El canalla se impuso por 2 a 1 en el complemento del tiempo suplementario tras un cotejo signado por decisiones judiciales discutibles, expulsiones que generaron controversia y un desenlace agónico que lo depositó en las semifinales del certamen inaugural
La noche en Arroyito tuvo todos los condimentos de una tragedia griega adaptada al fútbol moderno. Hubo vértigo, impotencia, euforia desbordada y, sobre todo, un protagonista que jamás debió opacar a los veintidós actores principales: el réferi. En un compromiso que demandó resistencia física y mental hasta el último suspiro, el conjunto anfitrión terminó festejando un triunfo por 2 a 1 sobre la Academia en los minutos adicionales tras el cierre reglamentario, lo que le permitió avanzar a la siguiente ronda del Torneo Apertura. Su próximo adversario surgirá del cruce entre River Plate y Gimnasia.
La visita había tomado ventaja en los instantes finales de la etapa inicial, el dueño de casa igualó las acciones en el segundo período y, cuando restaba un cuarto de hora para el final, el espectáculo derivó en un caos absoluto con la eyección —ampliamente cuestionada por propios y extraños— de Maravilla Martínez. Ya en el alargue, Racing sufrió la pérdida de otro elemento tras la cartulina roja exhibida a Di Césare. Y en el arranque del segundo tiempo extra, cuando Ángel Di María ya no estaba sobre el terreno de juego y Gustavo Almirón arriesgó todas sus fichas al enviar a Marco Ruben —cuyo último partido había sido en 2024 y que había anunciado su retiro para luego regresar— y al central Quintana como delantero centro, Copetti aprovechó un rechazo defectuoso para decretar el 2 a 1 definitivo. El estallido local reflejó el enorme alivio tras varias campañas frustrantes bajo este formato, mientras que del lado visitante solo quedó un sabor amargo imposible de disimular.
El choque del miércoles por la noche resultó complejo en todos los aspectos. Para los futbolistas, que evidenciaron signos de nerviosismo extremo. Para los simpatizantes, que oscilaron entre la impaciencia y la desesperación. Para los encargados de impartir justicia, que ofrecieron una actuación errática. Y para los espectadores neutrales, que debieron soportar extensos pasajes de aburrimiento profundo, tal como ocurrió durante los veinte minutos inaugurales, repartidos entre lo que pareció una competencia de saques laterales —al menos ninguno fue ejecutado de manera deficiente— y una interminable sucesión de jugadores tendidos en el césped reclamando toda clase de infracciones inexistentes. No hubo un solo futbolista que perdiera la posesión del esférico y no terminara en el suelo sujetándose alguna parte de su anatomía con gesto de dolor.
Salir del pozo inicial demandó un esfuerzo considerable, aunque finalmente se consiguió. En parte gracias a la vocación de Racing por dominar la circulación del balón, y también debido a la actitud asumida por Central en un rol pasivo aunque no estrictamente defensivo. Se notaba que los locales no lograban descifrar la ubicación de Baltasar Rodríguez y Zaracho. De ese modo, bastaba un instante de lucidez para que algo ocurriera. Y ese instante llegó a los cuarenta y un minutos. Zaracho bajó un esférico que parecía destinado a salir por la línea de banda, se asoció con Martirena y aguardó: el elegido fue Santiago Sosa, quien escaló por el sector central escapándose de la marca de Copetti y ejecutó un centro profundo para Maravilla. El artillero conectó de primera dentro del área y Zaracho —tercera intervención en la misma acción, mientras el lateral Sández dormía la siesta— apareció por el fondo para empujar el cuero entre las piernas del guardameta.
“Muévanse, dejen de molestar”, gritaron los hinchas rosarinos a sus pupilos tras encontrarse en desventaja —los murmullos fueron constantes durante todo el primer tiempo— y los jugadores dejaron la timidez en el vestuario al regreso del entretiempo. Central mantuvo los mismos nombres en la segunda mitad, pero exhibió una disposición radicalmente diferente. Luego de sufrir la anulación de una conquista de Véliz, alcanzó la paridad mediante un cabezazo de Ávila a los sesenta y cinco minutos, tras un córner ejecutado por Di María en una de las tantas jugadas de pelota detenida que la visita regaló sin necesidad.
Sin embargo, lo que había comenzado como un encuentro soporífero y ya se había transformado en una historia atrapante, derivó en una situación de fuertes sospechas cuando Darío Herrera y el VAR decidieron expulsar a Maravilla Martínez por un empujón a Coronel. Un flaco favor a la reputación de Central durante los últimos años, y aparentemente innecesario considerando el dominio canalla que se venía observando. Con un hombre menos, Racing perdió completamente la brújula. El clima ya venía caldeado por lo ocurrido en el partido contra Estudiantes en cuanto a la labor arbitral —en aquella ocasión registraron dieciocho infracciones en contra y solo una a favor; esta vez sumaron veinticuatro y doce— y la furia visitante se manifestó en las múltiples interrupciones que sucedieron. Entre medio de tanto forcejeo y reclamo, hubo algún espacio para los centros de Central y las destacadas intervenciones de Cambeses bajo los tres palos, un libreto que se sostuvo hasta el silbido final.
En el tiempo adicional, Di Césare vio la segunda amonestación —la primera había sido bastante discutible— y todo lo negativo del encuentro se profundizó aún más. Sorprendentemente, los dueños de casa no lograban encontrarle la vuelta a un rival que hacía lo que podía mientras desperdiciaba energías en protestar cada decisión. Finalmente, y como resultado de una curiosa paradoja, Almirón retiró a Di María para el inicio del segundo tiempo suplementario y halló el 2 a 1 de manera inmediata. Con Marco Ruben —que no jugaba desde 2024, habiéndose retirado y luego reconsiderado su vuelta— y el espigado Quintana funcionando como ariete, a este último le quedó un mal despeje de Sosa que cayó en los pies de Copetti. El ex delantero de Racing se animó a probar fortuna desde lejos y soltó un disparo esquinado, imposible de contener para Cambeses. Tan imposible como resultó la noche rosarina para el conjunto de Avellaneda.
