría definitivo llegó a los treinta minutos, cuando Damián Martínez se erigió como el verdugo inesperado. Un golazo del lateral izquierdo, de aquellos que quedan en la retina, quebró el cero y silenció las tribunas. Fue la primera situación neta de peligro para los dirigidos por Insúa y, como suele ocurrir con los equipos efectivos, terminó en la red. La dosis de realismo fue demoledora para el ánimo del conjunto local, que veía cómo su soberbia posesión se desmoronaba ante una puñalada de eficacia pura.

La sangría no se detuvo allí. A los treinta y ocho minutos, Barracas volvió a golpear con la misma precisión quirúrgica. Un centro medido de Insúa encontró la testa de Norberto Briasco, quien solo tuvo que empujar el balón para aumentar la diferencia. Dos llegadas claras, dos conquistas. Una estadística cruel pero efectiva. Sin embargo, el Celeste demostró carácter y reaccionó con inmediatez. Apenas cuatro minutos después, un excelente centro de Lozano fue aprovechado por Facundo Cobos para definir con categoría y establecer el descuento. Con el 2 a 1 en el electrónico, los protagonistas se retiraron al descanso, dejando la sensación de un primer tiempo de dos caras opuestas.

El complemento arrancó con un libreto calcado al inicio del partido. Estudiantes recuperó la pelota, se adueñó nuevamente de las acciones y buscó con insistencia el arco rival. A los dos minutos, Alanís probó suerte con un cabezazo que se desvió ligeramente de la portería. El Guapo, consciente de la ventaja en el marcador, decidió replegar algunos metros sobre el terreno, cediendo la iniciativa y agazapándose para defender el botín. El local, con toda la tranquilidad del mundo, seguía teniendo el control, pero adolecía de la misma enfermedad crónica: ausencia de profundidad y carencia de agresividad en los últimos compases.

El empate parecía cercano. A los veintiséis minutos, una gran respuesta de Espínola evitó la igualada al desviar un fortísimo remate de Gallardo. Tres minutos más tarde, el propio Barracas pudo sentenciar la contienda al contragolpe, pero el disparo de Morales se fue rozando el poste. El trámite siguió por los mismos carriles: el Celeste acumulaba tenencia y control, pero sin velocidad ni contundencia, incapaz de generar un peligro real en el área adversaria. La visita, por su parte, cumplió su tarea ofensiva en el primer tiempo y en el complemento se dedicó con oficio a resguardar la diferencia.

En el epílogo, se sucedieron dos oportunidades increíblemente desperdiciadas que sintetizaron la tarde fatal del local. Primero, Ferreira desaprovechó una situación clarísima: un buen centro de Bersano dejó al delantero paraguayo en condiciones óptimas para controlar y definir, pero su ejecución fue tan deficiente que el remate se fue desviado. Luego, en dos jugadas consecutivas al borde del final, la mala fortuna se combinó con la falta de puntería. El travesaño impidió el gol de Bajamich y, en el rebote, el palo le negó a Alanís la posibilidad de enviar el esférico al fondo de la red. Dos postes, un travesaño y una derrota más.

Al término del encuentro, quedó la amarga conclusión de que Estudiantes no mereció un resultado tan adverso. Sin embargo, la crónica se escribe con goles, no con merecimientos. La incapacidad para plasmar en el marcador la posesión de la pelota y el dominio del juego condena una vez más al conjunto riocuartense, que suma su quinta unidad en la zona baja de la tabla. El próximo desafío será en calidad de visitante, nada menos que frente a Gimnasia y Esgrima La Plata, en un compromiso que ya se presenta como una final anticipada para intentar revertir esta racha negra. La historia se repite: el control sin contundencia es apenas una ilusión que termina desvaneciéndose entre los póstumos postes.

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