En un duelo de estilos opuestos pero con un mismo espejo emocional, el delantero oriundo de Huracán enfrentó a su pasado, a su familia y a sus propios límites físicos. Con una jugada de pura resistencia, el Bicho venció 1-0 al Globo y ahora chocará con Belgrano, mientras extiende su racha invicta en La Paternal a 23 presentaciones.
En el fútbol, a veces los caminos se bifurcan de manera caprichosa, y otras tantas se entrecruzan con la fuerza de un destino que escribe las mejores historias con tinta de contradicción. Eso mismo le sucedió a Tomás Molina, aquel delantero que germinó en las divisiones formativas de Huracán, que llevó con orgullo la camiseta del Globo en su propia sangre familiar, pero que apenas pudo vestirla en cuatro encuentros dentro del reducto de Parque Patricios antes de emprender una deriva errante por distintos territorios del balompié argentino. Fue en Argentinos Juniors donde el ariete recuperó la sensación de ser valioso, de tener un peso específico dentro del esquema colectivo. Y en esa recuperación anímica y futbolística se gestó la imagen más potente de la noche del viernes: el delantero, acalambrado, al borde de pedir la sustitución por una lesión inminente, decidió permanecer en el campo, resistir el llamado de su propio cuerpo, y con un cabezazo demoledor, casi de pura furia contenida, estableció el único tanto del encuentro que le otorgó al Bicho un triunfo memorable por 1 a 0 sobre el Globo.
Esa conquista no solo significó la clasificación a las semifinales del torneo Apertura, donde el conjunto de La Paternal se medirá con Belgrano, sino que también destapó una catarata de emociones encontradas. El Pirata, en el turno inicial de la jornada, ya había dejado su carta de presentación al imponerse por 2 a 0 sobre Unión en tierras cordobesas, con una solvencia que ilusiona a su hinchada. Pero el plato fuerte de la velada tuvo como escenario el barrio porteño, donde Argentinos continúa construyendo una muralla casi infranqueable: no cae en su casa por la Liga Profesional desde el 14 de marzo del año pasado, cuando Aldosivi lo derrotó por 2 a 0 con tantos de Justo Giani y Tobías Leiva. Veintitrés presentaciones invicto en el Diego Armando Maradona, una cifra que impone respeto y que ahora tendrá como próximo desafío al conjunto cordobés.
El duelo entre Huracán y Argentinos presentaba, antes del silbatazo inicial, un denominador común fascinante. Ambos equipos suelen entregarse al vértigo ofensivo con una generosidad casi temeraria: prefieren llevar la iniciativa, manejar los tiempos, ser protagonistas sin importar el adversario, la cancha o el contexto. Sin embargo, esa misma audacia se vuelve su talón de Aquiles, porque en las retaguardias padecen desajustes recurrentes, fallas en el engranaje defensivo que les impiden dar el salto definitivo hacia la consagración. Argentinos, bajo la conducción de Nicolás Diez, estuvo a un suspiro de alzar la Copa Argentina. Huracán, en un ciclo anterior con Frank Kudelka, rozó la gloria en el torneo local. Pero con Diego Martínez al mando, el Globo ha sumado una cuota extra de atrevimiento: circula mejor la pelota, ataca con mayor fluidez y hasta fue capaz de dar el golpe en la Bombonera, con dos jugadores menos y una tormenta de polémicas, imponiéndose 3 a 2 sobre Boca. En la Paternal, sin embargo, la historia fue otra: el 2 a 0 ante un Lanús agotado se construyó a partir de lo mejor del repertorio local, con paciencia y pegada.
El primer tramo del espectáculo, lejos de reflejar esas virtudes, se asemejó a un ejercicio de laboratorio: hubo tímidas aproximaciones a las áreas, pero sin generar verdadero desequilibrio. El juego se mostró cortado, fragmentado por una catarata de infracciones y reclamos airados. Todo lo bueno que ambos suelen ofrecer quedó escondido en un ropero de cautelas. Tal fue el nivel de tensión que un auxiliar de Diego Martínez, el conductor del Globo, fue expulsado a los quince minutos por excederse en una protesta. Se instaló entonces una sensación evidente: se cuidaron en demasía. Atacaron menos, se replegaron con desconfianza. Argentinos, lógicamente, intentó llevar la iniciativa al jugar ante su gente, pero sus avances resultaron tímidos, como si respondieran a un libreto mecanizado, sin espontaneidad. Huracán, por su parte, se sintió más confortable a medida que los minutos transcurrían sin sobresaltos, alimentando la ilusión de un empate que no le hubiera sabido a poco.
Es que se conocen de memoria. Este mismo año ya se habían enfrentado por el Grupo B, aquel 27 de abril en el Palacio, donde Argentinos se impuso por 2 a 1 con un doblete que incluía otro tanto de Tomás Molina e Iván Morales, mientras Facundo Waller había abierto la cuenta para el Globo. Esa familiaridad generó un desarrollo táctico donde las emociones recién estallaron en el segundo tiempo. A los diez minutos de la etapa complementaria, una polémica sacudió el estadio: la doble salvada de Brayan Cortés, el arquero chileno de Argentinos, fue sencillamente descomunal. Primero voló hacia un poste para despejar un cabezazo de Martín Nervo, y luego, sentado sobre la línea de cal, rechazó dos manotazos consecutivos el remate de Jordy Caicedo, que ya había tomado el rebote y se disponía a festejar. Fue necesario detener el reloj, recurrir a las cámaras y tomarse unos segundos extra para confirmar que el balón no había ingresado por completo. El suspiro colectivo del Bicho se escuchó hasta en la vecindad.
Con la ansiedad del local y la electricidad del visitante, los noventa minutos reglamentarios se consumieron sin goles. Ya en el tiempo suplementario, a los cuatro minutos del primer capítulo de alargue, apareció la jugada que sellaría la historia. Un centro preciso de Leandro Lozano encontró a Tomás Molina en el corazón del área. El delantero, a pesar de hallarse acalambrado y al borde de una lesión muscular, saltó más alto que todos y conectó un cabezazo demoledor, imposible para el arquero rival. El grito de gol fue catártico. Y tan inmediato fue el festejo como el reemplazo: el propio Molina, con las piernas temblorosas, debió ceder su lugar a Lucas Gómez. Lleva cuatro conquistas en el año y veintiuna con esta camiseta. También ingresó Enzo Pérez, a sus cuarenta años, para aportar oficio y resistencia en los minutos finales. Y Argentinos celebró a lo grande, porque en su casa gana, gana y gana.
Tras el pitazo final, Tomás Molina atendió a los micrófonos de la transmisión oficial y no pudo esconder la tormenta interior. “Es difícil explicar las sensaciones, me sale del alma gritarlo así”, se justificó. Toda su familia es hincha fanática del Globo. Él mismo creció con esa devoción. Pero el profesionalismo y el amor por su actual camiseta chocaron de frente con los lazos de sangre. “Le pido perdón a mi familia, más que nada, aunque yo sé que están contentos. Le tengo que pedir perdón, primero, a mi abuelo, que está en el cielo, aunque hoy me ayudó a que la meta; a mi tío, que hoy no vino —ríe—. Mi viejo sí vino, aunque sé que tiene sensaciones encontradas. Igual, sé que está contento, sé que siempre quiere lo mejor para mí. Uno siempre intenta lo mejor para el equipo en el cual juega”. Con esas palabras, entre el arrepentimiento filial y la gloria deportiva, el trotamundos que surgió en Huracán se ganó un lugar eterno en la memoria del Bicho.
