En una final inolvidable, el “Celeste” de Alberdi remontó un 1-2 adversario en los minutos finales y se consagró campeón del Torneo Apertura. Un hito jamás alcanzado por ningún equipo cordobés en la máxima categoría del fútbol argentino.
Litros y litros de fernet correrán esta noche como un río ancestral por las arterias de la Córdoba docta y popular. El ritmo del baile desbordará cada esquina, mientras el cuarteto retumbará no solo en los salones de los barrios más elegantes, sino también —y con más fuerza aún— en las humildes paredes de los vecindarios laburantes, esos que desde hace décadas aguardaban una alegría de esta magnitud. El sueño, tantas veces postergado, por fin se volvió carne de copa y tambor. Belgrano atraviesa las horas más gloriosas de sus 121 años de existencia. Jamás una institución cordobesa había logrado alzar un título de liga en Primera División. Y fue el Celeste de Alberdi el pionero, el que abrió una puerta celestial en la historia del fútbol interior.
La hazaña se consumió con todos los ingredientes de la épica: garra, corazón y un desenlace digno de las grandes gestas. Frente a River, en el escenario máximo del Torneo Apertura, Belgrano se impuso por 3 a 2 con un carácter que parecía escrito en algún destino paralelo. Durante gran parte del encuentro, el “Millonario” manejó los hilos del partido. A falta de apenas un cuarto de hora para el silbato final, la victoria se inclinaba del lado del visitante gracias a los tantos de Facundo Colidio y Tomás Galván. Entremedias, Leonardo Morales había conseguido un empate circunstancial de cabeza para la “B”, pero nada hacía presagiar la tormenta celeste que se avecinaba.
Sin embargo, cuando el reloj marcaba la zona de los treinta y nueve minutos del complemento, el sueño comenzó a tejer su trama más insólita. En apenas tres minutos —de los 39 a los 42—, Belgrano acudió puntual a la cita que tenía con la historia. Una mano de Lautaro Rivero sobre la línea del área grande derivó en una pena máxima que el árbitro Yael Falcón Pérez confirmó tras revisar las imágenes en el VAR. Fue entonces cuando Nicolás Fernández, apodado “Uvita”, que apenas nueve minutos antes había sustituido a Lucas Passerini, asumió la responsabilidad. Su remate resultó fulminante: fuerte, alto y cruzado, para sellar el 2 a 2 y encender la mecha de la locura.
Pero lo mejor aún estaba por llegar. Tres minutos más tarde, un instante que quedará grabado en la memoria celeste, Franco Vázquez peleó una pelota en el sector izquierdo ante el joven Juan Cruz Meza, la rescató con fiereza y lanzó un centro hacia el corazón del área. Rigoni no pudo conectar, pero ahí apareció nuevamente “Uvita” Fernández para empujar la pelota con un zurdazo mordido pero certero, que se incrustó en la red. Destino glorioso el suyo: días antes, desde el banco de suplentes, ya había logrado igualar una semifinal frente a Argentinos que se presentaba como irremediablemente perdida. Y ahora, en la final, marcaba los dos tantos que definían el campeonato. Acaso los dos goles más importantes de toda la centenaria historia celeste.
El triunfo no fue casualidad. Detrás del milagro se encuentra la mano firme de Ricardo Zielinski, el entrenador que supo poner a punto a su plantel para los cuatro compromisos decisivos de los playoffs. Su carácter, esa capacidad de no rendirse jamás, permitió a Belgrano remontar partidos que se escapaban de sus manos, tanto ante Argentinos como ahora frente al poderoso River. El “Millonario”, en cambio, tuvo la final servida en bandeja y no supo resolverla. Las cartas que se jugaron desde los bancos de suplentes terminaron inclinando la balanza hacia el lado del Pirata.
Zielinski, el mismo estratega que en 2011 condujo a River al descenso y que hoy grita campeón desde otra vereda, repitió las movidas que ya le habían dado resultado en la semifinal: el ingreso de Franco Vázquez, “Uvita” Fernández y Ramiro Hernández reimpulsó a un equipo que parecía exhausto. La respuesta fue inmediata y contundente. Del otro lado, Marcelo Coudet desarmó su propia defensa al introducir a Pezzella por un Acuña nuevamente lesionado, desplazando a Martínez Quarta como segundo marcador central y relegando a Rivero al lateral izquierdo. En el instante más crítico de la tarde, River se desmembró en su propia retaguardia y lo pagó a un precio altísimo. El carácter indomable de Belgrano, ese que no negocia ni con la lógica ni con los favoritismos, dejó al gigante de Núñez con las manos vacías.
Córdoba entera, desde las sierras hasta la Cañada, se viste de fiesta. Porque esta noche no se celebra solo un campeonato: se celebra la llegada de un nuevo tiempo. El fútbol argentino tiene un campeón inesperado, popular y laburante. El cielo, definitivamente, se tiñó de celeste.
