El espejo roto de la ciencia argentina: el CONICET se desangra con una caída de más del 30% en recursos y la fuga de dos mil quinientos cerebros

El espejo roto de la ciencia argentina: el CONICET se desangra con una caída de más del 30% en recursos y la fuga de dos mil quinientos cerebros

Un miembro del directorio del organismo desmiente al gobierno al demostrar que el achicamiento no se limitó a “gastos políticos” sino que alcanzó a todas las áreas estratégicas, mientras becarios e investigadores emigran o sobreviven como pueden ante la pérdida salarial y la falta de proyectos.

Desde que la nueva administración nacional asumió el timón del Estado, el presupuesto destinado al sistema de ciencia y técnica sufrió una merma que supera el treinta por ciento. La contundente advertencia provino de Jorge Aliaga, integrante del directorio del CONICET en representación del claustro universitario, quien desarticuló uno por uno los argumentos oficiales que pretendían reducir el ajuste a la eliminación de partidas superfluas o vinculadas a militancia partidaria. Lejos de esa narrativa, todos los organismos que componen el entramado científico nacional fueron alcanzados por el vaciamiento financiero, y la formación de nuevas generaciones de investigadores y técnicos comenzó a quedar en un segundo plano.

El desinterés del poder central por forjar futuros científicos se refleja con crudeza en las estadísticas internas del CONICET. Datos oficiales indican que, en comparación con diciembre de 2023, el principal motor de promoción de la ciencia en el país está preparando hoy mil quinientos becarios menos. En la misma dirección, la nómina de investigadores plenamente formados que aún sostienen sus tareas dentro del organismo también se contrajo. No se trata de un fenómeno espontáneo, sino del resultado de múltiples factores convergentes. Aliaga precisó que todo el personal y los becarios sufrieron una pérdida superior al treinta por ciento de sus ingresos reales desde fines de 2023. A eso se suma la parálisis de la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación, que dejó de otorgar los tradicionales PICT, aquellos proyectos que durante años funcionaron como el principal riego para las investigaciones.

A la erosión salarial se añadió una política sistemática de desmantelamiento laboral. El gobierno dio por terminados numerosos contratos y no reemplazó a quienes abandonaron el CONICET. A comienzos de 2024, el Estado nacional decidió no renovar los vínculos del personal administrativo; luego llegaron las renuncias voluntarias y las jubilaciones. Para los becarios, el mecanismo fue diferente pero igualmente lesivo: desde el año pasado se adjudican menos becas de las que vencen, cerrando así la canilla de ingreso a nuevos aspirantes.

Aliaga elaboró un cuadro basado en cifras oficiales del INDEC que expone gráficamente la sangría. Allí se distinguen dos curvas: la de los becarios —científicos en formación— descendió en mil cuatrocientas cincuenta personas, lo que en términos relativos representa una caída del trece coma dos por ciento respecto de la situación heredada de 2023. La otra línea corresponde al personal fijo, que incluye la carrera de investigador científico, el personal de apoyo y los administrativos: ese conjunto se redujo un cinco por ciento desde la asunción del mandatario libertario. Y la cifra podría empeorar, pues todavía falta computar el éxodo de aquellos que hoy trabajan en universidades del extranjero y aún no formalizaron su renuncia gracias a la licencia de dos años que el CONICET concede para perfeccionarse fuera del país.

En síntesis, el organismo perdió cerca de dos mil quinientos científicos y técnicos. Son profesionales que dejaron de aportar sus saberes al desarrollo nacional porque el ajuste impulsado por el oficialismo les tornó imposible sostener sus actividades. ¿Qué destino corrieron quienes quedaron fuera? Muchos emigraron al exterior; otros intentaron reinsertarse en empresas privadas, aunque el panorama de recesión industrial conspira contra cualquier expectativa de crecimiento en ese sector; y una porción no menor trata de ganarse la vida como puede. Aliaga advirtió que esta realidad termina influyendo en las decisiones de los estudiantes, que hoy lo piensan dos veces antes de inscribirse en un doctorado o postular a una beca.

El investigador, quien fue decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y actualmente se desempeña como Secretario de Planeamiento y Evaluación Institucional de la Universidad Nacional de Hurlingham, amplió el diagnóstico: no solo el CONICET fue desfinanciado. La misma suerte corrió la Comisión Nacional de Energía Atómica, el INTA, el INTI, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, el Instituto Malbrán, el Banco Nacional de Datos Genéticos, el Instituto Nacional del Agua, el Servicio Meteorológico Nacional y el presupuesto para ciencia y tecnología de las universidades nacionales. La enumeración es extensa porque, en rigor, no quedó organismo del sistema científico y técnico sin sufrir el achicamiento. El ajuste operó en todos los frentes: menos personas con salarios más bajos, menos becarios con becas más pobres, recursos de funcionamiento reducidos al mínimo y fondos para investigación prácticamente inexistentes. El espejo de la ciencia argentina, una vez pulido con orgullo regional, hoy devuelve una imagen fragmentada que amenaza con no recomponerse por décadas.

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